Las crisis epilépticas suelen ser episodios breves y autolimitados, pero requieren una respuesta adecuada para evitar complicaciones. Una de las principales recomendaciones de los especialistas es mejorar la educación sanitaria de la población para saber cómo actuar ante una convulsión y reconocer también aquellas crisis que no presentan movimientos bruscos ni pérdida de conocimiento.
La epilepsia es un trastorno provocado por una alteración del equilibrio de la actividad de las neuronas de la corteza cerebral. Como consecuencia, pueden producirse episodios recurrentes de actividad neuronal excesiva que se manifiestan de distintas maneras. Si bien es más frecuente durante la infancia y en adultos mayores, puede aparecer a cualquier edad.
Las crisis no necesariamente implican convulsiones. Algunas producen alteraciones transitorias de la conciencia, la memoria, el habla, el movimiento, la sensibilidad o la visión. Las crisis generalizadas comprometen ambos hemisferios cerebrales y pueden incluir ausencias, rigidez muscular, pérdida del tono, espasmos o las conocidas crisis tónico-clónicas, caracterizadas por pérdida de conocimiento, rigidez y posteriores sacudidas de las extremidades.
En las crisis focales, en cambio, la actividad comienza en una zona determinada del cerebro. Pueden aparecer hormigueos, mareos, movimientos involuntarios o luces parpadeantes. Cuando existe alteración de la conciencia, la persona puede no responder a estímulos externos y realizar movimientos automáticos, como masticar, caminar sin rumbo o llevar a cabo acciones que posteriormente no recuerda.
Además de las lesiones y accidentes que pueden producirse durante una crisis, la propia epilepsia y algunos medicamentos anticrisis pueden asociarse con dificultades cognitivas, alteraciones del ánimo y trastornos del sueño. Entre las dificultades más frecuentes se encuentran una menor velocidad de respuesta, problemas para mantener la atención y fallas de memoria. En las epilepsias que no logran controlarse, también son frecuentes la ansiedad y la depresión.
El diagnóstico se establece a partir de la evaluación médica y de estudios como el electroencefalograma y la resonancia magnética, que pueden aportar información sobre el riesgo de repetición de las crisis. Una vez indicado el tratamiento, el seguimiento neurológico permite controlar su eficacia y detectar posibles efectos adversos. En algunos casos es necesario ajustar las dosis o cambiar el medicamento.
Otro desafío es detectar las crisis que pasan inadvertidas. Pueden ocurrir cuando la persona está sola, durante el sueño o presentar síntomas tan sutiles que ni el paciente ni quienes lo rodean los reconocen. Según algunos estudios, estos episodios no identificados podrían representar hasta una cuarta parte del total de las crisis.
Qué hacer durante una crisis
Ante una crisis convulsiva, el objetivo principal es proteger a la persona de posibles traumatismos. Se recomienda retirar objetos cercanos que puedan provocar lesiones y aflojar prendas que dificulten la respiración. También es importante colocarla de lado, en posición lateral de seguridad, para favorecer la respiración y reducir el riesgo de aspiración.
Una de las recomendaciones más importantes es no sujetar a la persona, no intentar abrirle la mandíbula y no introducir objetos en su boca. Estas prácticas, todavía extendidas, pueden provocar lesiones, roturas dentales o mordeduras. Durante el episodio también puede ser útil registrar cuánto dura y, si es posible y seguro, obtener información o un video para facilitar posteriormente el diagnóstico médico.
Tras la crisis comienza el denominado período postcrítico, durante el cual puede aparecer somnolencia, confusión o desorientación. Es conveniente comprobar si la persona está orientada, si recuerda lo sucedido y si presenta dificultades para hablar, y permitirle descansar mientras se mantiene la vigilancia.
No todas las crisis requieren necesariamente una atención de urgencia inmediata, pero hay situaciones en las que sí es fundamental acudir a una guardia. Por ejemplo, cuando se trata de la primera crisis de la vida, cuando dura más de cinco minutos, cuando los episodios se repiten sin recuperar la conciencia, si se produjeron lesiones o cuando la persona o sus familiares solicitan asistencia médica.
Aunque fallecer durante una crisis epiléptica es poco frecuente, el riesgo aumenta en algunas formas graves de epilepsia, especialmente cuando existen crisis convulsivas generalizadas frecuentes. Por eso, la detección, el diagnóstico y el tratamiento adecuados resultan fundamentales. La buena noticia es que, en la mayoría de los casos, las crisis pueden controlarse con medicación o cirugía y las personas pueden llevar una vida normal.
Fuente: EFE.