Carlos Alberto Solari nació en Paraná, provincia de Entre Ríos, pero no es un argentino más. Es el Indio, el míster. Es, por alguna razón de tantas que ya se analizaron, el exponente del movimiento músico-cultural más grande del país. Ni siquiera quienes lo sentimos propio y pertenecemos a esa gran banda inconsolable llamada ricoteros lo podemos explicar.
Nació en Argentina y, sin siquiera proponérselo, se convirtió en la pluma que describió una época y relató cientos, miles de historias que no vivió pero de alguna forma pudo convertirlas en literatura y música. El Zumba, el Morta, Pituca, Roxana Porchelana, el Pibe de los Astilleros y tantos otros no son más que argentinos, como Solari, que día a día patean las calles de nuestras ciudades y bailan la murga de los renegados.
El Indio le cantó a la bohemia de los 70 pero conmueve hoy a chicos de la Generación Z. Fue una figura under de los 80 pero también hace sonreír a maestros de escuela del 2026 cuando sus alumnos aprenden y cantan Juguetes Perdidos. Fue el relator del vaciamiento y la miseria de los 90 pero también levantó las banderas de la resistencia de la última década. Comenzó su aventura en soledad en los 2000 pero seguía vigente, desde una pantalla, aún hoy, con Mr. Parkinson jodiendo su vida.
Intentar explicar entonces al Indio es imposible. Tampoco ponerle palabras al sentimiento que nos genera a quienes hoy lo lloramos. Cada viaje inolvidable, cada anécdota inverosímil pero real, cada amor al que le puso música, cada desamor por el que cantamos a gritos Gualicho, cada historia de nuestra vida tuvo de banda sonora su voz.
La pelea con Skay fue la separación de nuestros padres, Los Fundamentalistas fueron nuestros hermanastros que aceptamos enojados pero hoy amamos, los músicos de Patricio Rey olvidados al comienzo y reivindicados luego fueron también como nosotros, quienes enojados no queríamos aceptar la maravillosa nueva música que el Indio componía y nos regalaba.
Y los viajes… eran como los viajes familiares. La gira del 2008, cuando nos reencontramos en la ruta con la niebla de Jesús María o el viento de San Luis. Los de fines de los 90 con los tiroteos que no lo conmovían y las noticias piratas. Olavarría y el colapso del adiós que todos sabíamos que estábamos dando pero nadie quería ver. Tandil, capital nacional de la carrera solista de Indio.
Estos párrafos solo se encargan de enumerar recuerdos. Recuerdos que mienten un poco, siempre fue así. Hoy solo podemos hacer eso, recordarlo, no reflexionar demasiado y seguir cantando, con los puños en alto. Gracias Indio, te vamos a extrañar mucho.