Este 19 de agosto, Roberto Sánchez cumpliría 81 años y, más allá de los homenajes y de las canciones que siguen sonando, su figura vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que excede al propio ídolo, en tiempos de plataformas, consumo veloz y lanzamientos permanentes, ¿cuánto lugar queda para ese artista que se sentaba a escribir lo que sentía y después lo transformaba en una canción?

Olga Garaventa, esposa y compañera de Sandro durante los últimos años de su vida, plantea esa inquietud desde un lugar íntimo. En diálogo con Rosario3, advirtió que las plataformas, en muchos casos, no permiten detenerse a disfrutar al verdadero artista, al poeta que escribía, componía y trabajaba sobre aquello que quería decir. No se trata solamente de una comparación nostálgica entre épocas, es una reflexión sobre los tiempos actuales de escucha, donde cada día aparecen miles de canciones nuevas y todo parece suceder a una velocidad cada vez mayor, grandes intérpretes y compositores pueden quedar desplazados por esa lógica de la novedad permanente.

Sandro junto a Olga Garaventa, quien lo acompañó durante los últimos años de su vida y hoy preserva buena parte de su legado.

Sandro perteneció a otra forma de construir una carrera. Fue cantante, pero también músico y compositor. Detrás del movimiento de caderas, las rosas, los trajes, las batas y los gritos de “sus nenas”, había un hombre que trabajaba sobre sus canciones y que entendía la música como un oficio. Para Garaventa, esa dimensión es justamente una de las que todavía merece ser redescubierta.

“Nosotros lo sentimos en cada evento que hacemos, intentamos siempre hacerlos descubrir algo nuevo, porque quedó mucho material inédito”, contó. La frase no es menor; años después de su muerte siguieron apareciendo grabaciones y composiciones que habían permanecido guardadas, y su entorno continúa trabajando sobre un archivo que permite mostrar otras facetas de Roberto Sánchez.

“Sandro era todo, él amaba a su público”, resumió Olga. Ese vínculo con sus seguidores fue parte central de su identidad artística y explica, en buena medida, por qué cada aniversario continúa generando encuentros, homenajes y recuerdos. No se trataba solamente de un público masivo, sino de una relación construida durante décadas y alimentada por el propio artista.

Olga volvió a hablar de la ausencia y reconoció que con los años se acentúan el vacío, la nostalgia y la tristeza. También recordó la felicidad de Sandro cuando llegaba el momento de prepararse para encontrarse con sus históricas “nenas”, una escena que conserva especialmente, la de Roberto arreglándose antes de recibir a esas fanáticas que habían convertido cada cumpleaños y cada aparición pública en un ritual.

Puertas adentro, la historia era otra

“En casa no andaba en bata, ni cantaba, era Sánchez, el de zapatillas”, contó Garaventa a Rosario3. La frase resume en pocas palabras la distancia entre Sandro y Roberto Sánchez. La bata, los trajes, las rosas y el despliegue pertenecían al escenario; las zapatillas, el silencio y la vida cotidiana, al hombre que podía correrse del personaje cuando cerraba la puerta.

Olga también volvió a marcar esa diferencia al hablar de lo que significaba convivir con una figura de semejante dimensión. Una cosa era Roberto Sánchez y otra, el ídolo. Esa separación permite entender además una decisión que muchas veces despierta curiosidad entre los fanáticos, por qué la histórica casa de Banfield no fue convertida en museo.

La explicación tiene que ver con el modo en que Sandro entendía su hogar. Para él, la casa era un espacio profundamente privado, un lugar que respetaba y protegía de la exposición pública. No era simplemente la casa de una celebridad, sino el sitio en el que Roberto Sánchez podía dejar afuera a Sandro. Por eso, para Olga, transformar ese espacio en un museo no es una decisión sencilla ni algo que pueda pensarse únicamente desde el valor patrimonial o turístico.

La casa sigue siendo casa, precisamente, por respeto a esa intimidad que él preservó durante toda su vida. No estaba Sandro cantando todo el día, ni vestido como en el escenario. Estaba Sánchez, en zapatillas, viviendo su cotidianeidad. Olga fue además quien lo acompañó durante los años más complejos de su salud y quien estuvo a su lado en la última etapa de su vida. Por eso, cuando habla de él, muchas veces recuerda un hombre distinto del que conserva el público. 

Consultada sobre si le gustaría que la vida de Sandro volviera a convertirse en una serie, Olga no dio una respuesta automática. Dijo que tendría que pensarlo. El antecedente inevitable es Sandro de América, estrenada en 2018, pero una nueva producción abriría otra pregunta interesante: qué Sandro falta todavía contar.

Quizás la respuesta esté justamente en aquello que su entorno intenta preservar. No solamente el ídolo capaz de incendiar un teatro, sino el compositor, el hombre detrás de las canciones, el poeta que se sentaba a escribirlo que sentía y lo convertía en música.

Rosario, “su novia”

En esa historia aparece además Rosario, una ciudad que Sandro nunca trató como una escala más. Él mismo encontró una manera particular de definir ese vínculo, decía que Rosario era “su novia”. La frase tenía algo del seductor que sabía perfectamente cómo dirigirse a su público, pero también estaba respaldada por una relación construida a lo largo de décadas.

