*Por Alejandra Rodenas, vicegobernadora de la provincia de Santa Fe

Como ustedes saben, “Ni Una Menos” surge en junio de 2015, transformándose en vértice
de la historia: las cosas no volvieron nunca a ser iguales y el feminismo dio un paso
adelante en la lucha por sus derechos y en la legitimidad que adquirió su voz. Fuimos las
mujeres –organizadas algunas y espontáneamente, otras– las que salimos a las calles en
todo el país unidas en un solo grito. Ese estallido no fue casual: fue producto de una
historia, de una larga tradición de luchas que une en su lazo amoroso a las mujeres
anónimas con aquellas que asumimos un compromiso público.

Sándor Márai, periodista y escritor húngaro, dice en La mujer justa: “Entonces me di
cuenta de que las personas no aguantan siempre las situaciones que les pone la vida… ni
los individuos ni las naciones… Llega un momento en que alguien empieza a gritar que ya
basta, que hace falta un cambio. Y es cuando la gente se echa a la calle. Pero la revolución
¿sabes?, la verdadera ya ha ocurrido antes, en silencio, en el interior de las personas”.

Creo profundamente en esta frase porque estoy convencida de que las revoluciones ocurren
primero en el interior de las personas y sólo después emergen, cuando encuentran un eco
en el exterior o cuando salen a crear ese eco. A la vez, considero, no es necesaria la
violencia para que triunfen los discursos emancipatorios.

Desde el primer día participé de Ni Una Menos porque en esa movilización escuchaba las
mismas voces e incluso, los mismos silencios, a los que les venía dando lugar desde el
ámbito judicial, donde me desempeñé por décadas. En aquella jornada, no dudé: salí a la
calle en una suerte de reacción visceral porque, entre otras cosas, ese día el “afuera”
iniciaba un camino de interpelación felizmente irreversible.

Me refiero a la interpelación, por ejemplo, de un Poder Judicial que debe escuchar y dejarse
perforar por los reclamos que se expresan en esa materialidad compleja que es la lucha
reivindicatoria, que no siempre es recogida en los fallos judiciales y que, en ocasiones,
suele alejar este poder de la sociedad a quien debe sus respuestas. Y es que si bien en
nuestro país ya existía un marco normativo, la “ratio” judicial que lo pone en juego no
siempre estuvo o está a la altura de las circunstancias o de los signos de la historia.

Esta afirmación no es de ningún modo generalizante, todo lo contrario, pero si algo provocó
el Ni Una Menos fue un giro en el modo de concebir, mirar, pensar y llevar adelante las
investigaciones judiciales.

Ahora bien: ¿hemos hecho todo lo necesario? ¿Hemos creado las condiciones para que el
atraso y ciertas miradas hegemónicas en torno a las violencias sean superadas por modos
nuevos y ampliados de concebir las horrorosas consecuencias que se posan sobre los
cuerpos vulnerados?
 

Entiendo que no.

Entiendo que estamos transitando un camino fecundo, sí, pero aún interceptado por quienes
creen que este decir, pensar y hacer responde a una rebelión pasajera que pronto encontrará
un cauce o en todo caso se desvanecerá en el tiempo.

A la vez, el 3 de junio del 2015 estaba dando clases en la Facultad de Derecho de la
Universidad de Rosario. Y les dije a mis alumnos “Nos vamos a la calle”. No sin sorpresa
para ellos y ellas, al rato formábamos parte de una extensa caravana de deseos compartidos,
pero sobre todo de uno en particular: el de visibilizar y exponer las tramas ocultas ante la
mirada atónita de quienes aún no se animaban a mirar un movimiento heterogéneo y plural,
que estaba conmoviendo los cimientos de las formas de pensar las violencias y sus sentidos.

También ese puñado de deseos universitarios se mixturó en la militancia social como
forma de establecer acuerdos de legitimación y de ese modo avanzar hacia logros comunes,
pensando en ese entramado que el gobierno elegido en el año 2003 ya venía poniendo en
valor en gestos y acciones irrefutables.
 

Las mujeres sabemos que los procesos emancipatorios comienzan muy adentro de cada
una y se cristalizan en los espacios colectivos. Durante siglos luchamos por nuestra
participación política: por eso es necesaria una reforma judicial con perspectiva de género
y es necesario, como lo estamos haciendo en la provincia de Santa Fe en diálogo
permanente con el Gobierno Nacional, profundizar políticas públicas que puedan crear
una conciencia sobre estos temas en todos y todas.
 

Y es que todas estamos uniendo los fragmentos y escribiendo, indeleble el Ni Una Menos.
Cada una desde su propia e íntima revolución.

Es necesario que nunca más una mujer sea asesinada, vulnerada, su cuerpo descartados en
bolsas o en la tierra como un mero objeto. Es necesario que en épocas donde no podemos
abrazarnos, redoblemos el esfuerzo desde lo íntimo, en lo que cada una pueda, para
atravesar esta pandemia inédita. Todas somos necesarias. Todas merecemos amor, respeto,
trabajos dignos, reconocimiento de las tareas de cuidado. Todas tenemos derecho a vivir
en hogares seguros, libres de violencia.

Todas tenemos la responsabilidad de tomar la voz para que ninguna falte. En especial, las
que cumplimos con un mandato público que nos fue dado a través de las urnas.