La escritora y periodista Violeta Gorodischer lanzó este año con Fondo de Cultura Económica, Cruces, su segunda novela, que presenta este lunes a las 17 en la Feria Internacional del Libro de Rosario en la sala Jorge Riestra del primer piso del Centro Cultural Fontanarrosa. En charla previa con Rosario3, contó –sin spoilear– de qué va el libro y por qué se animó a hacer algo que nunca había hecho antes: romper el realismo.
Con Cruces, la autora vuelve a usar los vínculos como materia prima. Lo hizo en su primera novela, Los años que vive un gato (2011), su libro de cuentos, Sueños a 90 centavos (2015); y en su trabajo de no ficción Desmadres (2022), sobre la experiencia de ser madre en la Argentina.
Cruces rompe con ese registro pero “borra los límites del realismo para hablar de cosas muy reales”. “Me gusta mucho ese universo que se genera en las familias que son como sociedades en miniatura y que tienen algo que a veces las sociedades no tienen en la mayoría de los casos, que son diversas formas del amor y del odio”, apunta.
“Si uno tuviera que tomar esta decisión desde un lugar más mainstream o de buscar transformarse rápidamente en bestseller, por ahí elegiría otros temas, pero no puedo. No me sale, no es el tipo de escritora que soy ni que quiero ser a futuro”, asegura.
–¿De qué se trata Cruces?
–La novela Cruces acompaña el derrotero de su protagonista, Laura, una médica que trabaja en el área de cuidados paliativos de un hospital público y que vive rodeada de enfermedad, y muchas veces de muerte en pacientes de diversas edades, incluyendo pediátricos. Pero lo vive de una manera muy natural, sin negar que esto puede traer aparejado angustia, tristeza, dolor, pero también que es parte de la vida y así lo atraviesa, como lo atraviesan la mayor parte de las personas que se dedican a estas tareas con quienes me crucé y hablé tanto en investigaciones como en notas periodísticas que hice en mi faceta como periodista y que me generaron muchísima atracción. Por eso también me resultaron inspiradoras para crear esta historia. En paralelo, el relato va acompañando el devenir psicológico de Laura, sus propias pérdidas, sus angustias, sus deseos, todo lo que a ella le pasa en su vida personal mientras trabaja en este ámbito y convive con la vida y la muerte.
No quería que fuera una novela lúgubre. La temática puede asustar, pero, en realidad, una muerte literal no se narra nunca
–¿Por qué acá decidiste sumar lo fantástico?
–Yo sentí que la historia me pedía ir un poquito más allá narrativamente, que si iba a abordar estas temáticas que pueden ser un poco amenazantes, un poco sombrías y que no era mi intención abordarlas de esa forma, tenía que recurrir a un registro que superara lo meramente realista. Porque lo que se empieza a contar ahí en términos más ligados a lo fantasioso, o a romper los límites tan estrictos del realismo para no encasillarlo en ningún género, es cómo esta médica realiza, justamente, los cruces de la gente hacia estos otros planos. Y ahí aparecen metáforas, ahí aparecen otros planos de realidad, ahí aparecen escenarios que son casi oníricos y es cuando se empiezan a cruzar –por eso la polisemia del título–, los planos de lo real y de lo fantasioso, del deseo y del duelo, de la maternidad y de la pérdida. Porque también se habla de su propia maternidad, sus procesos de duelo con respecto a eso y también la llegada de personas al mundo, en nacimientos que ella presencia. Todos estos cruces van formando una historia que trasciende los límites del realismo más estricto.
Siento que si yo me quedaba pegada a ese registro más literal, la densidad iba a ser demasiado grande y no es que esté bien o esté mal, simplemente que yo no tenía ganas de hacerlo. No quería que fuera una novela lúgubre. La temática puede asustar, pero, en realidad, una muerte literal no se narra nunca. Lo que aparecen son estos cruces metafóricos donde la realidad empieza como a deshacerse y el escenario de pronto es otro y el lector no entiende bien lo que está pasando hasta que decodifica, sin spoilear demasiado, que cambió algo.
–La novela hace un cruce geógrafico, también. Y temporal. Retrocede al Brasil de la infancia de la protagonista y regresa a su presente. ¿Por qué Brasil?
–Hay un momento en que la protagonista, después de un cimbronazo personal muy duro en su relación de pareja, decide tomarse una licencia de este ámbito hospitalario y viajar a Brasil que es el territorio de su infancia. Tomarse un respiro y salir, es una línea de fuga para volver a ella, para reconstruirse después de una separación y de estar un poco agobiada con su trabajo.
Ahora, lo interesante es que este Brasil es un no Brasil en realidad.
A mí me gusta ese territorio un poco arbitrariamente porque es un territorio que conozco mucho, simplemente porque he viajado demasiado desde muy chica a distintos puntos de Brasil, al norte, al sur y en todos encontré como denominador común un sincretismo muy fuerte, una mística muy fuerte, una cosa espiritual muy marcada, que se corre de los lugares tradicionales, de la religión judeocristiana y que tienen que ver más con otro tipo de búsquedas.
