El tiempo se agota. Scaloni mueve los brazos desesperado dando órdenes para que el equipo se acomode, algo que no sucedió en todo el desarrollo. Argentina sufre los instantes finales del partido de 16avos de final frente a Cabo Verde. No puede ser verdad. El campeón del mundo acorralado contra su arquero que mete un manotazo salvador in extremis cuando parecía gol. No puede ser verdad. Pero lo es.
El árbitro, permisivo el canadiense, perdona tarjetas, fácilmente manipulable, marca el final y varios futbolistas albicelestes se tiran al piso exhaustos, otros se caen encimados y se abrazan. Parece la final del Mundial, pero no. Argentina se clasifica a los octavos de final en el partido 100 de su gran entrenador. En el peor partido de la era Scaloni en copas del mundo. Lejos, el peor.
La esperanza es que la fortuna parece ser el jugador número doce de la selección. Un cabezazo que pega en una mano y se mete es el instante salvador de un equipo que potencialmente es candidato al título, pero que sufrió muchísimo frente al humildísimo Cabo Verde.
Lo difícil es imaginar a Argentina protagonista después de semejante puesta en escena. ¿Es para tanto? Y sí, es el campeón del mundo y candidato a bicampeón. Pero así parece complejo suponerlo.
Argentina, en realidad, no jugó bien, como potencialmente puede se quiere escribir, ninguno de los partidos de esta Copa del Mundo. Ni ante Nigeria, ni con Austria, ni frente a Jordania y menos contra Cabo Verde, que lo encerró contra su arquero en los últimos minutos del alargue.
El vaso medio lleno: peor no se puede jugar.
El vaso medio vacío: así es muy difícil ser campeón del mundo. De hecho esa es la meta de todos los jugadores y el cuerpo técnico. Como corresponde a una selección de primer nivel mundial que antes del inicio del torneo compartía el podio de candidatos junto a España y Francia, pero hasta aquí no jugó ni parecido a esos rivales.
Scaloni tiene un puñado de días para intentar corregir a un equipo que por momentos parece jugar desinteresadamente, indolente, como creyendo que el resultado llegará por decantación. Hasta ahora le alcanzó. Y probablemente le alcance con Egipto. ¿Y después?
No es necesario pedirles autocrítica a los jugadores ni al cuerpo técnico después de un partido así. Nadie sabe mejor que ellos que Argentina dio un paso atrás, más bien un salto, en su juego.
El martes se escribirá otra historia en Atlanta. Hay mucho por mejorar. Hay jugadores que no están en su nivel, se les nota. No hacen falta nombres.
Quizás lo más preocupante de todo no sea el juego en sí, sino la postura de unos cuantos muchachos que creen que Messi puede solucionarlo todo y entonces depositan el partido en él, que por momentos les da la razón, se pone el equipo al hombro y maquilla todos y cada uno de los errores que el equipo comete.
Es hora de sacarse el maquillaje y jugar a cara lavada, como este equipo sabe. Se vienen días en los que el margen de error comenzará a extinguirse.