El 14 de diciembre de 1972, el astronauta norteamericano Eugene Cernan se preparaba para abandonar la superficie lunar junto al geólogo Harrison Schmitt. Antes de subir por última vez al módulo de ascenso "Challenger", Cernan condujo el Rover lunar hasta una distancia lo suficientemente segura como para que la cámara del vehículo pudiera grabar el despegue. Una vez ahí, se arrodilló y, utilizando su dedo sobre el polvoriento suelo lunar, dibujó las iniciales de su hija Tracy. Sabía que, al no haber viento ni lluvia para borrarlas, aquellas letras permanecerían intactas durante miles de años, tal vez tanto tiempo como la misma humanidad.

Cernan volvió caminando hasta el módulo, o mejor dicho, dando los pequeños saltos característicos de la baja gravedad lunar. Trepó la escalera, aseguró la escotilla y se preparó para una despedida que, sin saberlo, sería definitiva. El programa Apolo se cerró, los presupuestos se reasignaron y la exploración tripulada del espacio profundo pasó a un segundo plano. La órbita baja terrestre se convirtió en el nuevo escenario, más útil y cercano, y la Estación Espacial Internacional ocupó ese lugar. Así, durante décadas, la Luna quedó en silencio.

Eugene Cernan, el último hombre en la Luna 

Esa larga pausa se rompió el pasado miércoles, cuando el estruendo de los poderosos motores del cohete SLS puso fin a más de medio siglo de espera en un lanzamiento que fue seguido en vivo desde todo el mundo, con la tripulación de la misión Artemis II rumbo a un viaje que, sin pisar la superficie, vuelve a llevar seres humanos al entorno lunar por primera vez desde 1972.

Las misiones de Artemis van a cambiar la humanidad. Vamos a abrir la puerta para explorar el más allá”, afirmó a Rosario3 la ingeniera de la NASA Sasha Sims. Como Directora de Servicios de Integración del Puerto Espacial Kennedy, en Cabo Cañaveral, Florida, Sims es la responsable de coordinar la compleja maquinaria logística que permite que estos vuelos dejen la Tierra. Egresada de la Universidad de Puerto Rico en Mayagüez, su camino en la agencia espacial comenzó en 2003 a través de una convocatoria para ingenieros hispanos, y hoy lidera el centro operativo donde se ensamblan las piezas del inmenso rompecabezas del regreso a la Luna.

A diferencia de los años sesenta, donde la prioridad era el hecho simbólico de la llegada en plena carrera contra la Unión Soviética, el programa actual apunta a sostenerse en el tiempo. "El objetivo no es tan solo llegar a la Luna, es llegar a una parte donde no hemos ido anteriormente, y establecer una presencia permanente para ayudarnos a tener la tecnología y los recursos que se necesitan para eventualmente completar misiones a Marte y más allá", explica Sims.

El cohete y una Luna majestuosa antes del despegue 

Esta nueva concepción también permite entender por qué Artemis II es, en realidad, una prueba de fuego a lo largo de los diez días de duración de la misión para los sistemas de soporte vital. "Los astronautas tienen sensores por todas partes, para monitorear desde el sueño hasta el apetito, el estrés, cómo sudan y hasta la saliva. Necesitamos entender cómo responde el cuerpo humano a los efectos del espacio profundo para poder prepararnos mejor antes de dar el siguiente paso, el aterrizaje lunar", detalla la ingeniera.

Las misiones de Artemis van a cambiar la humanidad; vamos a abrir la puerta para explorar el más allá

Ese futuro alunizaje depende directamente de lo que suceda en estos días. A diferencia de las misiones en la órbita baja, donde la Tierra está siempre al alcance de la mano, Artemis II enfrentará desafíos que la humanidad no encaraba desde hace cinco décadas, trascendiendo el simple hecho de orbitar nuestro satélite natural. Para la NASA, este vuelo es crítico para comprobar que la tecnología que mantiene con vida a la tripulación en el vacío absoluto funciona según lo previsto. “Una vez que podamos recuperar toda la información, eso nos va a ayudar a definir cómo podemos evolucionar nuestros planes para eventualmente poder establecer esa base permanente donde vamos a tener seres humanos viviendo en la Luna 24 horas al día”, señala.

