La colaboración de niños y adolescentes en las tareas del hogar suele considerarse una práctica positiva que favorece la autonomía, el sentido de la responsabilidad y la participación en la vida familiar. Sin embargo, cuando esas obligaciones se vuelven excesivas, prolongadas y desproporcionadas para la edad, pueden derivar en un fenómeno psicológico conocido como parentificación.
Especialistas de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), en España, relevaron datos que alertan sobre las consecuencias que esta realidad puede tener en la salud mental de los adolescentes. Los expertos explican que existe una diferencia clara entre ayudar en casa y convertirse en un sostén familiar.
La parentificación aparece cuando un adolescente carga de manera intensa, solitaria y sostenida en el tiempo con tareas o responsabilidades que corresponden a un adulto. Esto puede incluir desde ocuparse de las tareas domésticas o del cuidado de hermanos menores hasta escuchar problemas de sus padres y sentirse responsable de su bienestar emocional.
“El cerebro adolescente aún está en desarrollo, especialmente en las áreas vinculadas con la planificación, el control emocional y la regulación del estrés”, señala el profesor Juan Luis García Fernández, de la UOC. Por eso, una sobrecarga de responsabilidades puede favorecer la aparición de fatiga mental, irritabilidad, ansiedad o síntomas depresivos.
La adolescencia es una etapa clave para construir la identidad, fortalecer la autonomía y desarrollar vínculos con pares. Cuando gran parte del tiempo y la energía se destinan al cuidado de otros, pueden surgir dificultades como bajo rendimiento escolar, problemas de concentración, ausentismo, trastornos del sueño o abandono de actividades recreativas.
También existen señales emocionales que pueden indicar que un adolescente atraviesa una situación de parentificación. Entre ellas, los especialistas mencionan tristeza persistente, ansiedad, llanto frecuente, sentimientos excesivos de culpa, dificultad para pedir ayuda, sensación de no poder equivocarse y la percepción de que sus propias necesidades quedan relegadas.
A nivel físico y social, el fenómeno puede manifestarse mediante cansancio extremo, dolores de cabeza, molestias digestivas, cambios en el apetito, alteraciones del sueño, aislamiento y pérdida de contacto con amigos. Además, los expertos advierten que estos jóvenes pueden desarrollar una autoestima demasiado ligada al sacrificio y a la idea de que su valor depende de cuidar a los demás.
Frente a esta problemática, los especialistas consideran fundamental la detección temprana y el acompañamiento. Destacan el papel de las escuelas, los servicios sociales y la atención primaria de salud para identificar situaciones de riesgo, así como la necesidad de fortalecer recursos de apoyo para las familias, como servicios de proximidad, asistencia emocional para cuidadores y sistemas de dependencia que respondan con mayor rapidez.
Los investigadores concluyen que el desafío consiste en encontrar un equilibrio, evitando tanto idealizar el sacrificio adolescente como interpretar cualquier colaboración familiar como un problema. “Cuidar puede formar parte de crecer, siempre que no obligue a dejar de ser adolescente”, resumen los expertos.
Fuente: EFE.