Una casa sola es la última novela de la escritora entrerriana Selva Almada, publicada el último marzo por el grupo editorial Penguin Random House.

En un diálogo constante con el monte que la rodea, la novela es el relato (en primera persona) de una casa –primero choza, luego hogar– que asiste y resiste al paso de un tiempo, cuyo punto de partida es la conformación violenta del Estado argentino. Y es, a la vez, el detalle de una espera atravesada por la brutalidad asimétrica del trabajo rural y las historias de los seres que la ocuparon.

El monte es testigo y horizonte de esas historias de gauchos y soldados de distintas guerras, y de la última familia que la habitó. Animales de una naturaleza sin corral configuran el otro universo sonoro, a la par de regionalismos y onomatopeyas. Es que la novela de Selva Almada se lee y se escucha.

El punto de partida fue preguntarse qué o cuánto de nosotros queda en los lugares que habitamos, qué recuerdan esas paredes entre las que vivimos durante un tiempo.

La escritora, que integró la shortlist del International Booker Prize con No es un río, publicó previamente Los inocentes (2019), Chicas muertas (2014), Ladrilleros (2013) y El viento que arrasa (2012).

Junto Gabriela Cabezón Cámara, Leila Guerriero y María O’Donnell, la autora fue parte de la charla inaugural de la 50° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires el último jueves. Casi tres años antes, en agosto de 2023, propuso pensar a “la literatura como un río” durante el discurso de apertura de la Feria Internacional del Libro de Rosario 2023.

Portada del libro "Una casa sola", de Selva Almada.

“La escritura partió de una casa que estaba deshabitada desde hacía al menos una década, porque algo del orden de lo misterioso había ocurrido con la última familia que vivió ahí”, indicó Selva Almada en el diálogo telefónico con Rosario3, tras la publicación de Una casa sola.

"El punto de partida fue preguntarse qué o cuánto de nosotros queda en los lugares que habitamos, qué recuerdan esas paredes entre las que vivimos y construimos cosas durante un tiempo, de nuestro paso por ese lugar", continuó.

—¿Cómo encontraste “la voz” de la casa, que no es descriptiva, sino que cruje?
—Fue apareciendo… En realidad, en los primeros bocetos, la casa no hablaba sino que había un narrador en tercera persona. En el transcurso de la escritura, me di cuenta de que empezaba a colarse una primera (persona) con bastante insistencia. Ahí dije: «Bueno, ¿por qué no escucho esto que fue apareciendo».

—¿Cómo surgió la idea de unir, como en un espinel, Malvinas, la Confederación, la desaparición de personas y el extractivismo?
—En la escritura, cuando aparecen los espectros de la primera página, me pareció que tenía que linkear de alguna manera la casa con todo aquello que vivía en el monte desde hacía más de un siglo, que eran estos primeros gauchos desertores del ejército de Urquiza. La idea era que estos gauchos, que eran arreados a la guerra o que a veces iban por decisión propia, no eran más que carne de cañón. En Malvinas pasó lo mismo, gran parte de los chicos eran pibes de provincias pobres que estaban haciendo la colimba o la habían terminado hace un año. A ellos también los arrearon a una guerra que no decidieron. Entonces, pensé en esos cuerpos de los pobres puestos al servicio de los caprichos del poder. Además, está la madre de Lorena, la Tata, una mujer que, aún sin recursos, reclama y busca, y que está inspirada en las madres de Plaza de Mayo, en las Abuelas, en las madres de la trata.

Los gauchos que eran arreados a la guerra no eran más que carne de cañón. En Malvinas, pasó lo mismos. Gran parte de los chicos eran pibes de provincias pobres que estaban haciendo la colimba.

—La casa es una voz femenina que está ligada a los roles de cuidado
—Sí, me apareció enseguida como una voz femenina. Creo que es la idea que tenemos de una casa, como una especie de vientre. Quería pensarla desde un lugar mucho más luminoso: la que recibe, la que acoge, la que protege a esos peones golondrinas que vienen.

—Sin ánimo de spoilear, en un momento de la narración, la trama tiene un giro policial.
—Yo le digo «falso policial» o «amague de policial», porque hay rastros de una investigación que nunca llega a ningún lugar. Es lo que suele pasar con muchos casos en Argentina que nunca se terminan de resolver.

—El escenario litoraleño y los regionalismos están en tus novelas previas. En Una casa sola, también aparecen onomatopeyas y voces gauchescas. ¿Qué te ofrece esa manera de narrar?
—Lo gauchesco está muy presente. De hecho, fui a buscar (en el género) expresiones y palabras. Yo vengo trabajando con el léxico litoraleño y con un lenguaje bastante inventado. En esta novela, para construir el lenguaje de la casa, usé esos recursos y me puse un poco más fastidiosa en la búsqueda con las lecturas del Martín Fierro, la poesía de (Hilario) Ascasubi y el Fausto criollo (Estanislao del Campo). En realidad, son expresiones que otros autores pusieron en boca de sus personajes de gauchos.

—El resultado de esa búsqueda le da una musicalidad a la novela. Invita a leerla en voz alta
—Es algo que también pensé. Siempre lo pienso mientras escribo, y corrijo mucho leyéndome en voz alta. Acá, a todos estos juegos de palabras, retruécanos, los incorporé buscando esa música.

Selva Almada presenta Una casa sola en la Feria del libro de Buenos Aires el próximo 8 de mayo.