Yo también fui un machirulo. Lo soy. Quizás nunca pueda dejar de serlo. Soy hombre, un hombre criado en otro tiempo. Un varón, varoncito de clase media urbana. Bien machito.

También fui mataputos. Hice y me reí con todos los chistes sobre homosexuales habidos y por haber. Canté todas y cada una de las canciones de la cancha que hablan de someter sexualmente al adversario. Un macho (machito) argentino. 

El tiempo pasa, la vida corre, los aprendizajes se buscan, llegan. Cuando el Congreso sancionó la ley de matrimonio igualitario lo viví como una fiesta. 

Pero cuesta desprenderse de lo que está impregnado en nosotros porque es, de alguna manera, algo que nos constituye desde niños. El patriarcado está adentro, es la cultura en la que fuimos moldeados. Es como el sol: aunque no lo veamos, aunque lo neguemos, siempre está.

Sonia Tessa me hizo entender con pasmosa simpleza lo que era una actitud (micro) machista en una entrevista que hicimos en un programa de televisión que se llamó Espontáneo. Allí recordó que, cuando ambos trabajábamos en el diario El Ciudadano, los varones de esa Redacción hacíamos una reunión todos los viernes de las que las mujeres quedaban excluidas. 

Ellas se quejaban y nosotros no le dábamos importancia. ¿Por qué un grupo de amigos varones no tiene derecho a reunirse sin mujeres? Pero en esos encuentros se hablaban también cosas de trabajo que influían en acciones y decisiones que involucraban a la Redacción toda. La reunión tenía un nombre: Baliña. Machirulos y mataputos, dos palabras que empiezan con ma: Mamá.

Tuvieron que pasar casi 20 años para que me cayera la ficha de lo que todo esto -que puede parecer menor, pero es un síntoma de algo bien grande- realmente significaba: soy hombre y se ve que los hombres tenemos nuestros tiempos.

En El Ciudadano, yo era el editor de la sección Ciudad y Sonia la subeditora. Cuando ella se fue del diario y hubo que reemplazarla, se me ocurrió que esa función la cumplieran varias personas alternativamente y así pudieran atravesar la experiencia. Lo hicieron cuatro varones.

En esa Redacción había excelentes periodistas mujeres. Una de ellas es Fernanda Blasco, con quien tiempo después armamos codo a codo el proyecto de Rosario3.com. De nuevo, yo como editor ella como subeditora.

Por cuestiones personales, Fernanda dejó el trabajo. Luego volvió al ruedo, cuando le ofrecieron armar otro medio digital. Debo confesar que al principio no me cayó bien esa decisión: ¿celos? ¿acaso despecho de un hombre algo posesivo? Fernanda Blasco es la única mujer que dirige un medio de comunicación en Rosario. 

Fernanda y Sonia son dos de mis personas preferidas en el mundo mundial. Ambas me enseñaron y me enseñan. Pero mis grandes maestras en todo este asunto son mis tres hijas: Camila, Sara y Ema.  

Ellas ya han vivido varias situaciones de acoso y abuso. ¿Hay alguna mujer que no? Esta enorme bola que desde hace un tiempo viene rompiendo estructuras, paradigmas y sobre todo silencios ha puesto delante de los ojos de los hombres -lo quieran ver o no- una verdad incómoda: todas, absolutamente todas las mujeres, están atravesadas por esta realidad. 

¿Y nosotros? Nosotros también. Los hombres estamos siendo interpelados. Deberíamos aceptarlo, interpelarnos a nosotros mismos. Tomar y generar conciencia puede ser nuestro mayor aporte; más que ir a una marcha. Por supuesto, hay varones que lo hacen y se reconocen, reconocen el lugar que tuvimos (y tenemos) en esos relatos que ahora brotan de a miles (no hace falta ser un violador). Y, por supuesto también, están aquellos que resisten, que temen.

Es que estamos ante un proceso que, por su enorme magnitud y porque ataca cimientos mismos de la cultura occidental y cristiana, es realmente revolucionario. Todo cambio profundo genera una reacción, un intento por sostener o restaurar el viejo orden. Somos una especie que evoluciona e involuciona en ciclos que conviven en tiempo y espacio.

Agradezco por mis hijas y por mí esto que estamos viviendo, aunque muchas veces pueda no resultar cómodo. Y deseo fervientemente que salga la ley de despenalización del aborto, pues se trata de un mojón fundamental, un paso hacia adelante que puede ser gigante en este juego de avances y retrocesos. 

Me aterra la posibilidad de que mis hijas tengan que llevar adelante un embarazo no deseado. En realidad, no les va a pasar: ellas pertenecen a un sector social que tiene acceso a las herramientas para evitarlo, sea o no por ley. 

Como me pasó a mí, sin poner el cuerpo claro, cuando era -o al menos así lo sentía- demasiado chico para embarcarme en la aventura de la paternidad: sólo resigné la compra de un televisor nuevo. Después, tuve la posibilidad de decidir cuándo tener hijxs. Lo mismo que mi compañera de entonces. Decidir sobre tu vida, ni más ni menos. Pero otra fue y es la realidad de miles y miles de personas de otros sectores sociales.

No hay revolución más significativa que la cultural. Una ley no genera con su sola sanción un masivo uso de lo que ella permite. Pero sí sirve para reconocer realidades, visibilizarlas, naturalizarlas, descriminalizarlas. Pasó con la de matrimonio igualitario, pasará con la del aborto legal y pasaría con la despenalización del consumo de marihuana.

Yo fui un machirulo. Lo soy. Acaso no pueda dejar de serlo. O sí, porque tengo maestras y deseos de aprender. Ojalá nuestros representantes en el Congreso demuestren haber aprendido del riquísimo debate de las últimas semanas y no se dejen llevar por presiones que atrasan, por contenido y forma. Ojalá hayan escuchado esa voz de las que claman un cambio por el simple hecho de que es vital y necesario. 

Si es así, como lo hicimos cuando se sancionó la ley de matrimonio igualitario, mis hijas y yo brindaremos por la evolución de la especie.