La reducción de la jornada laboral aprobada esta semana por el Senado brasileño expuso una de las contradicciones de esta campaña. La medida, reivindicada por Lula da Silva como una conquista para los trabajadores, también recibió el voto de Flávio Bolsonaro, pese a sus críticas anteriores. En vísperas del balotaje, ambos candidatos buscan demostrar que pueden mejorar las condiciones de vida de la población.
La diferencia está en cómo cada contendiente interpreta ese descontento y qué papel le asigna al Estado para responder a él. La disputa ya no consiste solamente en defender o rechazar al gobierno, sino en ofrecer una salida a un malestar más amplio, en el que conviven las dificultades económicas, la inseguridad, el desgaste político y las diferencias sobre el rumbo que debe tomar Brasil.
El resultado del 4 de octubre obligó a ambas campañas a revisar sus prioridades. Flávio Bolsonaro obtuvo el 47,03 por ciento de los votos válidos y Lula da Silva, el 45,16 por ciento. Sin embargo, las encuestas posteriores mostraron una disputa prácticamente empatada, dentro del margen de error. La primera vuelta le dio al senador un impulso político, pero no resolvió la elección. Ambos necesitan ahora movilizar a sus propios votantes y conquistar a quienes todavía no definieron su posición.
La primera corrección del oficialismo fue reconocer que una campaña centrada en el legado presidencial no alcanzaba. Durante la primera vuelta, Lula había apelado con frecuencia a los resultados de sus gobiernos y a la comparación con la administración de Jair Bolsonaro. Después de las urnas, admitió problemas de organización y comunicación. La nueva estrategia busca aumentar su presencia en las redes sociales, multiplicar los videos breves, ampliar las actividades callejeras y hablar de manera más directa sobre empleo, ingresos, pequeños negocios y seguridad.
El cambio tiene una explicación electoral. El objetivo es dejar de pedir un voto basado principalmente en el pasado y presentar razones concretas para un nuevo mandato. La experiencia de gobierno constituye un activo para Lula, pero también lo obliga a responder por los problemas que siguen sin resolverse. La campaña intenta, por eso, desplazar la discusión hacia medidas que puedan percibirse en la vida cotidiana.
Por ello, el presidente anunció iniciativas de crédito y alivio para pequeños emprendedores, mientras convirtió la reducción de la jornada laboral en uno de los ejes de su comunicación. También reforzó sus propuestas de seguridad pública, un terreno en el que la derecha logró instalar buena parte de su discurso.
La reducción de la jornada de 44 a 40 horas semanales, sin recorte salarial, fue aprobada por el Senado el 14 de octubre y se convirtió en un argumento de campaña para el oficialismo. La iniciativa tiene un alcance político mayor que el de una reforma laboral: permite a Lula hablar del tiempo de descanso, de la conciliación entre trabajo y vida familiar y de la distribución de los beneficios económicos. El beneficio impactará a más de 30 millones de trabajadores formales.
Sin embargo, el resultado legislativo no garantiza por sí mismo una transferencia de votos. El desafío del presidente es demostrar que esas medidas forman parte de una agenda de futuro y no son anuncios aislados de la recta final.
La campaña opositora comenzó a pasar de la crítica al gobierno a la presentación de un proyecto de transformación institucional. Después de sumar el respaldo de partidos de derecha y centroderecha y de dirigentes como Ronaldo Caiado y Romeu Zema, Flávio Bolsonaro anunció que buscaría modificar la Constitución para reformar el Poder Judicial, reducir la edad de responsabilidad penal, introducir cambios en el sistema tributario y eliminar la reelección presidencial. Incluso dejó abierta la posibilidad de extender el mandato de cuatro a cinco años.
El alcance de esas propuestas excede una agenda de ajuste administrativo: plantea cambios en el marco constitucional y en el funcionamiento del Estado. Para Flávio, el desafío es presentar esa agenda como una alternativa de gobierno y demostrar que cuenta con el respaldo político necesario para llevarla adelante.
Esa transformación, sin embargo, tiene un límite. El apellido Bolsonaro le aporta una base electoral movilizada, pero también lo vincula con la polarización de la presidencia de su padre y su condena por conspirar para impedir la asunción de Lula en 2022. Para ampliar su coalición, Flávio necesita conservar al núcleo bolsonarista y atraer a quienes buscan un cambio sin compartir todas las posiciones del expresidente. Los apoyos de otros dirigentes amplían su estructura política, pero no garantizan que sus votantes lo acompañen.
La economía plantea otro desafío para la oposición. Flávio promete mejorar el resultado fiscal, reducir el gasto público y recuperar la confianza de los inversores, pero todavía debe explicar cómo compatibilizar el ajuste con el mantenimiento de los programas sociales. Por su parte, Lula defiende la inversión pública y la protección de los ingresos, aunque también enfrenta la necesidad de ordenar las cuentas. Ambos evitan precisar los costos de sus propuestas en plena campaña. Después de la elección, sin embargo, deberán afrontar los desequilibrios fiscales y decidir quién asumirá el costo de corregirlos.
Para este domingo 18 por la noche está previsto un debate televisivo en la TV Bandeirantes, que se convertirá en el primer enfrentamiento directo entre ambos candidatos de cara al balotaje. Aunque inicialmente había descartado participar, Flávio confirmó después su asistencia. El encuentro pondría a prueba las nuevas estrategias: el presidente buscaría cuestionar la viabilidad de las propuestas opositoras, mientras que el senador tendría la oportunidad de demostrar que cuenta con un proyecto de gobierno propio.
La confrontación también permitirá observar hasta dónde llega la nueva estrategia de cada uno. Lula necesita defender su gestión sin quedar atrapado en el pasado. Flávio debe demostrar que sus propuestas resisten preguntas sobre financiamiento, implementación y consecuencias. El riesgo para ambos es convertir el encuentro en una sucesión de acusaciones que refuerce a sus bases, pero no modifique la percepción de los electores que todavía dudan.
La disputa brasileña tiene, además, una dimensión internacional. La relación con Donald Trump y las tensiones entre Washington y Brasil forman parte de las diferencias entre ambos proyectos, pero no sustituyen las preocupaciones que dominan la campaña. Para Lula, la soberanía nacional constituye un argumento para cuestionar la presión externa. Mientras que para Flávio, una relación más estrecha con Estados Unidos puede presentarse como una oportunidad económica y diplomática. En ambos casos, la política exterior debe traducirse en beneficios comprensibles para el electorado.
Ésta última semana no se decidirá únicamente por la capacidad de movilizar a los propios votantes. También pondrá a prueba si Lula logra convertir la continuidad en una expectativa de mejora y si Flávio consigue transformar el rechazo al gobierno en confianza en una alternativa. El presidente debe demostrar que todavía tiene futuro político por ofrecer. El senador, que el cambio que promete puede sostenerse más allá del apellido que lo llevó hasta aquí. Esa es la disputa que Brasil resolverá el 25 de octubre.