El último miércoles, en el Teatro Astengo, Fito Páez cumplió con el segundo de los conciertos de Casa Páez, una seguidilla de cuatro recitales en los que revisita su historia musical: desde las composiciones propias hasta sus influencias, en formato sinfónico, primero, y solo piano, anoche.

El lugar elegido para esta segunda fecha tiene su historia –al igual que El Círculo– y el propio Fito la cuenta en el libro Infancia y juventud (Planeta). En la sala de calle Mitre al 700, el adolescente Rodolfo vio por primera vez a La Máquina de Hacer Pájaros. Fue el 7 de agosto de 1976. Tenía 13 años. “Los dioses me dieron una clara señal. No habría otra posibilidad. Tenía que aprovecharla. La música era la libertad”.

Sentado al piano, ocupando el centro de la escena, Páez celebró su historia que es, también, la del público que agotó las localidades en un breve tiempo. Pasa que la comunión que el artista a punto de cumplir los 63 años forjó con ese instrumento ha sentado un precedente en la música popular argentina.

Fito Páez en el Teatro Astengo (Guido Adler).

Si bien al cabo de una hora y media de show y dos bises, cada persona hará su propio recorte, un concierto es un hecho colectivo. Y eso quedó plasmado desde el inicio mismo, con Páez arengando al público a cantar a capela el estribillo de “El amor después del amor”.

En un registro despojado de otros instrumentos, al límite de la emoción todo el tiempo, el artista rosarino cumplió con el presentimiento: la noche iba a tener un pulso distinto a la del martes. Sin la sofisticación sinfónica, el hombre del piano bluseó “Los ejes mi carreta” y abrazó la tristeza de “Zamba del cielo”, a la par que alivianó el aire y arrancó coros con “La rueda mágica”, “El fantasma de Canterville” y “A rodar mi vida”.

 Fito Páez en el Teatro Astengo (Guido Adler).

Si la noche del último martes sentó los cimientos de Casa Páez, anoche esa "construcción” encendió las “luces de fiesta” (literal) con varios centenares de celulares encendidos en modo linterna.

Exultante y genial, Páez ofreció un gran concierto que partió en “Giros” y siguió con “El oso”. Como si se tratase de un gesto cómplice del destino, Fito relató que terminaba de vivir “una situación alucinante”: “Nos vino a saludar uno de los músicos centrales del rock argentino. Estuvo Moris acá, hace unos minutos”.

La segunda ovación llegó terminado el tema, cuando un asistente acompañó a Birabent (padre) al escenario para sellar con un abrazo este guiño de la fortuna.

Fito Páez en el Teatro Astengo (Guido Adler).

“Dos días en la vida” y “El cuarto de al lado” abrieron el camino al primero de los dos covers de Charly García: “Desarma y sangra”.

“Mirá lo que estaba haciendo este hombre en 1978, en plena dictadura militar”, reflexionó Páez, para luego recordar aquel concierto iniciático de La Máquina de Hacer Pájaros. Seguido, improvisó un fragmento de “Rock and Roll”, no si antes avisar: “Esto me queda altísimo”. 

El listado continuó con “Waltz for Marguie”, “La rueda mágica” y “Pétalo de sal”. “Llevo ensayando cuarenta días. Fue muy alucinante la previa para esto que, me parece, trasciende la coyuntura. Me siento parte de la historia”, indicó: “Acá es donde desarrollé todo.”

Antes de rendir tributo a Litto Nebbia con “Viento, dile a la lluvia”, Páez destacó el valor de todos estos artistas que “inventaron algo que no existía”: "Mirá cómo, en la búsqueda de eso que no se sabe qué es, esa intención termina alegrándonos a todos. Pienso que estamos viviendo en un mundo ultraconservador que ha perdido toda esa magia y esa locura”.

 Fito Páez en el Teatro Astengo (Guido Adler).

“Nocturno en sol”, “Bello abril”. “Los ejes de mi carreta” –casi un blues– y “Brillante sobre el mic” (con la escena de los celulares encendidos) iniciaron el camino del cierre mientras el goce colectivo iba en ascenso: el cantante conectaba, se fundía en uno con la gente.

“Para generar una emoción en los demás, primero te tenés que preparar para no emocionarte vos. Si no, sos un pavote. Y lo que me está pasando es que me estoy emocionando un montón”, confió Fito.

“Esto que está pasando acá es buena dopamina. El silencio, el amor, la transmisión de energía es sana, boludo. Hay que agarrarse a eso en estos tiempos como a un palo en altamar. Y vamos a llegar a la orilla. Lo sé”, aseveró. 

“El fantasma de Canteville” dio pie al “gracias, Rosario”, de rigor. Tras una pausa, sonó el primero de los bises. “11 y 6”, tal como ocurrió en el concierto sinfónico del día anterior.

El segundo bis fue “Los mareados”, el tango de Cobián y Cadícamo al que Fito le cambió parte de la letra: “drogados” reemplazó a “dopados”. En tanto que las tres cosas que llenan el alma herida fueron “amor, Rosario, dolor”.

Fito Páez en el Teatro Astengo (Guido Adler). 

Ya casi sobre el final del concierto, un ruido inesperado alertó sobre un posible problema técnico. “Alguien tiene un micrófono conectado. ¿No? Entonces, qué es ¿un fantasma?”, interrogó Fito. Una tercera descarga, esta vez, intencional, provocó una nueva reacción del músico, seguida de risas: “Lo queremos igual”.

“La vida es una moneda”, “Dar es dar”, “Mariposa Teknicolor” y “A rodar mi vida”, este último, como segundo bis, completaron el setlist de la segunda fecha de Casa Páez.

La tercera será este viernes, a las 21, en el teatro El Círculo, con la presentación oficial –y completa– del disco Novela.