Más allá del entusiasmo, Artemis II también implica volver a enfrentarse a peligros que durante décadas quedaron fuera del radar de las misiones tripuladas, ya que este viaje se interna en un entorno mucho más hostil y menos tolerante a los errores. “Las misiones espaciales, especialmente al espacio profundo, son riesgosas de por sí”, reconoce Sims. “Pero nuestros equipos han estudiado todo tipo de riesgo que se puede presentar y los astronautas han entrenado extensamente para poder responder a cualquier situación de emergencia que se presente”.

Sasha Sims, directora de Integración y Servicios del Puerto Espacial Kennedy de la NASA 

Parte de esa preparación no ocurre en el espacio, sino en la Tierra. La NASA trabaja con lo que se conoce como “gemelos digitales”, modelos virtuales de la nave que funcionan como un espejo exacto y permiten simular su comportamiento en distintas condiciones, anticipando posibles fallos antes de que ocurran. En el caso de la cápsula Orion, este sistema procesa en tiempo real los datos de miles de sensores a bordo, permitiendo a los ingenieros en el Centro de Control de Houston realizar simulaciones predictivas. De este modo, los equipos pueden anticipar fallos y evaluar soluciones antes de que el problema se manifieste en la realidad, protegiendo preventivamente a la tripulación.

Sin embargo, ninguna simulación por computadora puede reemplazar por completo el criterio humano ante lo imprevisto. Por eso, durante un segmento crítico del vuelo de Artemis II, la tripulación tomará los controles para pilotar la nave manualmente. No se trata de un ejercicio de nostalgia, ni de emular a los pioneros de las misiones Apolo, sino de una capacidad de supervivencia fundamental. La última línea de defensa ante un sistema que, por más avanzado que sea, puede fallar.

Tradición. La tripulación de Artemis II deja su insignia antes del despegue 

“Es importante porque nosotros necesitamos que los astronautas estén listos para todo”, explica Sims. “Estas misiones van muy lejos, son muy complicadas y cualquier cosa puede pasar. Ellos tienen un programa de entrenamiento muy riguroso, pero siempre surgen situaciones inesperadas. Es vital que estén familiarizados con todos los sistemas, ya sean los automáticos o los manuales, para poder responder ante una emergencia que no estemos esperando”.

La complejidad de esta segunda misión Artemis no es solo tecnológica, sino también política, y Sims no duda en reconocer que el escenario actual recuperó la efervescencia de mediados del siglo pasado. “Definitivamente hay una carrera espacial y una competencia internacional por ver quién llega a la Luna nuevamente”, admite. Sin embargo, aclara que el objetivo es diferente, y  mientras que Apolo se enfocaba en la trayectoria para ser los primeros en llegar a Luna y plantar bandera, Artemis busca identificar el lugar exacto donde establecer una base con seres humanos viviendo allí continuamente.

Pero, si ya lo logramos en 1969 con una tecnología que hoy es a todas luces rudimentaria, ¿por qué resulta tan difícil volver ahora? Para la ingeniera, la respuesta reside en la escala de la ambición. Mientras más distancia se quiere recorrer y más tiempo se pretende permanecer, la demanda de potencia y recursos crece de manera exponencial. “Las misiones a la órbita baja están cerca de la Tierra y se llega rápido. Pero cuando vamos al espacio profundo, debemos asegurar que todos los sistemas estén equipados para misiones de larga duración sin poner a los astronautas en riesgo. Eso hace que todo sea mucho más complicado”.

Los trajes de la tripulación de Artemis II esperan el Centro Espacial Kennedy 

Sobre el final de la charla, el foco se desplaza de la ciencia y las máquinas hacia la individualidad de las personas. Sims, que inició su propio camino en la agencia a través de una convocatoria pensada para abrir puertas a profesionales latinos, mira hacia el sur para hablarle a los jóvenes que, desde Argentina y el resto de la región, siguieron el lanzamiento del miércoles con la mirada puesta en las estrellas. “Les diría que no subestimen sus sueños y que no se pongan barreras artificiales. Necesitamos que se involucren, porque nosotros estamos creando los cimientos, pero son las generaciones que vienen detrás de nosotros las que van a llevar adelante las misiones que nos permitan establecer esa presencia en la Luna y, eventualmente, llegar a Marte”.

Sin lugar a dudas, en los próximos años otros astronautas volverán a dejar huellas sobre la superficie lunar. Quizás también iniciales, quizás algo distinto. Tal vez, cuando finalmente caminen por allí, sientan el mismo impulso de dejar una marca pequeña y personal en un lugar inmenso y desolado, una forma simple de decir que también estuvieron ahí. Pero esta vez no será el rastro de una despedida, sino el inicio de una historia que recién empieza.