Prácticamente sin excepción, las vacaciones de verano son esperadas por niños y adultos por igual. Después de todo un año de trabajo o estudio, la promesa de desconexión se traslada a la ilusión de dejar atrás alarmas, horarios y obligaciones aunque sea por unos pocos días. No importa tanto si el destino es la playa, arroyo o montaña; lo principal es dejar atrás la rutina y olvidarse de las responsabilidades cotidianas.
Sin embargo, no son solo los veraneantes, junto a hoteleros, gastronómicos y operadores de turismo quienes aguardan ansiosos el comienzo de la temporada. Simultáneamente también lo hacen estafadores y delincuentes de todo tipo que, atentos a un escenario que invita a relajarse, encuentran en estos días un terreno fértil para el fraude. Para ellos, el verano es temporada alta del delito, y al igual que los paradores de la costa, se preparan durante meses para sacarle el mayor rédito posible a esta estación.
Una de las estafas más denunciadas cada verano es la de los alojamientos falsos, un mecanismo que está lejos de ser nuevo y que lleva décadas repitiéndose, aunque con soportes diferentes. Lo que antes se apoyaba en avisos clasificados hoy se replica en publicaciones web y redes sociales, donde los delincuentes ofrecen casas y departamentos en destinos turísticos (costa argentina, Punta del Este, Chile, etc.) que sí existen, pero que no están realmente disponibles para alquilar.
Utilizando fotos auténticas de inmobiliarias o directamente tomadas de la web, crean perfiles falsos en redes sociales como Instagram o Facebook Marketplace, donde ofrecen alquileres a precios muy tentadores. La maniobra suele cerrarse con un pedido de seña, que puede rondar los 200 y 300 dólares, o directamente el 50% del valor total.
El engaño recién se revela al llegar al destino, cuando el turista descubre que la propiedad nunca estuvo en alquiler o, en el peor de los casos, ni siquiera existe. El resultado es doblemente doloroso, ya que no solo se pierde el dinero, sino que también se queda sin lugar donde hospedarse. Este tipo de fraude está tan extendido que, en enero de 2025, figuró entre las cuatro estafas más denunciadas en Argentina, según datos de la Unidad Fiscal Especializada en Ciberdelincuencia (UFECI).
En algunos casos, los estafadores crean sitios web falsos de inmobiliarias legítimas, aumentando la credibilidad del engaño y haciéndolo más difícil de detectar. Aprovechando las herramientas de IA disponibles, pueden editar y modificar imágenes de propiedades para mostrar interiores lujosos, agregar vistas al mar que nunca existieron o incluso generar directamente fotos completamente falsas. Todo está pensado para construir una ficción creíble, en la que la mentira se confunde con la realidad.
En los últimos años, los pagos digitales se volvieron parte del paisaje cotidiano en la región, donde prácticamente han desplazado al efectivo. Billeteras virtuales, transferencias instantáneas, pagos con QR o sin contacto pasaron de ser una alternativa para convertirse en la norma. En playas, balnearios y destinos turísticos en general, la comodidad de pagar directamente con el celular, sin siquiera sacar la billetera del bolsillo, es indiscutible, incluso en otro país como Brasil, a través de sistemas como Pix. El problema es que esta misma velocidad y conveniencia, combinadas con la distracción propia de las vacaciones, abrieron la puerta a una nueva generación de fraudes.
En las costas brasileñas, el “Golpe da Maquininha” se convirtió este verano en la estafa más frecuente. Se trata de una maniobra simple y bastante rudimentaria, pero sumamente eficaz, asociada en su mayoría a vendedores ambulantes que se mueven por las playas y zonas turísticas.
El engaño ocurre en segundos. Al pagar con su teléfono o tarjeta sin contacto un producto de bajo valor -como un queso a la parrilla o una bebida- el turista es distraído momentáneamente por el vendedor o un cómplice. En ese instante, el comerciante carga o modifica rápidamente el monto en el posnet, agregando uno o más ceros al importe acordado.
El estafador desaparece de inmediato con un “obrigado”, y el error recién se detecta más tarde. Así, alguien que esperó pagar 20 reales por una caipirinha al paso en Copacabana puede terminar pagando 200 o 2.000 reales sin notarlo. Hace apenas unos días, se viralizó el caso de un turista argentino en Ipanema que terminó pagando 19.000 reales (unos 3.400 dólares) por un paquete de cigarrillos debido a esta maniobra. El mecanismo es burdo, pero funciona. Y no es exclusivo de Brasil.
Lo preocupante de este tipo de engaños es que no requieren ningún hackeo sofisticado ni conocimientos técnicos avanzados, sino que se apoyan en algo mucho más básico, como la confianza y la relajación del veraneante. Tampoco se trata de casos aislados, de hecho, especialistas en ciberseguridad advierten que, durante la temporada alta, los fraudes vinculados a billeteras virtuales se multiplican también en Argentina y otros destinos turísticos de la región.
Ese escenario explica por qué uno de los métodos que más creció este verano es el de la falsificación de códigos QR. En esta maniobra, los estafadores reemplazan el QR legítimo por uno falso, colocado encima del original del local. Puede ser en la barra de un parador, en la carta de un bar o incluso pegado en una sombrilla. El cliente escanea, paga y recibe la confirmación en su celular, pero el dinero nunca llega al vendedor correcto, sino directamente a la cuenta del estafador. En muchos casos el fraude recién se detecta cuando el comerciante reclama un consumo que para el sistema, figura como impago.
Como suele suceder en la mayoría de los casos, el problema no es la tecnología, sino el contexto en el que se utiliza. Las vacaciones invitan, casi sin darnos cuenta, a bajar la guardia y asumir que nada malo va a pasar, precisamente porque se supone que es un tiempo de descanso y libre de preocupaciones. La paradoja es que, justamente, ese estado de relajación tan esperado termina siendo el activo más valioso para los estafadores. El verano es, al fin y al cabo, la época perfecta para desconectarse del estrés, pero nunca del sentido común.