Fue una ceremonia austera, medida, lógica, hasta pobre, pero muy emotiva. Fueron 21 años de intensidad y se cerraron con la calma que da la certeza de haberlo dado todo. Ya no había nada más. Lionel Messi se despidió de la selección argentina con una paz interior que resultaba encandilante. Verlo caminar dando una vuelta olímpica en soledad, con los brazos en alto, con la sonrisa plena, sin peso en la espalda, aliviado, dio gusto.
Ni los drones luminosos ni la pretendida pompa de otras fiestas podían cambiar ese semblante del líder que creció y se retiró como un gran orador, como un estadista.
Esta vez la emoción estuvo controlada en él, como si ya hubiera llorado todo lo que tenía que llorar. Las lágrimas que le vimos después de Qatar, las que le brotaron durante el Mundial 2026, las que intuimos en el momento más duro de su vida, ya no estuvieron.
Le nació un discurso hermoso, calmo, muy pleno. Habló desde el corazón, habló mucho, habló bien. Desactivó conspiraciones, valoró a los que no ganaron con él, agradeció a los que ganaron por él. Y, por si fuera poco, dejó pistas para el futuro cuando vaticinó que las buenas no duran para toda la vida. Y ahí es cuando hay que bancar. Él lo sabe más que nadie. Tuvo que remar contra la corriente y atravesar tempestades para llegar a este final.
“Para objetivos grandes, grupos fuertes”, expresó como un sabio de la manada, como un hombre que supo entender su tiempo, como si hubiera descubierto la clave del éxito. “Nosotros éramos un grupo extraordinario, por eso conseguimos lo que conseguimos”, agregó.
“Él no venir más va a ser el dolor más grande”, dijo, y conmovió a todos.
Se terminó, pero será eterno. Será para siempre.