“Es la segunda vez y estoy otra vez como en casa”, dice Itziar Ituño apenas pisa Rosario. Pero no es una frase hecha. La escena es otra: una casa vasca, símbolos de su tierra y una emoción que se le filtra en cada palabra.

“Me resuena todo, mis ancestros”, cuenta. Y ahí, en ese cruce entre identidad y distancia, empieza a entenderse también el tono de la película que vino a presentar. Porque lo nuevo de Ituño no tiene nada que ver con la negociadora firme y cerebral de La casa de papel. Acá hay otra cosa: más oscura, más incómoda, más física. “Es un juego de ajedrez, de pensamiento lateral”, define.

Su personaje, Julia, es una psicóloga y profesora universitaria que, de un momento a otro, queda atrapada en una situación extrema: es secuestrada, atada a una columna en una vieja fábrica y obligada a responder preguntas que ni siquiera entiende. “No sabe por qué está ahí, está perdida, asustada; es una gran víctima de las circunstancias”, explica. Y en ese punto, el giro: la única salida es usar su mente como arma. “Tiene que meterse en la cabeza de sus captores para sobrevivir”.

Siete semanas al límite: “Compartís vida, no solo trabajo”

El rodaje en Buenos Aires se extendió durante siete semanas. Un tiempo que, en el relato de Ituño, no se mide en días sino en intensidad. “Me sentí muy acogida, muy cuidada, muy escuchada”, cuenta. Pero no se queda en lo técnico. Va más allá: “En el cine compartís vida también con la gente del equipo”.

Y ahí aparece una de las claves del proceso creativo: la construcción colectiva. Un equipo que no solo trabaja escenas, sino que atraviesa experiencias. “Conversás, te reís, llegás a profundidades vitales”, dice. Y esa profundidad, inevitablemente, termina filtrándose en la pantalla.

Antes de venir, reconoce, había una duda: “Voy a ver si estoy a la altura”. No es menor. Ituño habla del cine argentino con respeto casi reverencial. “Hay un nivel muy alto, se hacen cosas grandísimas”, asegura. Y lo dice con referencias concretas. Confiesa que le impactó especialmente Relatos salvajes, una de las películas que más la sorprendieron, y destaca la potencia del cine local tanto en lo interpretativo como en lo cinematográfico. “Se hace muy buen cine”.

En ese mapa de admiraciones hay un nombre que aparece con peso propio: Ricardo Darín. Para Ituño, es una de las grandes referencias del cine argentino, dentro de una industria que -según remarca- exporta talento al mundo.

De la timidez al escenario: “El teatro fue mi terapia de choque”

Hay un dato que resignifica todo su recorrido. Antes de ser actriz, Ituño era una chica extremadamente tímida. Tanto, que necesitó terapia desde muy chica. “Me bloqueaba en la escuela, me ponía roja, hablaba bajito… pensaban que estaba loca”, recuerda.

Fue un proceso difícil, incluso doloroso. Pero encontró una salida inesperada: el teatro. “Es una terapia de choque muy buena, la recomiendo a todo el mundo”, dice hoy, con la naturalidad de quien convirtió una fragilidad en herramienta.

Quizás por eso sus personajes tienen esa densidad. Porque no están construidos desde afuera, sino desde una experiencia propia que conoce el miedo, el bloqueo y la necesidad de atravesarlo.

Compromiso y memoria: “¿Cómo no estar?”

Su paso por Argentina no fue solo cinematográfico. También fue político, en el sentido más humano del término. Durante su estadía participó de la marcha del 24 de marzo. Y no lo esquiva. Al contrario, lo pone en palabras con claridad.

“¿Cómo no comprometerse con la historia argentina?”, se pregunta. Y enseguida aparece la imagen que la marcó desde lejos: las Madres y Abuelas en Plaza de Mayo. “Es emblemático… y cuando estás ahí, se te mete en el cuerpo”.

La conexión no es casual. Ituño viene de un pueblo que también atravesó el dolor. “Los desaparecidos siguen en las cunetas, nadie pagó por nada”, dice. Y entonces el vínculo es inevitable: “Ponerse en la piel de ese sufrimiento es una cuestión moral”.

Lisboa, el fenómeno y lo que viene

El fenómeno de Lisboa, su personaje en La casa de papel, sigue orbitando, incluso con su reciente aparición en el spin-off de Berlín. ¿Hay más? Ituño no confirma, pero tampoco cierra la puerta: “No lo sé, pero quién sabe”.

Lo que sí tiene claro es lo que ese personaje le dejó: “Una experiencia brutal, con todos sus claroscuros”. Y algo más difícil de sostener: “Seguir siendo la misma persona”.

Una actriz que no actúa: atraviesa

En Rosario, Itziar Ituño no solo presentó una película. Expuso una forma de trabajar. De entender el oficio. De pararse frente a cada historia.

Una actriz que no se limita a interpretar, sino que se mete, se incomoda, se entrega. Y que, cuando no encuentra respuestas, hace lo único que sabe hacer: pensar lateralmente. Incluso para sobrevivir.