El domingo por la noche Buenos Aires ofrecía una postal difícil de encontrar en cualquier encuesta de opinión. Mientras una lluvia persistente caía sobre River, Lali cerraba el segundo recital más importante de su carrera. A pocos kilómetros de allí, cientos de miles de personas seguían haciendo fila para despedir al Indio Solari. Algunos llevaban horas esperando. Otros habían viajado desde distintas provincias. Había familias enteras, grupos de amigos, jóvenes que nunca llegaron a verlo en vivo y seguidores que llevaban décadas acompañando una obra artística que terminó convirtiéndose en algo mucho más grande que una carrera musical.
Las dos escenas convivían en simultáneo y, aunque parecían pertenecer a universos distintos, probablemente estaban hablando de una misma cuestión: la capacidad que todavía conserva la cultura para movilizar, emocionar y construir sentido de pertenencia en una escala que la política hace tiempo no logra alcanzar.
La semana ya había comenzado con otras manifestaciones multitudinarias: las marchas de Ni Una Menos en todo el país. Como ocurre desde hace más de una década, la convocatoria volvió a demostrar que determinadas causas sociales conservan capacidad para ocupar el espacio público, aun en tiempos en los que gran parte de la discusión parece haberse trasladado a las redes sociales.
Sin embargo, fue la muerte del Indio la que terminó funcionando como el hecho político y cultural más potente de la semana.
No porque el Indio haya sido un dirigente político. Nunca lo fue. Tampoco porque quienes hicieron fila para despedirlo respondieran a una misma ideología. Seguramente, entre esas centenares de miles de personas convivían votantes de Javier Milei, del peronismo, del radicalismo y personas que directamente dejaron de sentirse representadas por cualquier espacio político. Lo que los unía no era una posición electoral. Era algo bastante más difícil de construir: una identidad cultural compartida.
Quizás allí aparezca una de las primeras enseñanzas de esta historia. Durante años, la política argentina se acostumbró a interpretar a la sociedad a través de categorías cada vez más rígidas: oficialismo y oposición, derecha e izquierda, libertarios y kirchneristas. Sin embargo, la fila interminable para despedir al Indio mostró algo bastante más complejo. Personas que probablemente piensan distinto sobre economía, sobre el rol del Estado o sobre el propio Gobierno encontraron un punto de encuentro en una referencia cultural capaz de atravesar generaciones y diferencias ideológicas.
Durante décadas, el Indio construyó algo que muy pocos dirigentes, empresarios o líderes sociales logran construir: una comunidad. Una comunidad que sobrevivió a los cambios de gobierno, a las crisis económicas, a las transformaciones tecnológicas y a los recambios generacionales. La magnitud de la despedida volvió a demostrar que ese vínculo seguía intacto.
Incluso la controversia alrededor de la negativa del Gobierno a habilitar espacios institucionales para una despedida oficial terminó agregando un elemento inesperado. Porque si el objetivo era evitar una apropiación política de la figura del Indio, el resultado fue una despedida todavía más coherente con el mito que acompañó toda su trayectoria: lejos de los edificios públicos, lejos de los homenajes protocolares y cerca de la gente común que durante décadas encontró en sus canciones una forma de representación cultural.
Las imágenes impactaron porque mostraron algo que muchas veces queda oculto detrás de la discusión política cotidiana. Mostraron que siguen existiendo comunidades capaces de movilizarse alrededor de valores, símbolos y referencias compartidas. Comunidades que no necesitan una estructura partidaria para existir y que encuentran en la cultura un punto de encuentro que la política rara vez consigue generar.
En ese contexto, el homenaje que Lali le dedicó al Indio durante sus recitales adquiere una dimensión que excede lo artístico. No porque ambos representen lo mismo. De hecho, pertenecen a generaciones, estéticas y momentos históricos completamente diferentes. Pero sí porque expresan una tradición cultural que, desde lugares distintos, suele dialogar, discutir o confrontar con determinadas visiones conservadoras sobre la sociedad, la diversidad, los derechos individuales y el lugar del arte en la vida pública.
Nada de esto significa que esté naciendo una alternativa política. De hecho, sería una conclusión apresurada. Javier Milei sigue siendo hoy el dirigente más influyente de la Argentina y continúa conservando una capacidad de liderazgo que ningún opositor ha logrado disputar seriamente. La centralidad política sigue estando allí.
Pero tal vez la pregunta que deja esta semana sea otra.
Mientras la política continúa organizada alrededor de liderazgos, elecciones y estrategias de poder, la cultura sigue demostrando una capacidad singular para reunir a personas que piensan distinto, votan distinto y viven realidades distintas alrededor de símbolos compartidos. La despedida del Indio fue, probablemente, la expresión más contundente de ese fenómeno.
Y quizás por eso resulte interesante observar lo que ocurrirá a partir de los próximos días. Como tantas otras veces en la historia argentina, millones de personas volverán a compartir emociones alrededor de otro gran ritual colectivo: el fútbol. No porque el Mundial vaya a resolver los problemas del país ni porque suspenda las tensiones políticas. Pero sí porque volverá a recordar algo que esta semana dejó en evidencia.
Las identidades colectivas más fuertes de la Argentina no siempre nacen en la política. Muchas veces nacen en la cultura.
Y quizás allí aparezca una de las preguntas más interesantes para los próximos años: si la política seguirá siendo capaz de interpretar a esas comunidades culturales o si, por el contrario, la cultura seguirá produciendo identidades colectivas mucho más rápido de lo que la política consigue comprenderlas.