No, no pareció un discurso de apertura de sesiones ordinarias. Lo de Javier Milei este domingo por la noche en el Congreso fue más bien una performance, una especie de stand up en el que un presidente en llamas se posicionó como un fighter en el centro del ring para lanzar, sin parar, insultos, descalificaciones y chicanas con las que delimitó quiénes son sus enemigos de hoy: el kirchnerismo primero; los empresarios que cuestionan la apertura económica, después; y, de manera más marginal, la izquierda. El acto fue un virtual lanzamiento de la campaña por la reelección.
Los anuncios fueron difusos: prometió enviar 90 reformas este año al Parlamento —entre ellas una electoral—, pero sin mayores detalles ni precisiones. Habló de la necesidad de una nueva arquitectura institucional: ¿alusión a una posible reforma constitucional? El diagnóstico fue el de siempre: según el mandatario, su gestión salvó a la Argentina de convertirse en Venezuela.
La apuesta, claramente, fue mostrar al kirchnerismo vivo y acechante, dispuesto a “boicotear”, junto con empresarios “amigos del poder” como Paolo Rocca, el futuro venturoso al que él dice conducir a la Argentina.
La palabra “casta” no estuvo en el discurso. De hecho, agradeció a los senadores y diputados que en las sesiones extraordinarias le dieron reformas clave para su gestión, como la laboral, la del régimen penal juvenil y la ley de glaciares. Del “nido de ratas”, ni recuerdos.
“La malaria se ha terminado”, fue una de las frases salientes que leyó el jefe del Estado.
Catarata de insultos
Se esperaba una alocución de una hora, pero duró 40 minutos más. Acaso porque, de manera permanente, se fue apartando del texto escrito que tenía en el atril para darle rienda suelta a su conocida vocación descalificatoria, fundamentalmente contra el kirchnerismo.
Ignorantes, manga de ladrones, corruptos, delincuentes, “Cristina va a seguir presa por chorra”, “son los más chorros de la historia”, cavernícolas, golpistas, “kukas, me encanta verlos llorar”, asesinos de Nisman, parásitos. Esas fueron solo algunas de las palabras y frases que le dedicó a la principal fuerza opositora. A Juan Grabois lo trató de “oligarca disfrazado de pordiosero”. A Myriam Bregman, de “chilindrina troska”.
La televisación oficial nunca mostró a los legisladores de la oposición. Ellos, a su vez, ayudaron a que el presidente desplegara el juego que quería jugar: le gritaban sin que se los viera ni se los escuchara, ya que el micrófono lo tenía Milei y las cámaras solo lo enfocaban a él, a sus ministros y a sus simpatizantes.
Milei apostó de manera clara a la misma estrategia que le dio frutos en la campaña electoral de 2025: recrear la grieta para posicionarse nuevamente frente a una fuerza, el kirchnerismo, que en realidad está debilitada y partida. Un enemigo cómodo y deseado, que no conviene dejar morir.
“Estamos en la puerta de un gran resurgimiento económico. Tenemos la fuerza suficiente para hacer frente a cualquier golpe que quieran llevar adelante los que nos sabotearon y quieren hundir al país”, fue un párrafo significativo de esta línea discursiva. Todo con un tono deliberadamente violento, que marcó los constantes intercambios con la oposición y despertó la euforia libertaria. Por momentos, más que el presidente, el que habló en el Congreso fue el panelista de Intratables.
También Victoria Villarruel sufrió el desprecio de su excompañero de fórmula, aunque en su caso de manera gestual. Cuando la vicepresidenta abrió la sesión lo invitó a ingresar y el jefe del Estado, que en realidad ya estaba adentro, levantó una ceja como diciendo: ni sabe lo que lee.
Fue, de alguna manera, anticipatorio: Milei estaba en modo pendenciero y sobrador. No le dejó pasar una a los legisladores kirchneristas y de izquierda que lo cuestionaron desde sus bancas. Y sus acólitos le retribuyeron con risas y aplausos cada una de esas intervenciones, a pesar de que por momentos le hacían perder el hilo del discurso que había llevado escrito.
Repertorio conocido
No pareció importarle esto último. De hecho, en ese texto de 55 páginas no hubo demasiadas novedades significativas: la apelación ya conocida a la herencia maldita, con la consabida enumeración de cifras catastróficas; la grandilocuencia para hablar del desempeño propio; y un pronóstico de grandeza condicionado a una hoja de ruta con tres pilares: ajuste, desregulación y apertura, más batalla cultural.
“Luego de décadas perdidas hemos venido a determinar que esta miseria decadente se terminó. Tenemos la fuerza para empezar un nuevo capítulo de la historia argentina”, podría ser una frase resumen de ese concepto, enmarcado en un discurso que, por fuera del cara a cara con los opositores, se estructuró en tres ítems: la herencia, lo que el gobierno hizo hasta acá y las reformas que vienen.
Para esta última parte se esperaban anuncios que, en realidad, no tuvieron demasiadas precisiones: habló, entre otras cosas, de cambios en política tributaria, código aduanero, reforma electoral y del Código Penal.
Vendrán “nueve meses ininterrumpidos de reformas estructurales que van a rediseñar la arquitectura institucional de la nueva Argentina”, señaló, y puso un número: 90 proyectos de ley se enviarán este año al Parlamento.
Si hasta para hablar de su relación con el presidente norteamericano disparó contra la oposición y los empresarios que cuestionan sus políticas. “En un contexto golpista, tuvimos, gracias a nuestro gran acierto en materia de política exterior, un aliado clave. Por primera vez en la historia, y producto de la relación especial que hoy caracteriza el vínculo entre Estados Unidos y la Argentina, el gobierno de Donald Trump acudió en auxilio de nuestro país. Esa ayuda no fue por cuestiones económicas, sino para defendernos contra el embate desestabilizador de los representantes del antiguo régimen. Ustedes, los golpistas de siempre”, dijo mirando a las bancadas kirchneristas.
Fue casi el final de un extraño acto de apertura de sesiones ordinarias. Tanto que el presidente fue una especie de agitador en el Congreso.