Los referentes del Frente de Liberados de Rosario, Jesús Romano y Fernando “Pacha” Braidotti, cuentan cómo fue salir de la trampa que propone la cárcel al dividir solo entre “chorros o narcos”, repasan la pelea que dieron para pensarse como “trabajadores” y aseguran que cada “pibe que labura acá es una política de seguridad”.

Después de mostrar las distintas unidades productivas de la organización que contiene, capacita y genera empleo para personas que recuperan la libertad (ver crónica aparte), Jesús y Pacha se sientan en una mesa junto a María Chiponi, la docente del taller de Comunicación en donde nació la cooperativa textil Ziza hace diez años, y responden a Rosario3 una pregunta básica: ¿para qué sirve un espacio así?

“Con el diario del lunes yo te digo que a mí me salvó la vida conocer a los compañeros de la universidad y a los que venían de otros pabellones. Doy gracias a Dios de que coincidí con una camada de pibes que pensábamos lo mismo: que el trabajo nos iba a salvar”, dice Jesús sobre aquel grupo de internos de la Unidad 6.

Además, destaca que las familias fueron a la cárcel para compartir la formación de cooperativismo: “Creo que no sucedió algo así en otros penales, que los familiares puedan entrar para capacitarse”. Jesús fue elegido presidente de la cooperativa y entonces el que asumió ese cargo de manera formal en la primera comisión fue su padre.

“Al estar la familia involucrada, uno cuida más el espacio, piensa más qué hacer y qué no”, recomienda casi como una guía para otras experiencias.

Pacha lo escucha y coincide: él salió de la cárcel y volvió, a los pocos años, pero como un tallerista de música, un trabajador de la cultura. “A veces nos ponemos a hablar y no reconozco a mi yo de antes. Siento que el Frente sirve para eso, para cambiar. Las estadísticas de reincidencia que tenemos de esa camada también hablan de que esto sirve”, sostiene.

“Cambia la vida de las familias enteras, porque siempre pasa eso: hay un detenido o una detenida y las familias atrás. Es importante que las personas tengan la oportunidad, sobre todo quienes no la tienen tan fácil”, dice y agrega: “Porque la cárcel está llena de pobres. No te cruzas con gente de la clase alta o de buena vida. Mayormente, son pibes no tuvieron la misma suerte, que no pueden pagar una fianza o arreglar para salir”.

Fernando “Pacha” Braidotti (Alan Monzón/Rosario3).
Fernando “Pacha” Braidotti (Alan Monzón/Rosario3).

“Nosotros creamos un espacio de contención, primero, y después de laburo porque estamos en un mundo capitalista que te corre: si no tenés plata no comés. Siempre se construyó desde la necesidad”, profundiza. En ese punto, aclara: “El Frente de Liberados no es una empresa que da trabajo. Hay un pibe que no tiene laburo hoy y viene acá, comemos algo y le damos una mano; y así van pasando las cosas”.

Jesús se apoya en los resultados: a más programas de reinserción social y laboral, menos reincidencia entre quienes participan. “Vos ves a un pibe laburando acá y es uno menos que está pensando a quién rastrear, a quién robar o a quién venderle droga. Un pibe pensando en capacitarse en barbería o en salir a paquetear para Ziza sirve como política de seguridad”.

“Defender derechos no es justificar delitos”

 

No solo el Frente de Liberados creció en estos años. Aquel primer taller en que Jesús, Pacha y otros empezaron a pensar en una cooperativa, entre los años 2016 y 2017, era un espacio de Comunicación coordinado por María Chiponi y Mauricio Manchado, parte del área de Extensión de la Facultad de Ciencias Políticas (UNR). De la necesidad de pensar mejores políticas de formación, surgió la Dirección Socioeducativa en Contextos de Encierro dentro de la Universidad, espacio que no existía.

Como docente y militante de los derechos humanos, Chiponi habla del “diálogo de saberes” y de un “encuentro muy potente con distintos roles” para describir esa unión entre la academia, las personas privadas de libertad y un colectivo de activistas y artistas.

María Chiponi, atrás de Jesús, en la cooperativa Ziza (Alan Monzón/Rosario3).
María Chiponi, atrás de Jesús, en la cooperativa Ziza (Alan Monzón/Rosario3).

“El taller de Comunicación en ese momento nos dio un marco, una posibilidad de encontrarnos en un contexto como la cárcel, que está atravesada por muchas vulneraciones. Además, tiene lógicas que no tienden a generar procesos colectivos, sino a individualizar”, contrapone sobre el origen de Ziza, la primera cooperativa de presos de Santa Fe con matrícula y la segunda a nivel nacional (después de Kabrones de Fecotra).

“El desafío –sigue– fue pensar: ¿qué pasa después de la cárcel? Y no solamente cómo estos talleres pueden reducir el sufrimiento del encierro. Cuando decimos esto, y es importante aclararlo, no justifica en lo más mínimo los motivos por los cuales las personas llegan a estar detenidas. No se justifican los delitos. En el campo de los derechos humanos necesitamos dar esta discusión porque pareciera que defender los derechos está ligado a una idea de defender los delitos. No tiene que ver con eso, sino con cómo pensamos condiciones para responsabilizarnos sobre lo que sucede”.

La lupa en el tiempo

 

En aquellos años de formación del grupo de Ziza, las capacitaciones del Nueva Oportunidad todavía no estaban en todas las cárceles. “El programa arranca en 2013 con 300 pibes de 15 barrios de la ciudad. En 2014 empezamos en el exIrar (instituto para menores), no con mayores. A partir de 2015, el Nueva se provincializa y en 2016 comenzamos a llegar a distintas unidades penitenciarias”, recuerda Luciano Vigoni, entonces director de esa política pública.

“Para 2019 –completa–, terminamos trabajando en todas las unidades con un modelo de cogestión junto a organizaciones, como la Bemba del Sur, Extensión de la UNR, Mujeres tras las rejas o Programa Andrés, en Rosario. Laburamos sobre todo con el egreso, seis meses antes de la libertad".

A pesar de esa evolución –se crearon talleres para 400 beneficiarios en todos los penales y este año la población alcanzada por los distintos programas sociales subió a mil–, los porcentajes siguen siendo bajos frente al universo penitenciario de cerca de 12 mil personas en Santa Fe. Vigoni se detiene entonces en un aspecto que sigue fuera del debate: "Tal vez uno de los pensamientos más ingenuos de nuestra época sea creer que encerrar personas durante años, hacinarlas y someterlas a largos períodos de inactividad puede producir, por sí mismo, menos violencia”.

"La cárcel, como la vida, está hecha fundamentalmente de tiempo. Horas, días y años. El tiempo ocioso prolongado, la ausencia de responsabilidades, la pérdida de autonomía y una convivencia organizada alrededor de la supervivencia deterioran capacidades que después exigimos inmediatamente cuando una persona recupera la libertad”, explica.

"¿Qué tiene de realista pensar que una persona puede permanecer durante años hacinada, inactiva, expuesta a múltiples violencias y debilitando sus vínculos con el afuera, y que simplemente por el paso del tiempo saldrá en mejores condiciones para vivir en sociedad?", plantea como desafío abierto.