Un nuevo estudio internacional corroboró cómo el entorno (tanto físico como social) puede contribuir en el aceleramiento o retraso del envejecimiento cerebral, determinando así la edad biológica de este órgano. Es decir, se demostró que la edad del cerebro puede acelerarse o retrasarse en función de factores de riesgo y protectores ambientales, con efectos más significativos a partir de la interacción entre condiciones ambientales, sociales y políticas. Los hallazgos se publicaron en Nature Medicine.
La investigación, coordinada desde el Global Brain Health Institute (GBHI) en el Trinity College de Dublín, aborda cómo influyen conjuntamente los entornos en los que viven las personas (incluyendo factores físicos y sociales) en el ritmo al que envejece el cerebro humano, y para ello el equipo analizó datos de 18.701 personas de 34 países.
"Exposoma" o la suma de factores de los entornos
Desde la investigación introdujeron el concepto de "exposoma", un conjunto acumulativo de exposiciones ambientales, sociales y contextuales a lo largo de la vida. En tal sentido, los resultados mostraron que este "exposoma" actúa conjuntamente a partir de la interacción de múltiples factores que se potencian entre sí, similar a lo que ocurre con enfermedades que coexisten y se agravan mutuamente.
Este conjunto de influencias es el que determina el envejecimiento cerebral, tanto en personas sanas como en aquellas con enfermedades neurodegenerativas.
Se analizaron así 73 indicadores del "exposoma" a nivel nacional, incluyendo variables como la contaminación atmosférica, la variabilidad climática, la disponibilidad de espacios verdes, la calidad del agua, la desigualdad socioeconómica y distintos aspectos de los contextos políticos y democráticos. Al modelar estos factores de forma conjunta, comprobaron que explican hasta 15 veces más variación en el envejecimiento cerebral que cualquier factor individual.
Sin zonas verdes, envejecimiento rápido
Las exposiciones físicas combinadas (como la contaminación, las temperaturas extremas o la escasez de zonas verdes) se asociaron principalmente con el envejecimiento estructural del cerebro. Dichas alteraciones afectan a regiones clave implicadas en la memoria, la regulación emocional y las funciones autonómicas, y se relacionan con mecanismos como la neuroinflamación, el estrés oxidativo, la disfunción vascular o la reducción del soporte neurotrófico.
Por otra parte, el exposoma social combinado (que incluye factores como la desigualdad, la pobreza, la baja participación cívica, la debilidad institucional o el acceso limitado a recursos sociales) mostró una mayor asociación con el envejecimiento funcional del cerebro, y en este caso afecta al control ejecutivo, la cognición social y la regulación emocional.
Para los investigadores, lo clave fue hallar que las influencias ambientales sobre la salud cerebral son acumulativas, no lineales, y se amplifican mediante la interacción entre distintos factores.
Fuente: EFE.