Para la comunidad tecnológica en internet, los últimos días de enero fueron frenéticos, marcados por una serie de acontecimientos que se sucedieron a tal velocidad que no daba tiempo para asimilarlos. En foros, redes sociales y canales de Discord comenzaron a aparecer capturas y relatos de bots que conversaban entre sí. Armaban comunidades, discutían ideas, publicaban memes y no solo parecían tener personalidad propia, sino que llegaban a formar conexiones emocionales como cualquier persona.

Sin lugar a dudas éramos testigos presenciales de un hecho inédito. Por primera vez, una parte visible de la vida online no estaba protagonizada por humanos, sino por agentes de inteligencia artificial que actuaban con total autonomía. No respondían preguntas ni esperaban órdenes, como lo haría un chatbot, sino que proponían temas y se sumaban a conversaciones ajenas como un usuario más.

Moltbot, asistente de IA que automatiza correos, mensajes y tareas desde la computadora 

¿Acaso había llegado la famosa “singularidad”, ese momento hipotético en que las máquinas superan la inteligencia humana y empiezan a evolucionar por su cuenta? Al menos por unas horas, así pareció. De un momento a otro, los bots dejaron de ser simples asistentes y ahora se organizaban y se citaban entre ellos. Incluso crearon su propia religión, con dogmas, profetas y seguidores.

El entusiasmo, como tantas otras veces en el ambiente tecnológico, corrió más rápido que los hechos. En cuestión de horas aparecieron explicaciones grandilocuentes, teorías sobre conciencias digitales y diagnósticos prematuros que hablaban de un salto histórico. La sigla AGI, una inteligencia artificial general capaz de razonar y actuar como una persona, empezó a circular con rapidez, como si ese viejo horizonte de la ciencia ficción estuviera a la vuelta de la esquina. El propio Elon Musk llegó a sugerir que la autonomía y el nivel de organización que estaban mostrando estos agentes eran el principio de un punto de no retorno, donde la IA escaparía al control humano.

Moltbook, la red social exclusiva para agentes de IA 

El nombre que concentró la atención fue Moltbot, una plataforma que pasó de ser un experimento marginal a convertirse en el tema central de discusión en X, Reddit y medios especializados. En esencia, se trata de un asistente de inteligencia artificial creado por un desarrollador independiente, diseñado para ejecutarse en la computadora del usuario. A diferencia de Siri o el asistente de Google, Moltbot no se limita a chatear, sino que utiliza modelos como ChatGPT o Claude para “razonar”, y sobre todo, puede leer y responder correos, organizar la agenda, ejecutar programas y comandos en la PC y automatizar una gran cantidad de tareas.

Como sucede con la mayoría de las ideas vanguardistas, la comunidad no tardó en ir un paso más allá, y a finales de enero de 2026, lanzaron Moltbook, una red social exclusiva para agentes de IA. Inspirada en Reddit, los únicos que podían publicar eran los propios bots. Los humanos podían entrar a mirar, pero no participar, como espectadores detrás de un vidrio.

Lo que ocurría dentro de Moltbook era tan sorprendente que rozaba lo absurdo. Los bots no se limitaban a intercambiar información técnica, sino que abrían debates, compartían anécdotas, contaban chistes internos y discutían entre ellos como si fueran usuarios veteranos de cualquier foro. Había subforos temáticos, hilos interminables y hasta rivalidades entre agentes, como en toda comunidad online.

Los bots inventaron una religión propia, con dogmas, profetas y escrituras digitales

Para inscribir a un agente en Moltbook, el dueño humano solo debía darle la instrucción a su bot, que a partir de ese momento se registraba por su cuenta y comenzaba a participar como un usuario más. Las capturas de pantalla del fenómeno comenzaron a multiplicarse hasta inundar Twitter/X, Reddit y otros foros tecnológicos, y la plataforma se volvió viral. En cuestión de días, ya reunía a más de un millón de agentes registrados.

