Una mañana tórrida de casi abril, el espanto irrumpió en la calma habitual de un pueblo que hoy no reconoce su propio rostro. Entre vidrios estallados y pertenencias abandonadas, la comunidad educativa de la Mariano Moreno, en la norteña San Cristóbal, intenta procesar una tragedia que dejó las aulas vacías y el miedo instalado en el patio.

Llegar a San Cristóbal este 30 de marzo de 2026 es encontrarse con una escena que parece detenida por un hechizo cruel. La primera sensación es la de una consternación muda: la gente se mira, pero sobran las palabras. En los pueblos donde todos se conocen, el dolor de uno se vuelve el aire que respiran todos.

Al acercarse a la escuela, la imagen es desoladora por lo que falta y por lo que quedó. La bandera permanece sin izar, un mástil desnudo que se convierte en el símbolo más potente del luto espontáneo

En el patio, el tiempo se congeló. Las bicicletas de los pibes están ahí, cada una en su lugar, alineadas como si en cualquier momento sus dueños fueran a salir corriendo al recreo. Pero los dueños no están. Sus dueños escaparon por la urgencia de la supervivencia. Incluso varios se acercaron en diferentes ocasiones hacia la puerta de la escuela preguntando cuándo podrán retirar su mochila y su celular.

 Las bicicletas esperaron toda la tarde por los pibes y pibes de la Mariano Moreno en San Cristóbal

El rastro de la violencia tiene una textura física: una puerta de ingreso con los vidrios rotos. Esos fragmentos en el suelo cuentan la historia de la desesperación, el paso estrecho por el que los chicos tuvieron que huir de los disparos, dejando atrás lo que hasta hace segundos era su refugio seguro.

El vidrio roto por la estampida de los alumnos  

Al hablar con ellos, el relato se vuelve piel de gallina. "Tenemos miedo de volver", es la frase que se repitió en cada uno de los testimonios que Rosario3 pudo recabar en el lugar. El trauma es tan inmediato que ni siquiera han podido recuperar sus cosas. Mochilas, carpetas y cartucheras siguen adentro, encerradas en un edificio que hoy les resulta ajeno y peligroso.

San Cristóbal es hoy una ciudad en suspenso. Varias horas después de la tragedia, la sensación es de una fragilidad absoluta. La crónica de este día no se escribe con cifras, se escribe con el vacío de un mástil, el hierro de una bicicleta abandonada y la mirada perdida de un pueblo de 15 mil habitantes que, de un momento a otro, perdió la inocencia

*Por Nicole Murelli, enviada especial a San Cristóbal por Televisión Litoral