El tipo que puso las canciones en nuestros walkman, volvió para ofrecerle su corazón a Rosario. Fito vino a festejar su cumpleaños 63, ese número mágico que lo acompañó a lo largo de toda su formidable carrera. Se instaló una semana en la ciudad, como el hombre que regresa a su pueblo para percibir de nuevo los olores, los sabores, los sonidos del lugar primitivo. Los cuatro conciertos de “Casa Páez” fueron sus vacaciones de cercanía. Un viaje a lo profundo de su ser, de su casa con aroma a guiso cocinado por sus tías, de su infancia sin mamá, de su número de teléfono de Entel, de sus rulos negros, de los acordes de su guitarra retumbando en el patio de la Dante. Un regreso, también, a la puta ciudad de la tragedia familiar del 86, la que puso la “yerba” en el viejo cajón. Fito cerró su escapada a Rosario con un concierto imposible de olvidar. Convirtió al Monumento en lo único que podía distinguirse entre la impresionante marea de gente que bajó de todos los barrios para verlo cantar, tocar, reír, llorar, decir un par de verdades incómodas, confesar un nuevo amor y, por último, prometer que habrá “una próxima vez”. Páez está igual que ayer, con un par de años y de guerras encima. Como Rosario.
La costanera central rosarina, en una tardecita que respiraba la brisa cálida que venía del Paraná, se fue cubriendo de hombres y mujeres, pibes y pibas, chicos y chicas. Mientras Coky y sus killer burritos hacían el aguante a puro rocanrol de acá, la gente seguía bajando por las avenidas, las calles, las plazas y los parques. En los edificios que custodian el Monumento, las lucecitas se iban encendiendo en los balcones, anunciando que esa noche habría fiesta en el barrio. Sobre el suelo de adoquines de la avenida Belgrano, la multitud solo se movía para dejar pequeños senderos por los que transitaban padres y madres con cochecitos.
Apenas pasadas las ocho de la noche, cuando el sol del 15 de marzo hacía rato que era historia detrás de los edificios del centro para recordarnos que el otoño ya celebra la muerte del verano, los músicos de la banda recortaron la figura monolítica del Monumento. La ovación provocó el vuelo apresurado de los últimos pájaros que se negaban a abandonar las ramas de los árboles de la avenida y la silueta clara de Fito Páez apareció en el escenario para confirmar que iba a ser una noche histórica.
“Cerca, Rosario siempre estuvo cerca”, fueron las primeras estrofas que entonó Fito en su concierto indeleble. Con ese “tema de Piluso”, Páez llenó la atmósfera de rosarinidad. Olmedo, las meriendas con el Capitán y la alegría que se va cuando mueren los grandes ídolos populares. Siguió con “Hazte fama”, uno de los temas icónicos de “Tercer Mundo”, el disco que a los que ya andamos por las cinco décadas, nos dijo con canciones que habían empezado los 90.
“Hoy no voy estar muy parlanchin porque quiero que esta sea una noche hermosa e inolvidable”, avisó Páez. “Lejos de Berlín” y “Tráfico por Katmandú” levantaron a la gente, que a continuación y sin advertencia de sensibilidad flotó en un ambiente de dulzura y nostalgia con “11 y 6”. Miles de teléfonos celulares registraron el momento, pero ganó por goleada la emoción de estar ahí, de ser puros ojos y oídos. De sentir esas sensaciones que solo la música puede traer desde el fondo de los tiempos.
“Vamos a hacer un piano bar”, propuso Rodolfo. Apoyó sus dedos trémulos en las teclas blancas y negras, según pudo observarse con detalle en las pantallas gigantes, y “Cable a tierra” perforó los corazones de los viejos seguidores de Fito.
Luego aprovechó la letra desbocada de “Al lado del camino” para deslizar algunas consignas propias de este tiempo. “No es bueno nunca hacerse de enemigos, que no estén a la altura del conflicto, que piensan que hacen una guerra, y cuando te ven, se mean encima como chicos”, desafió Páez. Y el público estalló. Ni que hablar cuando de su garganta salió “yo era un pibe triste y encantado, de Litto Nebbia, Spinetta y Charly García”. Como se dice ahora, fue un instante con “aura”.
