A lo largo de la historia, no debe haber cuestión más recurrente que el deseo de burlar la muerte, prolongando la vida mucho más allá de los límites impuestos por la naturaleza. El poema de Gilgamesh, una de las obras literarias más antiguas de la humanidad, ya retrata, hace unos cuatro mil años, a un rey que recorre el mundo en busca de la vida eterna. Desde entonces, la inmortalidad volvió una y otra vez a la literatura, de Drácula de Bram Stoker hasta El inmortal de Jorge Luis Borges.
Pero lo que durante milenios perteneció al terreno de los mitos y leyendas, la religión y la ficción, comenzó a convertirse, en los últimos años, en propósito de la investigación científica y, al mismo tiempo, ambiciosa meta de empresarios de Silicon Valley. Los avances en biología molecular y genética alimentan la posibilidad de intervenir sobre mecanismos del envejecimiento que largamente parecieron fuera de nuestro alcance, y también las expectativas de algunos magnates utópicos, convencidos de que el dinero y la tecnología pueden resolver incluso el más antiguo e inevitable de los desenlaces humanos.
En esta línea se encuentra Bryan Johnson, un empresario fintech reconvertido en referente de la longevidad y del movimiento antienvejecimiento. Su rutina diaria está planificada con una rigurosidad obsesiva, desde su hora exacta de acostarse hasta su alimentación, sus ejercicios físicos y los tratamientos experimentales a los que se somete. Johnson es, a la vez, su propio científico y rata de laboratorio.
Cada mañana dedica casi cinco horas a un programa que incluye entrenamiento, sauna, terapias con luz roja y el consumo de más de un centenar de suplementos nutricionales. Todo ocurre bajo el monitoreo de una batería de análisis permanentes, a cargo de un equipo de más de treinta especialistas y un presupuesto de unos dos millones de dólares al año. Todo esto, al servicio de un objetivo que él mismo define con la frialdad de un contador, que pase un año en el calendario sin que su cuerpo envejezca.
Sin embargo, Johnson es el rostro más visible de un movimiento apoyado en fortunas mucho más grandes que la suya. Altos Labs, financiado entre otros por Jeff Bezos, recaudó unos tres mil millones de dólares para investigar cómo restablecer las células a un estado más joven, mientras que Retro Biosciences, a la que Sam Altman aportó casi 200 millones de dólares de su propio bolsillo, busca sumar, en promedio, diez años más de vida saludable a la población. Actualmente, este laboratorio privado está probando en humanos un fármaco experimental contra el Alzheimer, con la expectativa de que también pueda resultar útil frente a otras enfermedades neurodegenerativas como el Parkinson.
Tal vez la figura que mejor resume el espíritu de este movimiento es Peter Thiel, cofundador de PayPal, uno de los primeros inversores de Facebook y probablemente el vecino más controvertido de la Ciudad de Buenos Aires. Su postura en este tema va más allá del interés científico, llegando al plano ideológico al asegurar ya en 2012 que quienes consideran a la muerte como algo natural y parte de la vida estaban lejísimos de la verdad. Esta convicción lo llevó a tomar diariamente hormona del crecimiento con la intención de llegar, al menos, hasta los 120 años, y a invertir cientos de millones de dólares en proyectos de biotecnología, entre ellos los del gerontólogo británico Aubrey de Grey, cuyas ambiciones superan ampliamente ese horizonte.
De Grey afirma que el envejecimiento es consecuencia de la acumulación de daños en el organismo que la medicina podría ir reparando y que, por lo tanto, no es un proceso irreversible e inevitable. De esta idea nace su concepto más conocido, el de la “velocidad de escape de la longevidad”, el momento en que los avances médicos permitirían curar las causas del envejecimiento más rápido de lo que aparecen otras nuevas, de manera que cada año que pasa deja de acortar la vida que queda por delante. Montado en esa hipótesis se animó a asegurar que la primera persona que llegará a los mil años probablemente ya esté viva, una predicción que gran parte de la comunidad científica recibió, por lo menos, con escepticismo.
A esta discusión se suma una dificultad comprobada, la de que reparar un daño suele profundizar otro, como sucede con la telomerasa, la enzima que repone los extremos de los cromosomas y que, cuando se activa para rejuvenecer tejidos, también puede estimular el crecimiento de tumores. Como suele ocurrir, la naturaleza busca el equilibrio, por lo que intervenir en alguno de los mecanismos del cuerpo rara vez deja intactos a los demás, y lo que protege frente a una enfermedad puede terminar facilitando la aparición de otra.
Lo que sí reconocen hasta los científicos más cautos es que existe margen para ganar años de vida saludable, y buena parte de la investigación actual apunta más a eso que a sumar siglos. Pero para aquellos que persiguen la inmortalidad, vivir un poco más y mejor no es suficiente, y si el cuerpo es un sistema tan frágil, las alternativas más radicales proponen dejarlo atrás, transfiriendo a una computadora aquello que nos hace ser quienes somos.
A principios de este año, la startup californiana Eon Systems presentó una réplica digital del cerebro de una mosca de la fruta, reconstruida neurona por neurona y capaz de controlar un cuerpo virtual en un entorno simulado. Según la empresa, los movimientos de esa mosca, que camina, se limpia y busca alimento, surgen de la copia neurona por neurona de un cerebro real, y no del entrenamiento de un modelo de inteligencia artificial. Por eso, los impulsores del proyecto la describen como la primera “carga” de un cerebro biológico completo a una computadora, un paso experimental hacia la posibilidad de reproducir digitalmente el funcionamiento de una mente.
Trasladar ese logro a un cerebro humano todavía está muy lejos, ya que supondría un desafío de una complejidad incomparablemente mayor, desde la cantidad de neuronas hasta la biología, la plasticidad neuronal y la recolección de datos. Y si un día se consiguiera, quedaría por resolver un dilema que ya no es técnico, sino filosófico. ¿Ese duplicado es realmente la persona que le dio origen, o apenas un software que se le parece a la perfección?
Que una computadora pueda reproducir los recuerdos, los pensamientos y el comportamiento de un individuo, ya sea que este siga vivo en otro lugar o haya muerto poco después del escaneo, no demuestra que continúe experimentando su propia existencia dentro de la copia. Es posible, incluso, que lo único que perdure sea una versión suya que recuerde cada detalle de su vida, se sienta la misma de siempre y jamás llegue a sospechar que el original ya no está.