Brasil, enviada especial de Rosario3. El sábado en Interlagos arrancó jugando con el engaño. El día se abrió con un sol agobiante, más de 30 grados de temperatura y una humedad densa que pesaba en los hombros con solo caminar. Desde temprano, el pulso del autódromo se sintió muy diferente al del primer día: una marea humana se apuraba por los accesos buscando tomar el mejor lugar en las tribunas.

Se notaba en el aire que la expectativa era mayor y el marco de público superaba largamente al de las primeras prácticas.

Pero en San Pablo la calma meteórica dura lo que un suspiro. Pasadas las dos y media de la tarde, mientras miles de fanáticos esperaban el plato fuerte de la jornada, el cielo se desplomó. Llegó el primer aluvión de agua, implacable, transformando el circuito en una pileta y obligando a la categoría previa, la Porsche Cup, a completar su competencia entera detrás del Safety Car.

Cuando los motores de la telonera apagaron sus ruidos, la multitud se acomodó a la espera de la clasificación de la Fórmula 1. Sin embargo, la tormenta no dio tregua; al contrario, se instaló sobre el asfalto. A medida que corrían los minutos y la lluvia no cedía, la escena empezó a volverse dantesca.

Pasados los 20 minutos de postergación, la resistencia de la gente empezó a ceder: entre capas de agua saturadas y paraguas inútiles, cientos de espectadores comenzaron a buscar refugio donde fuera o a emprender la retirada. Incluso a la salida del predio, la imagen era calcada: una procesión incesante de personas empapadas buscando transporte para volver a los hoteles y casas, vencidas por la tormenta.

En medio del caos climático y los ríos de agua que corrían por las gradas, un nombre volvió a emerger entre la multitud como un mantra resucitado: Ayrton Senna.

"Cada vez que se larga a llover así, Ayrton está acá", comentaba un hincha local mientras intentaba cubrirse con un plástico.

 Comisarios de pista intentan secar el trazado del autódromo de Interlagos durante la clasificación del Gran Premio de Sao Paulo. (EFE)

Para los brasileños, la lluvia en Interlagos no es una inclemencia meteorológica cualquiera: es el territorio donde el mítico piloto paulista construyó sus mayores hazañas. Preguntar en las tribunas por la tormenta era recibir siempre la misma respuesta nostálgica y orgullosa: Senna era el verdadero maestro del asfalto mojado, el único capaz de domar aluviones que a cualquier otro le parecerían imposibles.

Hoy, su recuerdo actuó como el único refugio simbólico contra el clima.

La clasificación finalmente pudo completarse más tarde, aunque con las tribunas despobladas por un temporal que castigó sin piedad a los fanáticos más tenaces. Así cerró un sábado accidentado y cargado de agua en suelo brasileño.

Para este domingo se espera otra jornada decisiva de Fórmula 1 y los pronósticos insisten con la lluvia, pero Interlagos ya demostró que, bajo el agua o el sol, su mística sigue intacta.