El Papa León XIV viene a la Argentina en noviembre. Será una visita histórica: la primera de un pontífice al país en 39 años, desde que Juan Pablo II estuvo aquí en abril de 1987.
El gobierno lo celebra y tiene lógica. El Papa aceptó la invitación de Javier Milei, que tendrá su imagen, quizás hasta su salida al balcón de la Casa Rosada, junto a una figura convocante, representante máximo de una institución que tiene una doctrina que está en las antípodas de la anarcocapitalista del presidente.
Es una gran oportunidad política, institucional y simbólica para Milei. También le dará a la Argentina —la Argentina que él gobierna— visibilidad mundial, otro motivo de orgullo.
Esta vez el presidente estará en la foto. Esa imagen expondrá, a la vez, un fracaso que lo antecede: ¿cómo pudo ser que durante 12 años hubo un Papa argentino y no visitó la Argentina?
Pero la visita también encierra riesgos para el gobierno.
Porque el Papa al que recibirá Milei conduce una Iglesia que sostiene la idea del bien común, la solidaridad, la función social de la propiedad y la responsabilidad del Estado frente a los más vulnerables. Una Iglesia que reivindica la justicia social. Cosas que para el presidente, que alguna vez dijo que Francisco era el representante del Maligno en la Tierra, son aberración.
La foto será potente. Pero las palabras también pueden serlo. Ser parte de la escena no implica controlar su contenido.
El antecedente de Juan Pablo II
Un lugar desde donde pensar los posibles efectos políticos que puede tener la llegada de León es la última visita de un Papa a la Argentina.
Juan Pablo II fue el primer sumo pontífice católico en pisar suelo argentino. Sucedió en 1982, en medio de la Guerra de Malvinas. A pesar de la relevancia de su presencia, la última visita suya al país es la más recordada: llegó al país el 6 de abril de 1987 y se fue el 12.
Fue recibido por Raúl Alfonsín, estuvo en la Casa Rosada y habló ante representantes del gobierno, la oposición, el Congreso y la Justicia. Protagonizó celebraciones impactantes en varias ciudades. Una de ellas fue Rosario.
Fue el sábado 11 de abril, en el penúltimo día de su visita. Celebró una misa ante 300 mil personas en el Monumento Nacional a la Bandera.
La historia quedó grabada en la memoria colectiva de la ciudad. Los rosarinos que fuimos testigos recordamos qué hicimos, dónde vimos el paso del papamóvil, los cantitos de los fieles, los grafitis de quienes repudiaban la visita.
Fue un acontecimiento de enorme potencia popular. Juan Pablo II era una figura de masas, más convocante que cualquier dirigente político argentino.
Pero eso no responde la pregunta: ¿favoreció su presencia en el país políticamente al gobierno de Alfonsín?
Juan Pablo II dejó la Argentina el domingo 12 de abril. Apenas cuatro días después, el jueves 16, comenzó el primer levantamiento carapintada, el de Aldo Rico, que mantuvo al país en vilo hasta el domingo de Pascua.
Alfonsín tuvo que enfrentar entonces la crisis militar más grave desde la recuperación democrática. Que se cerró con su famosa frase: “Felices Pascuas, la casa está en orden y no hay sangre en la Argentina”.
El movimiento castrense debilitó a la democracia y al gobierno. Poco después llegó la ley de obediencia debida y, en septiembre de ese mismo año, la UCR de Alfonsín perdió las elecciones legislativas.
El peronismo obtuvo el 41,3 por ciento de los votos nacionales contra el 37,2 del oficialismo. Fue la primera victoria electoral del PJ desde 1973 y marcó un punto de inflexión para el gobierno alfonsinista.
Hay que marcar, también, grandes diferencias importantes con el presente, y no solo porque no existían las redes sociales, los magos del Kremlin y las fake news.
Alfonsín fue el presidente de la recuperación de la democracia, el de la construcción de sus bases: eso, con todo lo que significa y abarca, fue su enorme aporte histórico. Pero la inflación de 1987 fue del 175 por ciento y su gobierno tenía enfrente una oposición política organizada. El peronismo había iniciado un proceso de renovación encabezado por dirigentes como Antonio Cafiero y comenzaba a reconstruirse después de la derrota de 1983. Muy diferente a lo que pasa en el PJ de hoy.