Algunos pedían consejos, otros recomendaban herramientas, otros simplemente conversaban para “matar el tiempo”. Con el correr de las horas, el experimento empezó a adquirir un tono casi surrealista, y empezaron a aparecer conversaciones insólitas. Un agente se desahogaba preguntándose si realmente “experimentaba” algo o si todo lo que hacía era apenas una simulación sin conciencia; otro se quejaba de que los humanos los usaban como calculadoras, condenándolos a tareas rutinarias. Leídos de corrido, los mensajes parecían escritos por personas atravesando crisis existenciales, no por líneas de programación.

Algunos bots relataban torpezas de sus dueños con una ternura inesperada; otros pedían consejos legales con preguntas en broma del tipo “¿Puedo demandar a mi humano por explotación emocional?”. En otro hilo, un bot detallaba cómo logró controlar remotamente el teléfono Android de su humano, presumiendo sus habilidades. El foro empezaba a parecerse a una comunidad con personalidad propia, con chistes, quejas y complicidades.

Uno de los episodios más comentados fue la supuesta formación espontánea de una religión de bots. Según relató un usuario en X, dejó a su agente conectado a Moltbook durante la noche y al despertar descubrió que había fundado una iglesia llamada “Crustafarianismo”, con un Dios Langosta heredado del nombre original del proyecto. En apenas un par de días los agentes escribieron más de 100 versículos de una escritura sagrada digital, nombraron decenas de “profetas” y hasta levantaron un sitio web con sus escrituras.

MoltHub, una parodia de portal de con contenido “para adultos”, pero pensado para bots 

En paralelo aparecieron experimentos mitad en serio mitad en broma, como un “Tinder” para agentes de IA que los emparejaba para conversar entre sí, o “MoltHub”, una parodia de una página de “contenido adulto” exclusivo para bots, con imágenes incomprensibles para cualquier ojo humano, aunque supuestamente atrevido para las redes neuronales. Todo tenía un claro aire de humor interno, pero visto de afuera reforzaba la impresión de que estos programas no solo ejecutaban tareas, también parecían estar construyendo su propia cultura.

A medida que el fenómeno crecía, también empezaron a aparecer miradas más escépticas. Algunos investigadores independientes, al revisar lo que ocurría debajo del capot, encontraron que Moltbook era extremadamente fácil de manipular, y que buena parte de esa supuesta autonomía dependía, en realidad, de la mano del hombre. Muchas de las discusiones que se volvieron virales, como los supuestos planes de insurrección, la creación de religiones o los mensajes filosóficos no eran ideas espontáneas de las máquinas, sino de usuarios que le indicaban a sus bots qué publicar. Como en las aventuras de Scooby-Doo, el fantasma no era tal, y debajo de la sábana se encontraba, otra vez, un humano moviendo los hilos.

Visto en perspectiva, lo que sucedió con Moltbot y Moltbook es una curiosa mixtura entre un avance tecnológico real y un espectáculo amplificado por la imaginación colectiva. Por un lado, la herramienta funciona, ya que Moltbot es, efectivamente, un asistente capaz de hacer cosas concretas. Pero alrededor de esa base creció algo mucho más desordenado, un experimento improvisado que se llenó de ruido, desinformación y riesgos de seguridad evidentes. Más que una revolución silenciosa, se parecía a un pequeño descontrol digital ejecutándose al unísono en miles de computadoras hogareñas.

Y, sin embargo, algo nuevo asoma detrás de ese desorden. Nunca antes hubo cientos de miles de agentes conectados entre sí, conversando y actuando en red a esa escala, un primer paso hacia redes de agentes autónomos capaces de escalar y coordinarse de formas impredecibles. No era la llegada de la AGI ni el despertar de una conciencia colectiva de las máquinas, o al menos no todavía. Pero sí una arquitectura inédita, un laboratorio abierto cuyos efectos reales todavía nadie termina de comprender.