El llamado síndrome de Hikikomori describe un aislamiento social severo y prolongado que suele aparecer en la adolescencia o en adultos jóvenes. Aunque todavía existe debate sobre si se trata de un trastorno en sí mismo o de una forma de malestar psicológico, especialistas coinciden en que implica una desconexión casi total del entorno. En este aspecto, el joven deja de ir a la escuela o al trabajo y evita cualquier contacto social.
A diferencia de otros cuadros clínicos, no se lo clasifica formalmente como depresión o trastorno obsesivo compulsivo. Sin embargo, puede estar vinculado a problemas de salud mental como ansiedad social o depresión, o bien surgir a partir de experiencias negativas, como dificultades para integrarse en el colegio, conflictos con docentes o situaciones de rechazo.
El fenómeno no es nuevo, ya que fue identificado en 1998 por el psiquiatra japonés Tamaki Saito. Pero en los últimos años, distintos factores impulsaron su crecimiento a nivel global. Por un lado, la pandemia ayudó a naturalizar el encierro. Por otro, las nuevas tecnologías (especialmente los videojuegos online) pueden reforzar el aislamiento, al ofrecer una forma de interacción virtual que reemplaza el contacto cara a cara.
Los adolescentes más vulnerables suelen tener baja autoestima, escasas herramientas para resolver conflictos y poca tolerancia al estrés. En muchos casos, encuentran en el encierro una forma de evitar situaciones que les generan malestar, lo que termina profundizando el problema.
Para las familias, detectar las señales a tiempo es clave. El aislamiento no ocurre de un día para otro, comienza de manera progresiva. Algunos indicadores son pasar cada vez más tiempo en la habitación, evitar actividades sociales, abandonar la escuela y alterar los hábitos de sueño, como quedarse despierto toda la noche y dormir durante el día.
Frente a este escenario, los especialistas recomiendan evitar tanto la sobreprotección como la presión excesiva. Obligar al adolescente a retomar su rutina de forma abrupta puede generar más bloqueo. En cambio, se sugiere acompañar de manera gradual, promoviendo pequeñas salidas o actividades que ayuden a recuperar la confianza.
La intervención profesional es fundamental. El tratamiento suele incluir trabajo individual para fortalecer la autoestima y desarrollar habilidades sociales, así como orientación a las familias. El objetivo es lograr una reintegración progresiva al mundo exterior y prevenir que el aislamiento se prolongue durante años, con consecuencias cada vez más difíciles de revertir.
Fuente: EFE.