Uno de sus primeros desembarcos rosarinos ocurrió cuando todavía estaba acompañado por Los de Fuego y conservaba una imagen mucho más cercana al rock and roll que al cantante romántico que después conquistaría América. En aquellos años apareció una figura fundamental para entender su relación con la ciudad: Alberto J. Llorente.

A.J.,  figura histórica de la radio y la televisión rosarinas, fue mucho más que un productor ligado a sus presentaciones. Fue amigo de Roberto Sánchez y formó parte de ese grupo reducido al que Sandro permitía ingresar en su intimidad. La relación entre ambos atravesó décadas y ayuda a explicar por qué Rosario terminó ocupando un lugar tan particular en su carrera.

Con el tiempo, la ciudad se convirtió además en una suerte de ritual profesional. Cuando Sandro preparaba un nuevo espectáculo, muchas veces elegía Rosario para estrenarlo antes de iniciar una gira por el resto del país. Había cariño y confianza, pero también una cuota de cábala. Primero Rosario y después el camino.

Sandro durante una de sus presentaciones en Rosario, ciudad con la que mantuvo un vínculo especial y a la que llegó a llamar “su novia”. 

Uno de esos capítulos ocurrió en septiembre de 1970, cuando Sandro ya era un fenómeno continental y se animó al Gigante de Arroyito. En la memoria de la ciudad quedó también una historia que después terminaría formando parte de la iconografía del artista. Según recordó Llorente, una noche Sandro había terminado su presentación y ya estaba en bata cuando el público insistió para que regresara. A.J. le pidió que volviera al escenario; él le advirtió que estaba en bata y su amigo le sugirió que saliera así. Lo hizo. Aquella imagen terminaría convirtiéndose después en una marca registrada de sus bises.

Décadas más tarde, en 1996, Rosario volvería a ser elegida para un momento simbólico. En medio de rumores sobre su estado de salud, Sandro estrenó en la ciudad Historia viva. El comienzo del espectáculo funcionaba casi como una declaración de principios, aparecía cantando “Como la cigarra” , de María Elena Walsh, para marcar su regreso.

Homenajes

Los homenajes por el 81° aniversario de su nacimiento no se limitan al recuerdo íntimo de sus fanáticas. Este miércoles 19 de agosto, el Centro de Experimentación Audiovisual de Avellaneda inaugura “Sandro de Película”, una muestra y ciclo de cine dedicado a su trayectoria cinematográfica. La propuesta, con entrada libre y gratuita, reúne fotografías, afiches, vestuario y objetos pertenecientes al archivo personal de Roberto Sánchez. La apertura será a las 18 y, una hora más tarde, se proyectará Quiero llenarme de ti. La muestra podrá visitarse hasta el 30 de agosto y durante esos días se exhibirán nueve de las once películas que protagonizó.

“Sandro de Película”, la muestra que reúne proyecciones, objetos y material de archivo para celebrar el 81° aniversario de su nacimiento. 

Como parte de la inauguración, Olga Garaventa formalizará además la entrega en custodia de material fílmico de Sandro que permanecía en Banfield, con el objetivo de garantizar su preservación. También se anunciará la donación de un mural destinado al Castillo de Sandro, en el barrio porteño de Boedo. El ciclo cinematográfico continuará con La vida continúa, Operación Rosa Rosa, Gitano, Destino de un capricho, Tú me enloqueces, El deseo de vivir, Muchacho y Subí que te llevo, con funciones de jueves a domingo y la participación de invitados especiales.

Los festejos continuarán el sábado 22 de agosto, desde las 15, en la Plaza Roberto Sánchez de Banfield, donde se realizará una nueva edición de “Lomas le canta a Sandro”. La jornada gratuita incluirá presentaciones de los talleres de los Centros Culturales de Lomas, artistas locales, el Cuarteto de Cuerdas Lomas, ED Espacio de Arte y una merienda al aire libre. El cierre estará a cargo de Ariel Ardit, quien presentará su disco Sandro Así, interpretará otras canciones del Gitano y compartirá un dueto con Malena Rossi.

Tanto la actividad de Avellaneda como la celebración de Banfield contarán con la presencia de Olga Garaventa y de las históricas “Nenas de Sandro”, aquellas fanáticas que hicieron de cada cumpleaños del cantante un ritual y que todavía hoy mantienen vivo ese vínculo. En Banfield, además, permanece activo el circuito Comunidad Sandro, que recorre sitios vinculados con su vida y su carrera, entre ellos la Plaza Roberto Sánchez, su casa de la calle Beruti, la estación de tren, la Confitería Las Vegas y el Club Atlético Banfield, además de murales e intervenciones artísticas inspiradas en sus canciones.

A 81 años de su nacimiento, la pregunta sobre su vigencia tal vez no pase solamente por cuántas veces siguen sonando sus canciones. Puede estar también en qué ocurre cuando una generación nueva se detiene a escucharlas, descubre quién las escribió y entiende que detrás del ídolo había un artista que se sentaba, pensaba, componía y transformaba lo que sentía en música.

En una época en la que todo parece durar cada vez menos, quizás esa sea también una de las razones por las que Sandro todavía permanece.