Desde hace muchos años, la ciencia asociada a la medicina viene librando una dura batalla contra el cáncer, pero hasta hoy esa enfermedad es un desafío imposible de superar: la Organización Mundial de la Salud estima que provoca aproximadamente 10 millones de muertes por año, lo que representa casi una de cada seis defunciones en el planeta.
Por eso, cuando los resultados alentadores de nuevas terapias pasan del laboratorio a los pacientes, se produce una conmoción a nivel mundial. Y eso es lo que generó el tratamiento experimental, denominado Intismeran autogene, desarrollado por los laboratorios estadounidenses Moderna y Merck, que utiliza la técnica del ARN mensajero (que conocimos en la lucha contra el Covid) y que mostró una mejora estadísticamente significativa en la supervivencia sin recaída frente al tratamiento únicamente con inmunoterapia a más de 1.100 pacientes con melanoma avanzado que habían sido operados.
Los resultados completos del estudio serán presentados en octubre en el Congreso de la Sociedad Europea de Oncología Médica (ESMO), en Madrid. Y para Mauricio Fernández Lázzaro, médico especialista en Medicina Interna y Oncología Clínica y máster en Uro-Oncología, el avance puede entenderse como parte de una transformación mucho más profunda que atraviesa a la medicina y que puede ir más allá de este tipo grave de cáncer de piel.
“Venimos atravesando una época de cambio. Esto es parte de una corriente terapéutica denominada ‘medicina de precisión’, y puntualmente a este tipo de vacunas se las conoce como ‘medicina traslacional’, que es ni más ni menos que llevar el laboratorio a la clínica. Lo realmente complejo es poder hacerlo realidad, ya que muchas veces lo que parece increíble en el laboratorio, en la práctica clínica se queda en el camino. Y ya se está estudiando en otro tipo de cánceres que nosotros denominamos «calientes»”, inició la explicación en diálogo con Punto Medio (Radio 2).
Del laboratorio al paciente
Para entender por qué el anuncio genera semejante expectativa hay que detenerse primero en un dato: el tratamiento acaba de atravesar una fase 3, una de las instancias decisivas del largo recorrido que debe completar una nueva terapia antes de poder aspirar a su aprobación.
“El eje central de un avance científico es el proceso de investigación clínica. Quienes manejamos la ciencia en medicina sabemos que es la clave. Hay un proceso necesario que implica atravesar fases de investigación, que aparecen una vez cumplida la fase experimental con animales: y son fases que van de la 1 a la 4”, explicó el profesional.
Fernández Lázzaro también buscó desterrar una idea que suele aparecer cuando se habla de personas que participan de estas investigaciones: “Cuando nosotros invitamos a un paciente a participar de un ensayo clínico, ese paciente seguramente piensa que es un conejillo de indias: y en realidad no es así, porque va a usar una terapia que ya fue probada previamente. Este ensayo clínico de fase 3 de esta vacuna ya es la etapa final antes de que ingrese a la aprobación para su uso en la práctica clínica. Y si los datos de eficacia y seguridad son positivos, ya se podrá aplicar a los pacientes de todo el mundo”.
El anuncio de los laboratorios es alentador, pero requiere todavía cierta cautela: haber obtenido resultados positivos en fase 3 no significa que la terapia ya esté aprobada ni que represente una cura contra el melanoma. Las compañías anticiparon que, después de presentar los resultados completos, avanzarán con las solicitudes correspondientes ante las autoridades regulatorias.
Una vacuna fabricada a partir del propio tumor
La gran particularidad está en cómo se fabrica. A diferencia de un medicamento idéntico para miles de personas, cada vacuna se desarrolla específicamente para un paciente, utilizando información obtenida de su tumor. Y allí aparece una tecnología que para buena parte del mundo se volvió conocida durante la pandemia.
“El proceso es espectacular. Surgió ni más ni menos que gracias al Covid: fíjense cómo, a través de una desgracia, apareció el concepto de usar una vacuna codificada con ARN mensajero. Cuando apareció el tratamiento para el Covid, una de las vacunas tenía este mecanismo de funcionamiento: el ARN mensajero es una secuencia de nuestro ADN que se desglosa en partículas, que acaban en proteínas específicas”.
¿Cómo se traslada ese principio al cáncer? Fernández Lázzaro lo explicó siguiendo el recorrido que va desde el quirófano hasta el laboratorio y nuevamente al organismo del paciente. “Esto nos muestra una luz en el vacío; nos dice: ‘este tumor tiene esta mutación puntual, que se expresa con este ARN mensajero’. Se saca una porción de tumor fresco, recientemente operado, se hace un análisis molecular y se detecta una serie equis de mutaciones específicas. Una vez que se identifican, se construye en laboratorio un agente que traslade o muestre estas mutaciones a nuestro sistema inmunológico. Y esa es la magia del fenómeno: hace visible un antígeno para que nuestro sistema de defensa pueda atacarlo”.
