Si abriste Instagram por estos días, es probable que te cruces con más de una cara conocida convertida en protagonista de los años 80. Flequillos enormes, pelo con mucho volumen, jeans con lavado ácido, colores estridentes y una estética digna de una película de la época. Sucede que, el nuevo trend de la red social, transforma selfies actuales en retratos vintage gracias a la inteligencia artificial (IA).
Como suele pasar con estas tendencias, la fórmula es sencilla. Se sube una foto, una indicación y, tras unos segundos de espera, se obtiene una versión retro de uno mismo. El resultado rápidamente se comparte en historias, publicaciones y grupos de amigos, mientras el feed se convierte, casi de un momento a otro, en una cápsula del tiempo.
Pero, detrás de ese juego aparentemente inocente, cada imagen generada por inteligencia artificial requiere potencia de cómputo. Eso significa que los centros de datos que procesan estas solicitudes necesitan grandes cantidades de electricidad y sistemas de refrigeración para mantener funcionando sus equipos.
El impacto tampoco termina en el consumo energético. La infraestructura que sostiene la IA también demanda agua para refrigerar los servidores y utiliza hardware que requiere minerales, semiconductores y otros recursos para su fabricación. Es decir, aquello que parece ocurrir “en la nube” tiene, en realidad, una infraestructura física enorme detrás.
El problema no está necesariamente en generar una única imagen. El verdadero desafío aparece cuando millones de personas hacen lo mismo y, además, crean varias versiones de una misma foto hasta encontrar la que más les gusta. Las tendencias virales pueden multiplicar rápidamente la cantidad de solicitudes y, con ellas, el consumo de recursos.
Por eso, el nuevo furor por las selfies ochentosas también abre una pregunta incómoda: ¿cuánto de lo que generamos con IA realmente necesitamos? No se trata de abandonar la herramienta ni de convertir cada filtro en un problema ambiental, sino de empezar a pensar que incluso una imagen que desaparece de las historias después de 24 horas tuvo un costo real detrás de la pantalla.
El trend de los 80 probablemente sea reemplazado pronto por otro filtro, otra estética o alguna nueva obsesión viral. Pero mientras las modas digitales cambian a toda velocidad, los centros de datos que hacen posible esa magia continúan funcionando. Y quizás la próxima vez que el algoritmo nos invite a crear 20 versiones de nosotros mismos, valga la pena preguntarnos si realmente necesitamos todas.
Fuente: GQ.