La fábula de Esopo es harto conocida. Un niño conduce el pastoreo de su rebaño y alerta simuladamente al pueblo de un ataque de un lobo sobre ellas. Pide auxilio, el pueblo acude en su ayuda, pero todo era una broma. El niño ríe mientras los aldeanos bajan la colina. Cuando de verdad el lobo aparece amenazando las ovejas y el niño alerta a su pueblo, nadie acude a su llamado pensando que era otro chiste. El final es triste. “Nadie creerá en un mentiroso incluso cuando dice la verdad”.
Primero fue el fotomontaje, después el Photoshop, siguieron los filtros y ahora las apps de IA que lo simulan todo. Después de violentar la verdad con el texto, la imagen, que podría haber refutado esos “versos”, también se apresta a meterle sin asco a una realidad inventada por los bits.
Esta semana Cristian, un oyente de Radio2, simuló dos imágenes con la app de Google Gemini. En una de ellas el autor de este texto abrazaba a Lionel Messi mientras Lio sacaba una selfie. En otra (un video) me encontraba cantando el Bombón Asesino de Los Palmeras.
No era la primera vez que recibía este tipo de “obsequios”. Simulaciones deportivas, políticas, gestos cotidianos transformados en parodia. Pero esta vez la foto con Messi parecía a simple vista real. Si bien había muchos indicios, la textura, los detalles y el hecho de que Lionel no va a ningún medio de comunicación, para muchos de los que vieron en el portal de la radio o en la publicación posterior en las redes fue verosímil.
La difusión en mis redes personales era claramente un chiste. Grosero, aunque cómplice con el 10. “Gracias por venir a visitarnos”, escribí acompañando la creativa y lograda falsa foto. Todo resultaba simpático y hasta admirable por el resultado de la imagen, hasta que un amigo interrumpe el chiste con un gesto real.
La verdad, en tiempos de inteligencia artificial, no perdió valor: cambió de estatuto.
Daniel desde Rafaela, un empresario destacado de Santa Fe, me escribió para felicitarme y pedirme el link de la entrevista. “Te pido disculpas, no te escuché, me la perdí”, me anuncia por la misma red donde “el chiste fue publicado”.
No lo entendió como tal. Como nos explicó Miguel Wiñazky alguna vez también eso fue parte del ensayo sobre la “Noticia Deseada”. Mi amigo Dani se alegró de un encuentro que no existió. No celebraba una broma: celebraba una noticia. “No sé si vale tanto la pena hacer esos chistes”, me dijo, todavía enredado en una desilusión genuina.
La credibilidad del comunicador disuelta entre bromas y aplicaciones de IA. “Para que se entienda el chiste debiera exagerarse su caricatura y no intentar engañar a la realidad”, sugiere Wiñazky.
La verdad, en tiempos de inteligencia artificial, no perdió valor: cambió de estatuto. Ya no es un dato que se da por supuesto, sino un bien que debe ser buscado, verificado y defendido. La IA puede producir textos verosímiles, imágenes convincentes y relatos coherentes sin que nada de eso sea verdadero. Por eso, hoy la verdad dejó de ser evidente y pasó a ser una tarea.
La paradoja es clara: cuanta más capacidad técnica para simular la realidad, más central se vuelve la ética de distinguirla. La IA no miente —no tiene intención—, pero puede amplificar la mentira humana, la posverdad, la noticia deseada. En ese escenario, la verdad ya no compite solo con el error, sino con la comodidad de creer lo que confirma prejuicios y emociones.
Cuatro puntos con el profe Wiñazky: posverdad, en un contexto social donde las emociones pesan más que los hechos. Las Fake News cuando las noticias son falsas o inventadas y difundidas deliberadamente con objetivo de manipular la opinión pública. La noticia deseada cuando el publico prefiere relatos que confirman deseos incluso sin sustento factual y por último la posmoralidad, una nueva condición ética donde se pierde la distinción clara entre verdad y mentira.
Alguna vez nos contaron que el 20 de julio de 1969 la imagen del hombre en la luna no fue tal, sino una simulación en un estudio de cine. En la era de la inteligencia artificial, la verdad no es lo más viral ni lo más eficiente. Es lo más costoso. Y justamente por eso, como insiste el profe Wiñazky, sigue siendo lo más valioso.