*Por Osvaldo Cornide, presidente honorario de la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (Came)

Hay una Argentina que no siempre aparece en las grandes discusiones económicas: la del comerciante que conoce a sus clientes por el nombre, el industrial que trabaja junto a sus empleados, el emprendedor que invierte sus ahorros y la familia que sostiene una empresa durante generaciones.

En esa Argentina, las pequeñas y medianas empresas ocupan un lugar fundamental. Solemos analizarlas por su participación en el empleo, sus dificultades de financiamiento, su competitividad o su carga tributaria. Todos esos aspectos son relevantes, pero también debemos reconocer su extraordinario valor social.

Una pequeña empresa no solo produce bienes o presta servicios. También genera vínculos, transmite conocimientos, construye identidad y ofrece a miles de familias una oportunidad concreta de progreso a través del trabajo.

En numerosas ciudades y pueblos del interior, las pymes son el corazón de la actividad económica. A su alrededor se articulan comercios, transportistas, profesionales, proveedores y servicios. Su presencia sostiene a comunidades enteras y contribuye a que sus habitantes puedan desarrollarse sin verse obligados a abandonar el lugar donde nacieron.

Cuando una empresa familiar incorpora a un trabajador, no solo mejora una estadística laboral: le brinda la posibilidad de organizar su vida, proyectar su futuro y sostener a su familia. Del mismo modo, cuando una industria regional amplía su producción, fortalece el arraigo y crea nuevas oportunidades para los jóvenes.
He dedicado buena parte de mi vida a acompañar y representar al empresariado argentino. Esa experiencia me enseñó que detrás de cada emprendimiento hay esfuerzo, compromiso y esperanza. También me permitió comprobar que las pequeñas empresas necesitan algo más que reconocimiento público: requieren políticas económicas que comprendan su realidad y les permitan crecer.

Los indicadores recientes muestran la dimensión del desafío. Las pymes representan el 98% de las unidades económicas del país y emplean al 70% de los trabajadores privados. Sin embargo, entre noviembre de 2023 y junio de 2026 desaparecieron 31.342 unidades productivas y se perdieron 246.300 puestos de trabajo privados registrados, según un informe sobre la situación del sector.

Estas cifras deben interpelarnos como sociedad. Cuando una pyme cierra, la pérdida trasciende a sus propietarios: desaparecen empleos, conocimientos, relaciones comerciales y oportunidades. En muchos casos, también se debilita una parte de la historia y de la identidad de una comunidad.

A esto se suma una contradicción que merece atención. Mientras la economía argentina creció un 4,3% entre el primer semestre de 2023 y el mismo período de 2026, la inversión cayó un 14,4%. Este contraste demuestra que el crecimiento económico no se traduce automáticamente en desarrollo social ni en un fortalecimiento sostenido del entramado productivo.

El desarrollo de una nación no puede medirse exclusivamente por sus inversiones, exportaciones o indicadores financieros. También debe evaluarse por su capacidad para generar empleo digno, fortalecer a la clase media y convertir el esfuerzo individual en bienestar colectivo. En ese proceso, las Pymes cumplen un papel irremplazable.

Por eso, la Argentina necesita recuperar una cultura que valore la producción y el trabajo. Una cultura que reconozca al empresario que invierte, al trabajador que aporta su conocimiento y a las instituciones que promueven la cooperación.

El desafío consiste en construir una economía que combine estabilidad con crecimiento, competitividad con empleo y eficiencia con responsabilidad social. Las pymes no piden privilegios: necesitan condiciones adecuadas para cumplir la función económica y social que históricamente desempeñaron. 

Para lograrlo, debemos recuperar el diálogo entre la producción, el trabajo, las instituciones y los distintos sectores de la sociedad. El desarrollo argentino no será el resultado de un esfuerzo aislado, sino de una construcción colectiva que acompañe a quienes producen.

Defender a las pymes es defender el trabajo, la familia, el arraigo y la posibilidad de progresar. Es defender una Argentina que cree en el esfuerzo y en la dignidad de quienes construyen su futuro trabajando.

En definitiva, su verdadero valor no se mide únicamente por lo que producen o facturan, sino también por todo lo que generan a su alrededor. Sin producción no hay país, sin trabajo no hay desarrollo y sin pymes fuertes no hay una Argentina verdaderamente integrada.