En términos sencillos, la estrategia busca mostrarle al sistema inmunológico una especie de identificación molecular del enemigo. La vacuna lleva instrucciones basadas en las características particulares del cáncer de esa persona para que sus defensas aprendan a reconocer determinadas proteínas tumorales y puedan atacar con mayor precisión las células que las presentan.
“Hasta este momento, el proceso era genérico: lo hemos hecho durante años con inmunoterapia, para que nuestra defensa atacara a los tumores que tuvieran ciertos antígenos, pero lo hacíamos sin información específica y los tratamientos no eran tan precisos. Por eso algunos tumores no respondían a la inmunoterapia. Este concepto de ARN expresado en una vacuna, asociado a una droga de inmunoterapia, demuestra los antígenos de ese tumor y despierta el sistema inmunológico para atacar al cáncer”.
El verdadero objetivo: que el cáncer no vuelva
Hay otra cuestión central para evitar una interpretación equivocada del anuncio. Los participantes del estudio habían sido operados previamente. La vacuna no se utilizó para hacer desaparecer un tumor visible, sino como tratamiento adyuvante para intentar evitar que la enfermedad regresara en pacientes con alto riesgo de recurrencia.
“Para cualquier patología oncológica de alto riesgo de recaída, la idea es usar una terapia para disminuir la posibilidad de que eso ocurra. Este estudio particular se hizo en pacientes curados por cirugía, pero con alto riesgo de recaída. En octubre, en el Congreso Europeo de Oncología Clínica que se desarrollará en Madrid, conoceremos los datos finales de este estudio. Pero en la fase 2, ya duplicaba la oportunidad de disminuir el riesgo de recurrencia, lo que es espectacular”, indicó Fernández Lázzaro.
¿Por qué puede reaparecer un cáncer después de haber extirpado completamente el tumor? Porque aquello que los estudios permiten observar no necesariamente representa todo lo que ocurre microscópicamente dentro del organismo.
Al respecto, expresó: “Cuando uno tiene puesto un tumor, el riesgo es que invada un vaso sanguíneo o linfático y disemine células que no se pueden encontrar con estudios de imágenes. Y aunque uno crea que está curado, silenciosamente las células pueden seguir existiendo dentro del organismo y más adelante desencadenar la recaída. El objetivo de esta terapia es disminuir la posibilidad de reaparición de la enfermedad”.
Ese es, en definitiva, uno de los aspectos más prometedores del avance: intentar localizar y destruir aquello que todavía no puede verse, antes de que esas células eventualmente vuelvan a convertirse en una enfermedad detectable.
¿Puede utilizarse contra otros tipos de cáncer?
El melanoma puede ser apenas el comienzo. La misma estrategia está siendo investigada para otros tumores, aunque Fernández Lázzaro advierte que no todos los cánceres tienen las mismas características biológicas ni generan idéntica respuesta inmunológica.
“En cáncer renal está corriendo el ensayo clínico, y se están generando para cáncer de pulmón y de vejiga. Esto es porque hay tumores que nosotros denominamos «calientes», que están asociados con nuestra inmunidad, y otros que son fríos. Los calientes tienen mucha carga de mutaciones y despiertan una respuesta inmunológica alta en nuestras defensas. En un cáncer de próstata, que denominamos tumor frío, jamás vamos a ver este tipo de terapias”, dijo.
El propio oncólogo conoce de cerca esa línea de investigación: si bien no se dedica específicamente al melanoma, participó de la validación de la misma estrategia terapéutica aplicada al cáncer renal.
Y queda todavía un interrogante tan importante como la eficacia: si finalmente funciona y consigue las aprobaciones necesarias, ¿cuántas personas podrán acceder a un tratamiento que requiere analizar individualmente el tumor y fabricar una vacuna específica para cada paciente?
Según expresó, “esa es una pregunta que no tiene respuesta: es el desafío más grande. Como toda tecnología novedosa, empieza como un evento extremadamente costoso y con el tiempo va bajando, es costoso sobre todo por el desarrollo”.
La prudencia científica obliga entonces a evitar palabras como “cura” o “solución definitiva”. Pero el salto conceptual no deja de ser enorme: extraer un fragmento de un tumor, descifrar algunas de sus características particulares y utilizar esa información para enseñarle al propio sistema inmunológico del paciente qué debe buscar y atacar.
Una estrategia inimaginable hace pocos años, impulsada por una tecnología que se hizo masiva durante una pandemia y que ahora intenta escribir otro capítulo. Esta vez, frente a una enfermedad contra la que la medicina lleva décadas buscando tratamientos cada vez más precisos.