La última vez que lo vi fue en el Fellers de Oroño. Una mañana de sol desayunaban con Celia, su compañera de toda la vida y al irse levantaron tímidamente la mano para saludar al cronista que los observaba a la distancia merodeando sus pasos. ¿Me acerco? ¿Les digo gracias? Jorge se calzó los lentes negros, Celia sonrió con esa timidez y humildad que la acompaña a diario y emprendieron caminata a la cochera por calle Jujuy.
Jorge y Celia caminaban Rosario con la parsimonia de dos vecinos cualquiera. Nadie hubiera encontrado nada extraordinario en aquella escena, salvo por un detalle: eran los padres del hombre al que esa misma ciudad (y por supuesto el planeta) habían subido a todos sus altares.
Nombrarlo, exagerando vínculos alrededor de proyectos, negocios, ideas o planes era habitual en el mundo de los vampiros. Pero él siempre fue el que a paso lento y sobre todo invisible cargó con la cruz que el futbol tiene preparado para sus protagonistas. Los contratos, el dinero incontable y el imán despiadado hacia las cornisas humanas. La vida de Leo, humilde y serena en el éxito, parece explicarse por esa misma madera que lo ungió en el pasaje Lavalleja 525 en el barrio La Bajada.
Jorge Messi recorrió el mundo. Barcelona, París, Miami. Aeropuertos, hoteles, oficinas, estadios. Ciudades pronunciadas en idiomas diferentes. Durante más de veinte años su vida estuvo atada al itinerario extraordinario de un hijo extraordinario. Y, sin embargo, cuando el tiempo comenzó a acabarse, regresó al sur de Rosario.
No parece casual. La vida tiene esas geometrías extrañas. Uno camina miles de kilómetros para terminar a pocas cuadras del lugar donde empezó.
Jorge había sido durante años el hombre que caminaba algunos pasos detrás de Lionel. Mientras el mundo miraba al hijo, él permanecía en una zona menos iluminada de la fotografía. Estaba allí. Siempre estaba allí. Pero casi nunca era el centro. Y ese tal vez haya sido su trabajo más difícil. Administrar lo imposible.
Un chico de Rosario había empezado a jugar a la pelota y, de pronto, alrededor de aquel chico aparecieron millones de personas. Llegaron representantes, dirigentes, periodistas, empresarios, abogados, contratos, impuestos, aviones, hoteles, médicos, patrocinadores. Llegaron también los hermanos, la familia, los amigos y las preguntas que nadie se atreve a formular pero que seguramente existen en cualquier casa cuando uno de sus integrantes se convierte en alguien excepcional.
Jorge no lo dijo públicamente jamás pero seguramente debió aprender a caminar sobre esa cuerda. Padre y representante. Tutor y administrador. El hombre encargado de ordenar económicamente el éxito y también de resolver la logística de los fracasos. Porque hasta las derrotas de Lionel Messi necesitaban hoteles, aviones, silencios, teléfonos apagados y una puerta detrás de la cual poder esconderse.
Quizás por eso Rosario fue siempre tan importante. Para Lionel también.
Existe algo conmovedor en la última imagen: después de haber visto los estadios más impresionantes del mundo, el padre de Lionel Messi estaba sentado en una tribuna del sur de Rosario mirando un partido pequeño
Cuando el ruido se vuelve insoportable, vuelve. Cuando gana, vuelve. Cuando pierde, vuelve. Cuando necesita desaparecer, vuelve. No parece regresar a una ciudad. Regresa a casa, a sus calles y olores. A una manera de hablar.
Hay algo natural en ese movimiento. La madera busca la tierra que la crió. Busca su humedad. Reconoce el perfume de aquello de lo que alguna vez formó parte. Puede haber sido cortada, pulida, trasladada al otro lado del océano. Puede haber conocido palacios. Pero conserva la memoria secreta de su tierra.
Su última aparición pública fue en el Gabino Sosa. No en Barcelona, en París o en Miami. El Gabino Sosa. Zona sur de Rosario. Su pequeño club, Leones, jugaba contra Central Córdoba. Jorge estaba sentado en la tribuna mirando fútbol. Nada más elemental podría imaginarse después de una vida atravesada por el fútbol más extraordinario del planeta.
Leones ganó. Y Jorge habló. Dijo sentirse orgulloso. Habló de la Zona Sur, del Charrúa, de la historia de ese margen austero de Rosario. Tal vez estaba hablando de fútbol. O tal vez estaba homenajeando esas raíces, jerarquizando el lugar después de tanto trajín. Porque existe algo conmovedor en esa última imagen: después de haber visto los estadios más impresionantes del mundo, el padre de Lionel Messi estaba sentado en una tribuna del sur de Rosario mirando un partido pequeño. El hombre había dado la vuelta al planeta para regresar al barrio.
Es difícil encontrar una metáfora mejor.
Jorge eligió Rosario para el final. El sur. La misma tierra desde donde había partido aquella familia cuando nadie podía imaginar lo que vendría después. Había recorrido literalmente el planeta. Y terminó allí. Donde alguna vez hubo solamente un padre, una madre, unos hermanos y un chico pequeño que jugaba demasiado bien a la pelota. La madera busca la tierra que la crió. Quizás porque sabe que después de viajar, ganar, perder, acumular ciudades, fotografías y recuerdos, llega un momento en que el mundo deja de importarnos. Y sólo queremos volver a casa.