El sábado 27 de junio, poco antes de las 20, la tragedia atravesó como un rayo inesperado a una familia de barrio Ludueña, en el noroeste de Rosario. Darío Fabián “Daro” Ledesma, de 33 años, estaba por salir a trabajar cuando soldaditos de una bandita narco se enfrentaron a tiros en la calle. El azar quiso que una de las balas atravesara una de las ventanas de la casa y terminara en la cabeza de Darío, completamente ajeno a la disputa. Eran las 19.45 y, poco más de una hora después, el muchacho fallecía en el Heca.

La fatalidad no ocurrió en un contexto cualquiera. Darío vivía en Ghandi al 6100, uno de los puntos más calientes del Ludueña Norte, donde las balaceras por disputas entre bandas son frecuentes y los vecinos trabajadores conviven a diario con la violencia. "Vivía en un barrio difícil y había decidido no mezclarse con esa podredumbre", escribió Gerson Benítez, compañero de trabajo de Ledesma desde hacía más de una década en el Burger King del Village Rosario.

"Anoche, cuando todo el mundo le corría carreras al reloj para poder desocuparse antes del partido de la selección, un asesino miserable nos arrancó a uno de los mejores de nosotros de la manera más absurda. Darío estaba saliendo para el laburo y una basura inmunda le robó los sueños a él, a su familia y a todos los que lo queríamos y respetábamos por la clase de tipo que era. El que lo mató ni siquiera se enteró, porque trataba de darle a otro con el que se cruzó. Pero ¿qué importa eso, no?", publicó Benítez en Facebook pocas horas después de la muerte de su compañero.

Una pancarta digital que lanzó la familia para pedir justicia.

De acuerdo con los datos de la investigación, quien efectuó el disparo habría sido N. T., un adolescente de 17 años con domicilio en la misma cuadra de Ghandi al 6100. El ataque ocurrió a las 19.45. Darío fue trasladado de urgencia en un auto particular al Heca en estado crítico y murió pocos minutos antes de las 21.

Los Ledesma organizaron una concentración para pedir justicia por Darío. El jueves se reunieron con velas y pancartas en la esquina de Ghandi y Garzón y, junto a amigos y allegados, marcharon hasta la plaza Pocho Lepratti y reclamaron la detención del homicida, que permanece prófugo.

"Lo que le pasó a él no fue una venganza, ni mucho menos un ajuste de cuentas. Era una excelente persona, con un corazón que difícilmente se encuentra hoy en día. Esa familia es la única de la cuadra que jamás tuvo un problema con nadie. ¿Por qué siempre la termina pagando un inocente? Espero que realmente la paguen todos: el que vendía, el que le daba, el soldado, todos", escribió Oriana, una amiga de Darío, entre las decenas de mensajes que lamentaron la muerte del joven.

La convocatoria del jueves último.