No hace falta explicar demasiado lo que significa Midachi para varias generaciones. Sólo con nombrarlos aparecen sus personajes, sus canciones o esos chistes que quedaron dando vueltas durante años. Este sábado, sin embargo, será distinto. Dady Brieva, Miguel del Sel y el Chino Volpato vuelven a Rosario, pero esta vez para despedirse. Después de 43 años, el trío llega al Metropolitano con un espectáculo pensado justamente para cerrar una historia que tuvo muchas idas y vueltas, separaciones y reencuentros, pero que nunca terminó de desaparecer.

Midachi, durante una de sus visitas al piso de De 12 a 14, 

Rosario, además, no fue solamente una parada más en las giras que llegaron después del éxito. Fue una ciudad que los acompañó desde aquellos años en los que todavía estaban descubriendo hasta dónde podía llegar lo que hacían. Venían desde Santa Fe, se metían en los estudios de Canal 3 y pasaban por De 12 a 14, programa al que volverían una y otra vez con el paso de los años. En ese ida y vuelta con Rosario empezaron también a encontrarse con un público cada vez más grande, mientras Midachi dejaba de ser la aventura de tres santafesinos que recorrían peñas, fiestas y escenarios de la provincia para convertirse en un fenómeno nacional. Años después, incluso cuando ya llenaban teatros y eran figuras conocidas en todo el país, seguían entrando a ese mismo estudio para sentarse a conversar, recordar anécdotas y promocionar cada nueva llegada a la ciudad.

En 2003 la ciudad fue parte de la gira por los 20 años del grupo, en septiembre de 2006 hicieron tres funciones de Midachi en cinta en el club Provincial y, once años después, regresaron con Midachi Kindon. Aquella vez fueron siete funciones en el Broadway y las salas volvieron a llenarse. Ahora eligieron un escenario en el que nunca habían actuado juntos. Cuando anunciaron la fecha en marzo, en una entrevista exclusiva con Telenoche, ellos mismos explicaron por qué Rosario no podía quedar afuera de la despedida: “Siempre nos abrieron los brazos”. Dady definió al público local con una sola palabra “impresionante”.

Midachi en sus primeros años, cuando Dady Brieva, Miguel del Sel y el Chino Volpato comenzaban a construir una historia que atravesaría más de cuatro décadas. 

Esta última visita tiene otra carga. Se nota cuando hablan de lo que hicieron y, sobre todo, cuando hablan de lo que les quedó. En una charla exclusiva con Rosario3, lejos de enumerar premios, teatros llenos o récords, apareció algo mucho más personal. “Hemos compartido más tiempo nosotros juntos que con nuestras familias. Fueron 30 años, de miércoles a domingos, las 24 horas juntos”, recordaron. Y probablemente ahí esté buena parte de la explicación de Midachi. No fueron solamente tres tipos que funcionaban arriba de un escenario. Fueron tres hombres que durante años vivieron en la ruta, compartieron hoteles, camarines, comidas, viajes interminables, alegrías, peleas y reconciliaciones. Pasaron una enorme parte de sus vidas juntos.

Por eso tampoco sorprende que hoy defiendan ese nombre con tanto orgullo. “Siempre que nos quisieron bajar el precio nos ponían «el ex Midachi», y a nosotros nos enorgullece haber logrado tanto”, dijeron a Rosario3. Miguel, fiel a su estilo, encontró enseguida la manera de romper cualquier solemnidad: “Yo la besé a Andrea del Boca siendo un Midachi" dijo Dady. Ese ida y vuelta sigue intacto. Uno empieza, el otro interrumpe, el tercero remata. Pasaron más de cuatro décadas y todavía se divierten entre ellos. El Chino lo había dicho cuando anunciaron esta vuelta, entre los tres sigue existiendo “una química bárbara”.

Midachi, juntos después de más de cuatro décadas de historia. 

La idea de hacer una despedida había empezado a aparecer mucho antes. Miguel contó que, en un asado en la casa del Chino, se dieron cuenta de que nunca habían cerrado la historia como querían. “Nos merecíamos un final”, explicó a fines del año pasado. No querían que Midachi simplemente quedara detenido en algún punto del camino, sin una última función, sin la posibilidad de mirar al público y decir hasta acá llegamos. El proyecto demoró por compromisos laborales y también por cuestiones de salud, pero finalmente tomó forma.

