Dos proyectos de país se enfrentan en Brasil y lo que está en juego trasciende el resultado electoral. La disputa entre Lula da Silva y Flávio Bolsonaro puede redefinir las prioridades de la principal economía latinoamericana, alterar el equilibrio político regional y cambiar la relación con Estados Unidos y China. Para la Argentina, el desenlace también importa: no es lo mismo un Brasil que busca autonomía internacional que uno más alineado con Donald Trump.
El balotaje llega sin un favorito claro. La última encuesta de CNT/MDA, difundida este sábado, ubica a Flávio con el 46.3 por ciento de intención de voto y a Lula con el 45 por ciento, una diferencia inferior al margen de error de 2.2 puntos porcentuales. La distancia no permite hablar de una ventaja consolidada y deja abierta una disputa en la que cada candidato necesita sostener su base electoral y captar a quienes todavía no definieron su voto.
Una victoria de Lula permitiría sostener su apuesta por la protección social, la intervención estatal y el desarrollo productivo. Su proyecto parte de una convicción: Brasil necesita un Estado capaz de reducir las desigualdades y utilizar el peso de su economía para ampliar su autonomía internacional. Esa mirada explica su protagonismo en los BRICS, su acercamiento a China y su intención de evitar que la política exterior brasileña quede subordinada a Washington.
Pero la continuidad no garantiza que pueda profundizar ese programa. El costo de vida erosiona el respaldo al gobierno, mientras que la inseguridad alimenta el discurso de una oposición que presenta al oficialismo como incapaz de responder a las demandas más urgentes. A eso se suman las restricciones fiscales y un Congreso de mayoría conservadora, que obligaría al presidente a negociar para avanzar con sus principales iniciativas. Esto significa que Lula podría conservar el poder sin recuperar, necesariamente, la capacidad de imponer su agenda.
La economía será determinante en cualquiera de los dos escenarios. El oficialismo necesita demostrar que la protección social puede convivir con cuentas públicas sostenibles y crecimiento económico. Desde la oposición, la promesa de reducir impuestos, desregular y estimular la inversión busca captar a quienes reclaman un cambio de rumbo.
Sin embargo, la reducción de impuestos también plantea interrogantes sobre cómo financiar el Estado y sostener servicios públicos y políticas sociales. Su impacto dependerá de qué tributos se reduzcan, a qué sectores beneficien y si el crecimiento de la actividad logra compensar la pérdida de recaudación. Un recorte puede estimular la inversión, pero también ampliar el déficit si no está acompañado por otras fuentes de ingresos o una reducción del gasto. La discusión de fondo es quién se beneficia con el cambio y quién termina pagando sus costos.
La seguridad es otro terreno en el que el bolsonarismo encontró una ventaja política. Las propuestas de endurecer la respuesta frente al crimen organizado conectan con el miedo de millones de brasileños. Pero la agenda de Flávio va más allá de la política interna: promete incorporar a Brasil al Escudo de las Américas, la iniciativa impulsada por Donald Trump para coordinar la lucha contra el narcotráfico en la región, con mayor cooperación en inteligencia y seguridad.
El acercamiento plantea un interrogante que excede la eficacia de esa estrategia: ¿hasta dónde estaría dispuesto Brasil a involucrarse en el enfoque de Washington? Lula defiende la cooperación internacional contra el narcotráfico, pero rechaza lo que considera una posible injerencia estadounidense en los asuntos internos y una amenaza a la soberanía brasileña. La diferencia refleja dos maneras de entender tanto la seguridad como el lugar de Brasil en el escenario internacional.
La cooperación puede aportar herramientas para enfrentar redes criminales que operan más allá de las fronteras. Sin embargo, desarticularlas exige inteligencia, coordinación entre fuerzas, control de las cárceles y seguimiento del dinero que las sostiene. El desafío consiste en conseguir resultados concretos sin que la asociación con Estados Unidos implique ceder capacidad de decisión. La dureza del discurso, por sí sola, no garantiza una lucha eficaz contra el narcotráfico.
