Diego Sperandio me llamó un día porque quería hacer un libro sobre su vida. Le habían encontrado una pelota en la cabeza y tenía ganas de contar. Historias le sobraban. Lo que había cambiado era el apuro. 

Hasta entonces, el fútbol le había ocupado buena parte de la cabeza sin necesidad de una tomografía. Ahora había aparecido un meningioma de seis centímetros. Y con él, unas cuantas preguntas que no se resolvían tirando la pelota afuera.

Estaba en Río de Janeiro con Laura, su mujer. Habían ido a ver a Lady Gaga en Copacabana, cuatro días sin los chicos. Después del recital, en el hotel, una mano empezó a moverse sola. Vinieron las convulsiones, el hospital y una conversación con médicos que hablaban portugués. Una empleada de la conserjería les tradujo por videollamada la noticia del tumor. La chica lloraba.

Diego quería volver a Rosario. Ver a sus hijos. Operarse cerca de los suyos. Y después, cuando pudo empezar a ordenar lo que le había pasado, escribir.

Así nació Una pelota en la cabeza. Quien abra el libro va a encontrar a un hombre tratando de entender su vida, con una saludable costumbre: cuando hay que repartir, empieza por él.

No se adjudica una carrera que no tuvo. No le echa toda la culpa al técnico que lo dejó afuera. Tampoco disimula que muchas veces tuvo más entusiasmo para salir de noche que para volver a marcar.

Jugó en las inferiores de Central, pasó por Lanús, probó suerte en México y recorrió ligas de pueblos. Conoció a jugadores que llegaron lejísimos. Él encontró una definición para su propio recorrido: “Yo soy un extra del fútbol”.

Un extra que estuvo cerca, miró y escuchó. Y que ahora tiene unas cuantas cosas para contar de los protagonistas.

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El campeón también corta el pasto

Ricardo Giusti se sube a un tractor y corta el césped de Sportivo Albarellos. Después llegan los amigos, juegan y comen un asado. El mismo que disputó la final de México 86 prepara la cancha para el partido de la semana.
Diego lo carga con una cuenta pendiente: campeón del mundo, sí. Pero nunca campeón en su pueblo. En esa conversación, haber levantado la copa al lado de Maradona no alcanza para cerrar la discusión.

Hay una historia que explica ese mundo mejor que cualquier descripción. Después del Mundial, Albarellos tenía apenas dos teléfonos. Una noche, Bilardo llamó a la casa de una vecina porque quería hablar con Giusti.

La mujer no entendió demasiado. Su marido tomó el tubo, reconoció al entrenador y salió en bicicleta a buscar al jugador.

Bilardo quedó esperando en línea.

Había que encontrar a un campeón mundial y la solución era pedalear hasta donde estuviera. Sin ubicación en tiempo real, sin representante de por medio. Un vecino, una bicicleta y el técnico de la selección colgado del teléfono.

Ese es uno de los territorios del libro. El fútbol que vuelve al pueblo, se sienta a tomar café y sigue discutiendo el partido del domingo. Allí los antecedentes internacionales se respetan, pero tampoco conviene agrandarse.
Sperandio conoce las reglas. Después de perder un clásico hay que cruzarse con el gomero, el comerciante y el vecino que lo vio crecer. Todos tienen una corrección táctica.

Todos habían visto al nueve entrando solo. Y ninguno piensa guardárselo.

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El talento y las otras ganas

En Coronel Bogado, Diego creció entre la pelota, los fideos de la abuela y una familia que tenía historias propias para aportar. Su tío Daniel fue campeón mundial juvenil con Maradona en 1979. El fútbol estaba en la mesa bastante antes de que él pudiera decidir de qué quería hablar.

A los doce años quedó en Central. Llegar a entrenar exigía combinar escuela, viajes, colectivos y caminatas. En la Ciudad Deportiva lo formaron entrenadores como el Patón Bauza, el Camello Di Leo y el Chiquilín García.

Tenía condiciones. También tenía distracciones.

