Kansas City, enviada especial de Rosario3. Para el futbolero que mira el Mundial por televisión desde el living de su casa en Rosario, el torneo es un rito sagrado, pero lejano. Una fantasía que la economía argentina actual, con sus dólares inalcanzables y sus distancias prohibitivas, se encarga de transformar en un lujo para pocos. Por eso, pisar el imponente Arrowhead Stadium en un día de partido de la Selección no se siente como un trabajo común; se siente, literalmente, como meterse adentro de una película de Hollywood.

El rodaje de esta película empezó bien temprano. Horas antes de que las puertas se abrieran para recibir a los más de 69 mil espectadores que colmaron las tribunas, los alrededores del estadio ya eran un hormiguero. El despliegue organizativo norteamericano impresiona por su frialdad perfecta, pero esa estructura pronto fue desbordada por el calor de la mística popular.

La primera sorpresa que golpea el pecho al caminar entre la multitud es que la marea celeste y blanca ya no es un patrimonio exclusivo de los argentinos que pudieron costear el viaje. El fenómeno trasciende fronteras de una manera que estremece.

Toda la pasión en el estadio de Kansas, antes del inicio del partido (Fifa Oficial) 

Al lado de un rosarino que empeñó lo que no tenía para estar acá, camina un chico estadounidense con la camiseta de franjas celestes, un hincha indio con el turbante combinado y fanáticos de las nacionalidades más diversas. Ninguno de ellos sabe dónde queda el Monumental o la Bombonera; muchos ni siquiera hablan español. Pero todos pagaron una entrada carísima con una única y desesperada misión: ver por última vez en un Mundial al dueño de la pelota, a Lionel Messi.

El imán del 10 y un guion perfecto

Estar ahí adentro es entender la predisposición de la gente para que la fiesta sea perfecta. No hay hostilidad; hay una devoción compartida. El ambiente en las tribunas del Arrowhead vibraba con una tensión eléctrica, esa que genera la certeza de que se está asistiendo a los capítulos finales de una era irrepetible.

Y el guion del partido pareció escrito por un director de cine. El triunfo 3 a 0 ante Argelia no fue un partido más de fase de grupos; fue la confirmación del romance eterno.

Cuando Messi frotó la lámpara por primera vez, el estadio no gritó un gol: rugió. El triplete del astro rosarino desató una catarsis colectiva donde las barreras idiomáticas se pulverizaron. Ver a miles de extranjeros reverenciar al 10 al unísono con la hinchada argentina es una de esas postales que justifican la existencia de este deporte. El fútbol, en su máxima expresión, es ese idioma universal que se habló anoche en Kansas.