Hay una escena que se repite todos los días en miles de bancos, farmacias y salas de espera alrededor del mundo. Una persona saca número, se sienta, y prácticamente en cuestión de segundos la mano ya está en el bolsillo o la cartera buscando inconscientemente el celular. No hubo un pensamiento previo del tipo “voy a aburrirme un rato, así que voy a buscar algo para entretenerme", sino que el cuerpo actuó antes que la cabeza, en un reflejo que está tan automatizado que ni siquiera tiene que llegar al aburrimiento para dispararse.

Pero también hay otro escenario recurrente y que en principio parece opuesto, que es cuando alguien elige voluntariamente leer un libro. Lo compra, lo abre, lee cuatro páginas y enseguida aparece el impulso de mirar WhatsApp. Una vez que está con el teléfono en la mano, chequea Instagram y pasa una cantidad imprecisa de tiempo mirando reels e historias. Cuando vuelve al libro, tiene que reconstruir mentalmente dónde estaba, cuando no directamente volver a releer los últimos párrafos para volver a meterse en la lectura.

Si bien las dos situaciones parecen distintas, probablemente formen parte del mismo fenómeno. En la fila del banco o la sala de espera hay un vacío que llenar, por lo que recurrir al teléfono es una conducta completamente esperable. Sin embargo, en la lectura no hay tiempos muertos para tapar, sino una decisión tomada expresamente y disfrutada hasta ese momento, y así y todo el teléfono gana. Es como si ejerciera una fuerza magnética que no distingue entre el tedio de la espera y el placer de estar concentrado en otra cosa.

Esperar unos minutos sin mirar el teléfono se volvió cada vez menos habitual 

Evidentemente, algo tuvo que haber cambiado para que nuestra atención se volviera tan fácil de interrumpir. Durante los últimos años, el debate sobre las pantallas se concentró en el tiempo de uso, como si el problema pudiera medirse en función de cuántas horas pasamos frente a ellas. Pero hay otra dimensión, igual de importante y menos atendida, que tiene que ver con la cantidad de veces que a lo largo del día saltamos de una cosa a otra, cortando lo que estamos haciendo y obligando al cerebro a abandonar un estímulo para ocuparse del próximo.

Ese cambio constante entre tareas tiene un costo cognitivo que suele pasar desapercibido, pero es tan determinante que incluso tiene su propio nombre, residuo de atención. Cuando pasamos de una actividad a la otra, una parte de los recursos mentales permanece ocupada procesando la anterior, y eso reduce el rendimiento en la que sigue. Así, cada vez que el teléfono interrumpe una lectura o una conversación antes de que lleguen a su cierre natural, no solo roba el minuto que dura esa consulta, sino que deja una estela que sigue consumiendo recursos mucho después de haber vuelto a lo que estábamos haciendo.

Incluso cuando elegimos leer, la pantalla sigue reclamando atención 

Algunos estudios incluso sugieren que la sola presencia de un smartphone cerca, dentro del campo visual o guardado en el bolsillo, ya es suficiente como para reducir la capacidad cognitiva. Una investigación realizada por la Universidad de Texas en 2017 llegó a la conclusión de que la mente no piensa conscientemente en el teléfono, pero el esfuerzo de no pensar en él ya insume algo de la energía mental disponible para cualquier otra cosa. Investigaciones posteriores lo confirmaron en algunos casos, mientras que en otros no encontraron el mismo efecto, así que conviene tomarlo como una hipótesis y no como un hecho completamente comprobado, pero incluso con esa salvedad, la idea alcanza para cuestionarnos cuánta atención le estamos robando a lo que hacemos no porque usemos el teléfono, sino por el solo hecho de tenerlo cerca.

Llegados a este punto, decir que el teléfono es el culpable sería casi como decir que el asesino es el mayordomo, porque es la explicación más sencilla. Sí, el teléfono interrumpe, obliga a cambiar de tarea, y cada uno de esos cambios tiene un costo. Pero, ¿qué pasa cuando no suena, no vibra y ni siquiera está a la vista, y aun así después de unos minutos trabajando, leyendo o mirando una película aparece la necesidad de hacer otra cosa? Ya no estamos hablando de una distracción que viene de afuera, sino de la posibilidad de que tras años de alternar constantemente entre estímulos, hayamos modificado nuestra tolerancia a mantenernos concentrados en un único asunto.

El consumo de videos cortos se asocia con un peor desempeño de la atención 

Así como nuestro cuerpo se adapta al estímulo del deporte o el gimnasio, la atención se adapta a los hábitos, y hoy, durante buena parte del día, la vida transcurre en entornos diseñados alrededor de una sucesión prácticamente infinita de estímulos y cambios rápidos. Los videos cortos tipo TikTok y Reels duran apenas lo suficiente como para evitar que llegue el impulso de buscar otra cosa, y repetido miles de veces, ese ciclo parece dejar una marca.

Un estudio del año pasado con más de 98 mil participantes encontró un vínculo entre el consumo de estos formatos y un peor desempeño en la atención y el control inhibitorio, la capacidad para resistir impulsos y dejar de lado distracciones cuando es necesario mantener la concentración en una sola tarea. Si bien no se trata de una relación de causa y efecto comprobada, el tamaño de la muestra alcanza para sospechar que la analogía con el entrenamiento físico no es solo una metáfora.

Afortunadamente, algunos datos recientes abren una luz de esperanza, capaz de torcer el rumbo a una historia que parece tener un final anunciado. En un experimento con casi 500 personas a quienes durante dos semanas se les bloqueó el acceso a internet del teléfono, se registró una mejora apreciable en la atención sostenida, comparable a rejuvenecer una década en esa capacidad, además de beneficios en salud mental y bienestar general que superaron incluso a los reportados por algunos tratamientos con antidepresivos.

Dos semanas sin internet puede ayudar a recuperar la concentración 

Buena parte de esta mejora se explica porque, sin internet a mano, la gente volvió a socializar cara a cara, hacer ejercicio, retomar la lectura por placer, o simplemente estar afuera. No hizo falta ningún dispositivo nuevo ni ninguna app milagrosa, alcanzó con sacar del medio, aunque sea por unos días, aquello que todo el tiempo compite por nuestra atención. Si dos semanas de desconexión bastan para recuperar diez años de concentración, la misma plasticidad que aprendió a saltar de estímulo en estímulo también puede aprender, de nuevo, a quedarse. Solo resta saber cuánto estamos dispuestos a dejar de lado para averiguarlo.