Me pareció que era un territorio propicio para explorar esta cosa más mística y contraponerlo al ámbito pulcro, minimalista, aséptico del hospital. Acá es donde se permite ella reencontrarse con todos estos rituales y situaciones como para conectar con el mundo de la muerte desde un lugar de continuidad, como una circularidad entre la vida y la muerte que ella encuentra aquí, que es donde a su vez se crió –que es un flashback al principio de la novela– y donde adquiere este saber de cómo hacer esas conexiones que termina haciendo después junto a sus pacientes en el hospital para ayudarlos a cruzar el umbral.
–Hay un hilo conductor en todos tus trabajos: los vínculos, el duelo (que aparece en la muerte como algo definitivo pero también el duelo que supone asimilar un cambio radical), la familia, los hermanos, maternar, cuidar (a los hijos, a los padres y sobre todo las mujeres en ese rol), la enfermedad, la diversidad sexual... ¿Qué es lo que te llama la atención de meterte en esos lugares?
–Un hilo conductor... sí, suelen ser sobre todo los vínculos. Cuando empecé con mi primera novela, Los años que vive un gato, una novela de trama netamente familiar, que es casi un género literario, estaba muy influenciada por la narrativa norteamericana que leía muchísimo en aquella época. Mucho Salinger, mucho Cheever, un poco Hemingway. Me gustaba mucho eso. También Jonathan Franzen fue una gran influencia con Las correcciones, sobre todo. Me gusta mucho ese universo que se genera en las familias que son como sociedades en miniatura y que tienen algo que a veces las sociedades no tienen en la mayoría de los casos, que son diversas formas del amor y del odio. Es como poner una lupa y trabajar los personajes en miniatura; a partir de ahí empiezan a suceder cosas macro que los envuelven.
Las familias muchas veces son un espejo de la sociedad, porque cuando aparecen cuestiones que rompen con el statu quo, como puede ser una enfermedad, una elección sexual diferente, una pérdida, ya sea de un gato, de un abuelo, de una inocencia, ahí es donde se ve la verdad narrativa.
Cada familia tiene su derrotero. En mi caso las que elegí contar pasan por estas situaciones en general de pérdida, de duelos, situaciones límites... de enfermedades, porque también creo que ahí asoman costados de los personajes –y de las personas– que son los más ricos a la hora de explorar la narración. Quizás el conflicto en sí mismo no es tan relevante como la reacción de los personajes frente a ese conflicto. Creo que ahí también un poco se revela lo que habita en cada familia.
Muchas veces es también un espejo de la sociedad, porque cuando aparecen cuestiones que rompen con el statu quo, como puede ser una enfermedad, como puede ser una elección sexual diferente, como puede ser una pérdida, ya sea de un gato, de un abuelo, de una inocencia, ahí es donde se ve un poco la verdad narrativa. ¿Qué hacen frente a eso los distintos personajes de la historia? Eso es un hilo, no sé cuánto de conciencia tengo o no, pero sí se repite en los cuentos, en las novelas: siempre a los personajes hay un hilo que los ata, que tiene que ver con estas cuestiones, con el amor frente a todas estas situaciones límite.
El conflicto en sí mismo no es tan relevante como la reacción de los personajes frente a ese conflicto. Ahí se revela lo que habita en cada familia.
Y con las tareas de cuidado, ahí hay algo bien particular. Antes de publicar este libro, el primer libro que escribí después de convertirme en mamá, fue un ensayo. Un libro de no ficción que se llama Desmadres, con tono bien periodístico, de muchísima investigación. Fue un libro publicado por Planeta, que quedó finalista del concurso Todos los tiempos el tiempo, donde lo que hice fue abordar qué significa ser madre en la Argentina. Es una historización de la maternidad desde principios del siglo XX, los mandatos actuales, pero también muchas voces más académicas: antropólogas, sociólogas, historiadoras. Hablo en femenino porque la mayoría son todas femeninas.
Entonces, de tanto hablar de estas cuestiones y de vivirlas en carne propia, pero más de hablarlas, tenía ya muy incorporado, ni siquiera te diría que fue intencional, es algo que yo ya sé que las tareas de cuidado, ya sea hacia los bebés, ya sea hacia los adultos mayores o a una persona con algún tipo de discapacidad, recae mayormente en las mujeres. No es ni siquiera una bajada de línea; o sea, podés leerlo así si querés, pero no es que yo dije "me voy a posicionar en una perspectiva feminista para hablar así", sino que la historia misma se me fue armando de esa manera. Supongo que porque lo tengo muy naturalizado y muy incorporado, además de probado con hechos a partir de estudios, de encuestas, de relevamientos, etcétera.
Entonces, cuando aparece (en Cruces) esta madre que se animaliza, es una metáfora del deterioro de las personas mayores. Y justamente la que más se hace cargo es la protagonista y ahí aparece la pugna con su hermano, por quién cuida a mamá.
Pero es muy clara la metáfora porque lo que sucede con esa madre perro es lo mismo que sucede con los adultos mayores o con un adulto enfermo cuando en la familia se empiezan a tirar la pelota de la responsabilidad: y quién se hace cargo, y que falta infraestructura de cuidados, y que no tienen plata para tercerizarlo. El yo la cuido más que vos, yo voy más horas que vos, yo tengo un hijo, vos esto, vos lo otro. Y eso que empieza a pasar en esta familia, entre Laura y su hermano, cualquiera se puede sentir identificado más allá que lo que sucede, que es una madre que se vuelve perro, parece del plano de la fantasía total. Es una novela que borra los límites del realismo, pero para hablar de cosas muy reales.