Hoy los tres hablan de la despedida sin dramatismo. También con una sinceridad que seguramente hace algunos años no hubiera aparecido. El Chino reconoció recientemente que ya no tienen la energía para sostener esas giras de jueves a domingo y por eso esta vez eligieron menos ciudades y escenarios de mayor capacidad. Después llegará otra vida que están ansiosos esperando, pescar, jugar al fútbol, viajar, estar con los hijos y los nietos, descansar y poder decidir qué hacer un fin de semana sin que una función determine todo. 

Miguel también mira hacia atrás y, consultado sobre lo qué le deja todo este recorrido, volvió a hablar de lo que pasó fuera del escenario. “Me deja años de alegría, poder haber mantenido a mi familia, que mis hijas se hayan criado bien y hayan podido estudiar”. Después de semejante carrera, su balance no pasa solamente por haber hecho reír a estadios completos. Pasa por haber podido vivir de eso y haber sostenido una familia mientras lo hacía.

“Hacer esto se disfruta. Volver a la ruta con mis amigos y poder ver a la gente feliz. Tuvimos el don de hacer reír a multitudes”, resumieron. Y esa frase probablemente tenga más peso ahora que en cualquier otro momento de su carrera. Porque esta vez saben que cada ciudad que dejan atrás no será una más. Será la última.

El Chino, la salud y otra forma de mirar el tiempo

En medio de esta despedida hay además una historia que inevitablemente vuelve más sensible el presente del grupo. Este año, el Chino Volpato contó públicamente que había atravesado un cáncer de próstata. En marzo, sentado en la mesa de Mirtha Legrand, explicó que había realizado un tratamiento de radioterapia durante una temporada teatral y contó que sus controles posteriores habían dado buenos resultados. Meses después, en agosto, volvió a hablar de su salud y señaló que continuaba atravesando la enfermedad y con seguimiento médico.

Volpato nunca eligió colocarse en un lugar dramático cuando habló del tema. Incluso sus compañeros encontraron en el humor una manera de acompañarlo. Sigue con controles y agradeciendo poder volver a hacer lo que tanto ama, pero escucharlo hablar de bajar el ritmo, de sus hijos, de sus nietos, de pescar, de viajar o simplemente de tener un fin de semana libre le agrega inevitablemente otra lectura a esta despedida. Porque después de 43 años hay cosas que comenzaron a pesar. El cuerpo, las familias, el paso del tiempo y las ganas de disfrutar aquello que durante décadas muchas veces quedó relegado por una función.

También están orgullosos de lo que dejan. Miguel los definió hace pocos días como una “combinación perfecta” y el Chino habló de talento, honestidad y ganas. “Nunca aflojamos”, dijo cuando intentó encontrar una explicación para cuatro décadas juntos. Y agregó algo que probablemente se entienda mejor al verlos hoy arriba de un escenario: “Nunca nos guardamos nada”.

Quizás por eso la despedida funciona. Porque no suben al escenario a intentar demostrar que siguen siendo los mismos de hace 20 o 30 años. No lo son. Tampoco el público que los acompañó es el mismo. Hay espectadores que los conocieron siendo chicos, otros que fueron a verlos de jóvenes y hoy llegan con sus hijos. Lo que sí permanece es esa fórmula bastante difícil de explicar que hace que Dady diga algo, Miguel lo lleve para otro lado y el Chino encuentre la manera de completar la escena.

Este sábado, a las 21, eso volverá a pasar en Rosario. Habrá personajes históricos, sketches, música, material nuevo y un recorrido por distintas etapas de esos 43 años. Pero por encima de todo habrá una última vez. El show forma parte de una gira cuyo cierre, según contaron ellos mismos, está previsto en principio para el 18 de diciembre en la Plaza de Toros de Colonia, Uruguay. Rosario será una de las últimas estaciones de ese recorrido.

Después podrán seguir Dady, Miguel y el Chino. Habrá radio, televisión, películas, proyectos individuales, viajes, fútbol, pesca, nietos y seguramente algún asado en el que vuelvan a recordar las mismas anécdotas de siempre. Lo que ya no habrá, si esta despedida es efectivamente la última, es otra gira de Midachi.

Y ahí está quizás lo más fuerte de esta noche. Durante más de 40 años llegaron a Rosario para hacer reír. Pasaron por distintos teatros, trajeron distintos espectáculos y encontraron del otro lado generaciones de rosarinos que los fueron acompañando. Esta vez vuelven a hacer exactamente lo mismo, pero con una diferencia enorme, todos saben que al final habrá que decir adiós.

Ellos dicen que tuvieron el don de hacer reír a multitudes. Este sábado, probablemente, también hagan llorar a unos cuantos. No de tristeza, de recuerdos, de tiempo. Y de entender que para poder despedir algo así, primero tuvo que haber una historia enorme como la que construyeron juntos.