El libro vuelve sobre esa distancia entre lo que uno puede hacer y lo que está dispuesto a hacer todos los días. Diego no arma una defensa. Reconoce la buena pegada, la facilidad para un pase largo y la falta de voluntad para algunos sacrificios. Deja bastante poco trabajo para el fiscal.

Compartió entrenamientos con el Equi González, Mauro Marchano y Javier Muñoz Mustafá. Viajó a Europa siendo un chico. Después vino México: partidos que todavía recuerda con orgullo, entrenadores que confiaron en él, problemas con el pase y una aventura que terminó incluyendo trabajos de publicidad.

Había ido a jugar al fútbol. La vida le fue cambiando el contrato.

En las ligas del interior tampoco faltaron episodios para revisar el currículum. Entre sus antecedentes hay una emboquillada memorable sobre un arquero. El problema era que se trataba del suyo.

Sperandio cuenta esas cosas sin pedir que le tengan lástima. Y esa disposición permite acompañarlo cuando deja de hacerse el gracioso.

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Pomelo, el tío y los que llegaron

Arsenio Ribeca ocupa un lugar especial. Para Diego, los dos mejores son Maradona y Pomelo. No parece una clasificación abierta a debate.

Campeón con Newell’s, jugador de Unión, ídolo en Monterrey. Todo eso fue Ribeca. Pero también fue un hombre al que el pueblo le tiraba más de lo que aconsejaba una carrera profesional.

En el libro hay un partido contra Boca, una marca sobre Osvaldo Potente y un compromiso futbolístico en J. B. Molina que se superponía con el trabajo. Pomelo tuvo que decidir qué hacer. La respuesta explica bastante de él.

Su tío Daniel aporta otra manera de recorrer la historia grande desde adentro: la llegada a la selección juvenil, la lesión antes del Mundial de Japón, el acompañamiento de Menotti y las amistades que siguieron después. También lo que significa enfrentar a Maradona sabiendo que los amigos del pueblo están en la tribuna, listos para recordar cualquier humillación durante décadas.

Aparecen el Chelito Delgado, Emiliano Papa y Muñoz Mustafá. Diego los conoce, los escucha y les pregunta. Le interesa qué siente un chico de pueblo cuando termina compartiendo una cancha con los mejores del mundo. Y qué pasa después, cuando ya no están las cámaras, pero sigue habiendo un partido que ganar.

Con el Chelito, ese impulso llega hasta los torneos de GER. Jugar contra amateurs no le quitó las ganas de hacer un golazo. Lo que vino después fue una discusión doméstica que merece quedar en las páginas del libro.

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La vida también jugaba

Mientras tanto, estaba la familia. El corralón de su padre quebró y la casa donde había crecido llegó a remate. Diego volvió de México a una Argentina que salía de la crisis de 2001 como podía. Los ahorros de futbolista tuvieron un destino bastante distinto del imaginado.

En ese tramo aparecen las Mujeres en Lucha, los amigos y la ayuda concreta. También un padre sin cobertura médica y una identidad prestada que dio lugar a una escena que conviene leer completa. Hay momentos en los que la angustia y la risa están mucho más cerca de lo que parece.

Sperandio tampoco esconde recuerdos incómodos. Un rival lesionado, un pedido de ayuda que no pudo atender y una culpa que no se fue con el final del partido.

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Ahí el recorrido gana espesor. A las macanas que ahora hacen reír se suman las decisiones que todavía pesan.

Después viene dejar de jugar. Descubrir cuánto espacio ocupaban los entrenamientos y qué hacer con todas esas horas. Probar con la representación de futbolistas. Aprender a esperar a un dirigente en un hotel y comprobar que un acuerdo de palabra puede durar menos que el viaje para firmarlo.

Quedan los torneos de veteranos, con sus personajes. Uno de ellos tiene un conflicto entre la fe religiosa y su forma de marcar. En Pujato, en cambio, el problema adquiere dimensiones colectivas: una supuesta maldición de Erausquin lleva a unos hinchas hasta el cementerio. El fútbol de los pueblos tiene recursos que todavía no figuran en los cursos de entrenador.