Durante décadas, Colombia fue considerada una excepción en América Latina. Mientras buena parte de la región alternaba entre populismos, crisis institucionales y líderes antisistema, Bogotá parecía inmune a esos ciclos. Liberales y conservadores, y más tarde las distintas expresiones del uribismo y del establishment tradicional, se alternaban en el poder dentro de un sistema relativamente estable, pero cada vez más incapaz de integrar a una parte significativa del país.
Sin embargo, aquella estabilidad tenía una contracara. El sistema político había logrado preservar la institucionalidad y evitar los sobresaltos que caracterizaron a otros países de la región, pero al precio de una creciente desconexión con amplios sectores de la sociedad. Con el paso del tiempo, la capacidad para administrar el poder terminó siendo mayor que la capacidad para renovarlo, y el modelo comenzó a mostrar señales de agotamiento.
Las protestas masivas de 2021 contra el gobierno de Iván Duque marcaron el punto de quiebre. Aquel estallido social, desencadenado inicialmente por una reforma tributaria pero alimentado por un profundo malestar económico y social, dejó al descubierto una fractura que venía gestándose desde hacía años. Millones de colombianos cuestionaban un modelo que, pese al crecimiento económico y la relativa solidez institucional, seguía reproduciendo enormes desigualdades y dejando amplias regiones del país al margen del desarrollo.
Tampoco los dividendos del acuerdo de paz firmado en 2016 entre el Estado y las FARC habían llegado a muchos territorios. En numerosas zonas periféricas, la retirada de la principal guerrilla fue reemplazada por la expansión de nuevas organizaciones criminales, economías ilegales y grupos armados que aprovecharon la persistente ausencia del Estado.
En ese contexto terminó consolidándose la figura de Gustavo Petro. Antiguo integrante del Movimiento 19 de Abril (M-19), una organización guerrillera urbana nacida en la década de 1970 que abandonó las armas y se incorporó a la vida política tras un acuerdo de paz en 1990. Fue alcalde de Bogotá y el primer presidente de izquierda de la historia contemporánea de Colombia.
Pero Petro encarnó una demanda de cambio que excedía ampliamente a la izquierda tradicional. Su victoria en 2022 fue presentada como una revolución ideológica aunque en realidad significó algo más profundo: la crisis definitiva del orden político que había gobernado Colombia durante más de un siglo. Petro fue menos la causa que la consecuencia de esa transformación.
Cuatro años después, Colombia vuelve a las urnas. Pero el balotaje entre el oficialista Iván Cepeda y el outsider Abelardo De la Espriella no enfrenta simplemente dos programas económicos ni dos visiones ideológicas.
En realidad, los colombianos decidirán cómo quieren dar respuesta a los grandes problemas que deja el ciclo de Gustavo Petro. La seguridad, la economía y el papel del Estado vuelven a estar en el centro del debate, pero sin que desaparezcan las demandas de inclusión y cambio social que llevaron a la izquierda al poder por primera vez en la historia del país.
En el fondo, la elección de este domingo es un referéndum sobre el legado de Petro. Pero también es algo más. Es la disputa por definir qué forma adoptará la nueva Colombia que emergió después de él.
Como suele ocurrir con los líderes que inauguran nuevos ciclos políticos, el actual presidente termina su mandato dejando un país más polarizado y con problemas sin resolver, pero también una sociedad distinta de la que recibió en 2022.
La seguridad constituye, probablemente, el aspecto más vulnerable de su legado. La ambiciosa estrategia de "Paz Total", concebida para negociar simultáneamente con guerrillas, disidencias y bandas criminales, terminó produciendo resultados muy inferiores a los esperados. Lejos de disminuir, la violencia volvió a crecer en amplias regiones del país. Los atentados, los ataques con explosivos y la expansión de grupos armados devolvieron a muchos colombianos una sensación de inseguridad que creían superada.