“Nunca podrás sacarme mi amor” le puso roncarol a la noche. No tuvo reparos en cantar que “ni un analista ni un doctor, ni un cura ni un gobernador, te solucionan los problemas”. Sin tiempo para respirar, en el piano de Rodolfo explotaron los inconfundibles acordes de “Yo vengo a ofrecer mi corazón”. Fito hizo lo que pudo para meter en un solo concierto lo mejor de su insondable repertorio de cuarenta y pico de años. Una tarea tan hermosa como imposible. Con músicos como Páez, la elección siempre termina siendo personal.
Con su insondable repertorio, Fito Páez llenó la atmósfera de rosarinidad
Después de “La rueda mágica” y “Fue amor”, le pidió a la multitud que “saquen sus celulares y enciéndalos”. Todo el lugar se convirtió en un mar de medusas brillantes, moviéndose al compás de “Brillante sobre el mic”. Y sí. Es un recuerdo que todos los que estuvimos allí no vamos a borrar.
“A rodar mi vida” hizo bailar a todo el mundo, incluso a las señoras paquetas de los pisos más altos de barrio Martin, que revoleaban servilletas desde los balcones, descubiertas por las cámaras indiscretas de los drones que surcaban el cielo como estrellas fugaces. “Esta canción la hice en el 83 y envejeció muy bien. Y si mal no recuerdo, Rosario fue el lugar en que mejor la cantaban”, tiró Rodolfo como prólogo de “Polaroid de locura ordinaria”. Esta noche de domingo, todos bajamos por el callejón adonde estaba él.
“Y dale alegría a mi corazón” transformó el Monumento en un mega estadio de fútbol, con Fito y sus músicos arengando a la gente para entonar ese clásico estribillo una y otra vez. Y en “Circo Beat”, que vino después, Páez cambió la letra para blanquear su nuevo romance: “Yo me muero con Sofi Gala”. La hija de Moria Casán lo escuchó de muy cerca y celebró que su enamorado la haya puesto en el lugar de la Gena Rowlands de la letra original. En la estrofa siguiente, Fito cantó esa frase increíblemente premonitoria para Rosario: “Y los monos están devastando esta ciudad”.
En el final de “El amor después del amor”, explotó la voz sensual y poderosa de Emme (Mariela Vitale), la tremenda vocalista de la banda. Páez cerró la parte neurálgica del concierto con, quizás, su tema más conceptual y pesado de la noche: “Ciudad de pobres corazones”, el que escribió para Rosario en las tormentosas horas posteriores al triple crimen de su tía, su abuela y la empleada doméstica en la casona de la calle Balcarce. El cierre fue digno de una orquesta sinfónica de calibre internacional.
Fito se fue un ratito del escenario y volvió al piano con un impecable saco para cantar su tema emblemático “Del 63”. “Para mí es una emoción muy grande poder cantar esta canción acá en Rosario”, confió el Flaco, mientras secaba las lágrimas que corrían por su rostro y maltrataba sus rulos ahora mucho más cortos y mucho más blancos. Y sonó un feliz cumpleaños cantado por 300 mil almas agradecidas. El artista cerró bien arriba con “Sale el sol” y “Mariposa Tecknicolor”. La multitud entendió que llegaba a su fin una velada que empezaba a convertirse en recuerdo digno de ser contado a las generaciones que siguen.
Apoyó sus dedos trémulos en las teclas blancas y negras y Cable a tierra perforó los corazones de los viejos seguidores de Fito
Fito saludó, tiró besos hacia todos los puntos cardinales, mencionó a cada uno de sus músicos, pidió una foto con el público detrás e hizo junto a su banda la típica reverencia de final de concierto. Pero no se quería ir. Quería una más. Y volvió al piano para hacer “Dar es dar”. “Chau, hasta la próxima. ¿Habrá próxima? ¡Obvio que habrá!”, prometió. “Gracias a mis hijos, que los amo con todo mi corazón. Es una emoción muy fuerte que ellos hayan podido vivir esta noche. Chau Rosario, los amo”, cerró. Y ahí sí, su figura desapareció detrás de la mole de cemento.
Rodolfo “Fito” Páez, uno de los tantos rosarinos -pero quizás el que más- que le puso música a nuestras vidas, volvió a Rosario para hacer historia. Su gente está igual que ayer, con un par de años encima. Su ciudad está igual que ayer, con un par de guerras encima. Ahora que estoy aquí, escribiendo unas líneas que nunca alcanzarán para describir las emociones de lo vivido, solo tengo la certeza de que cada vez que pienso en vos, Fito, fue amor.