La candidatura de Flávio también intenta resolver un problema político: convertir el legado de su padre en una alternativa de gobierno que no dependa exclusivamente de su apellido. Si bien Jair Bolsonaro conserva una base electoral capaz de movilizar a millones de votantes, su herencia incluye una fuerte polarización institucional y cuestionamientos sobre su relación con las reglas democráticas. Además, la cercanía con Donald Trump refuerza la identidad de esa corriente y la conecta con una derecha internacional que presenta el orden, los valores tradicionales y el combate al progresismo como banderas centrales.
La campaña también dejó en evidencia hasta qué punto la polarización organiza la política brasileña. Las diferencias entre ambos proyectos son profundas, pero el desafío del próximo presidente será gobernar para una sociedad que no termina en quienes lo votaron. En un país atravesado por la desigualdad, la inseguridad y las dificultades económicas, responder a esas demandas y construir acuerdos será tan importante como ganar la elección.
El Congreso será una prueba decisiva para el próximo presidente. El avance de las fuerzas conservadoras limita el margen de maniobra de Lula y podría facilitar parte de la agenda de Flávio, pero no le entregaría un cheque en blanco. Las reformas más profundas necesitan negociaciones y mayorías legislativas suficientes. En Brasil, como en otras democracias presidenciales, ganar la elección y conseguir gobernabilidad son dos problemas distintos.
El resultado también tendrá consecuencias fuera del país. La continuidad del actual gobierno preservaría la búsqueda de autonomía estratégica y una diplomacia que intenta mantener vínculos con potencias que compiten entre sí. Una victoria de Flávio acercaría políticamente a Brasil a Washington y a los gobiernos de derecha de la región. Pero ni siquiera ese giro eliminaría la importancia de China, uno de sus principales socios comerciales.
La experiencia del gobierno de Jair Bolsonaro ya mostró los límites de la afinidad ideológica. Pese a su alineamiento con Donald Trump y a la retórica crítica de su administración hacia Pekín, Brasil mantuvo una estrecha relación comercial con el gigante asiático. En 2019, el entonces canciller Ernesto Araújo sostuvo que el país quería vender soja y mineral de hierro, pero que no vendería su alma, en una frase interpretada como una crítica a la dependencia comercial de China. Los intereses económicos terminaron imponiendo sus propias condiciones.
Para la Argentina, el resultado tendrá consecuencias concretas. Un triunfo de Flávio podría acercar políticamente a Brasil y al gobierno de Javier Milei, mientras que la continuidad de Lula mantendría las diferencias ideológicas que deterioraron el vínculo bilateral. La tensión escaló tras los ataques públicos del libertario a su par brasileño y, desde agosto, ambos países quedaron sin embajadores, una señal del deterioro diplomático.
Sin embargo, reducir el vínculo bilateral a esa afinidad o a ese antagonismo sería un error. Brasil es un mercado fundamental para la industria argentina, un socio central del Mercosur y una pieza clave de la integración productiva. Según datos del INDEC, el intercambio comercial entre ambos países alcanzó los US$ 31.195 millones en 2025, el valor más alto desde 2013. Las empresas, el empleo y las cadenas productivas no cambian de dirección automáticamente cuando cambia un presidente.
La disputa electoral enfrenta dos respuestas distintas a los problemas de una sociedad que reclama seguridad, mejores condiciones de vida y un horizonte de progreso. Por su peso económico y diplomático, Brasil tiene capacidad para incidir sobre el rumbo de toda América del Sur. Pero el desafío del próximo gobierno será convertir su mandato en mejoras concretas sin profundizar las divisiones que atraviesan al país. Porque, más allá de quién gane, la pregunta que seguirá abierta es cuánto puede cambiar la vida de los brasileños después de una elección que volvió a dividirlos en dos.