Tampoco la economía ofrece un balance sencillo. El gobierno deja un elevado déficit fiscal, una inflación que ha vuelto a acelerarse y un sistema de salud sometido a fuertes tensiones financieras. La creciente presión sobre las cuentas públicas obligará al próximo presidente a tomar decisiones incómodas desde el primer día.
Pero sería un error concluir que Petro deja únicamente problemas.
Durante estos cuatro años, la pobreza y la desigualdad disminuyeron, el desempleo se redujo y los salarios registraron aumentos significativos, impulsados por una política de fuerte expansión del gasto público y por sucesivos incrementos del salario mínimo que beneficiaron especialmente a los sectores de menores ingresos. Millones de colombianos sintieron que, por primera vez, el Estado hablaba en su nombre.
Las regiones históricamente olvidadas, las comunidades indígenas y afrodescendientes junto con amplios sectores populares encontraron una representación política que durante décadas les había sido ajena. Para muchos colombianos, el primer gobierno de izquierda significó algo más que un cambio de administración: implicó la sensación de haber dejado de ser espectadores para convertirse en protagonistas de la vida política del país.
Ese cambio cultural probablemente constituya el legado más importante de Petro: la izquierda dejó de ser una fuerza marginal para convertirse en una alternativa de poder.
Esa es precisamente la identidad política que Iván Cepeda intenta preservar. Más que la continuidad de un gobierno, el senador y filósofo de 63 años busca garantizar la supervivencia de una nueva mayoría política y cultural construida alrededor de la idea de inclusión social, reconocimiento de las periferias y ampliación de derechos. La izquierda colombiana ya no pelea por ser aceptada. Ahora pelea por conservar el poder.
Del otro lado emerge un fenómeno igualmente novedoso: Abelardo De la Espriella. Su aparición resulta fundamental para comprender el momento que atraviesa Colombia.
Aunque pocos se detienen a señalarlo, las diferencias con la derecha tradicional colombiana son significativas. Durante las primeras décadas del siglo XXI, figuras como Álvaro Uribe, Juan Manuel Santos e Iván Duque, pese a sus diferencias, representaron distintas variantes de un mismo establishment político, estrechamente vinculado con las élites económicas y con una visión institucional del poder.
De la Espriella, en cambio, parece expresar una mutación de esa tradición. Su liderazgo es más personalista, más identitario y mucho más influido por fenómenos internacionales. Más que una simple renovación, éste encarna una derecha radical o ultraderecha con rasgos propios.
Su lenguaje se parece más al de Donald Trump, Javier Milei o Nayib Bukele que al de las viejas élites bogotanas. No promete administrar mejor el país. Promete salvarlo. Su idea de la "Patria Milagro" descansa más en una narrativa de esperanza y grandeza nacional que en un programa económico detallado. Su campaña se asemeja más a una narrativa de redención nacional que a un programa clásico de gobierno. Y allí reside quizás la principal innovación política de esta elección.
De la Espriella comprendió algo que muchas élites latinoamericanas todavía se resisten a aceptar: las elecciones del siglo XXI se ganan menos con programas que con emociones. Mientras Cepeda habla de reformas, De la Espriella habla de orgullo. Mientras el oficialismo reivindica la inclusión, el opositor promete restablecer el orden. Y en sociedades atravesadas por la incertidumbre, la demanda de orden suele convertirse en una fuerza política formidable.
Más que antagonistas absolutos, Petro y De la Espriella son expresiones diferentes de una misma transformación histórica. Ambos emergieron de las fisuras de un sistema político que durante décadas garantizó estabilidad, pero que terminó perdiendo capacidad para representar a una sociedad cada vez más diversa y exigente.
La diferencia está en que uno busca construir su legitimidad alrededor de la inclusión y el cambio social, mientras el otro alrededor de la autoridad y la seguridad. Pero ambos representan la crisis de la vieja política. Y quizás esa sea la verdadera derrota de estas elecciones.