Once años después del primer grito colectivo, la marcha de este 3 de junio volvió a reunir a miles de personas en Rosario porque la violencia de género continúa siendo una emergencia sin resolver. Sin embargo, hay una diferencia sustancial respecto de aquella convocatoria de 2015: hoy existe una generación entera que nació y creció con Ni Una Menos como parte de su realidad.
Son chicas y chicos que no recuerdan el impacto inicial del movimiento porque llegaron después. Pero crecieron escuchando hablar de femicidios, acompañando marchas, viendo pañuelos violetas en mochilas y aulas, participando de debates sobre igualdad y aprendiendo a nombrar situaciones que durante décadas permanecieron ocultas.
Olivia es una de ellos. Tenía apenas unos meses cuando se realizó la primera marcha de Ni Una Menos. Y este martes volvió a la plaza. Ya no en cochecito, sino caminando junto a su mamá. Tiene once años y asegura que mucho de lo que sabe sobre violencia de género y derechos lo aprendió en su casa. Al ser consultada sobre por qué decidió participar de la movilización, responde con una certeza que desarma cualquier idea de distancia generacional: “Porque en Argentina cada 31 horas un hombre mata a una chica”.
A pocos metros, un grupo de adolescentes ensaya una coreografía mientras otras graban un TikTok. Tienen entre 16 y 18 años. No llevan carteles ni glitter en la cara, pero cuando hablan del motivo que las llevó hasta la Plaza 25 de Mayo coinciden en algo esencial: “Algo tiene que cambiar porque a las mujeres las matan por ser mujeres”.
En otro sector está Victoria, de 12 años, junto a Elena, de 9, y Blanca, también de 12; sostienen una cartulina que dice: “Marcho hoy para no morir mañana”. Las acompañan sus mamás, aunque ellas aclaran que también hablan de estos temas en la escuela. “Las seños nos enseñan sobre los derechos y sobre la violencia de género”, cuentan. Cuando Rosario3 les pregunta si sienten miedo, la respuesta aparece sin vueltas. “Sí” y explican que no suelen salir solas y que, cuando alguna vez tienen que volver por su cuenta desde la escuela, lo hacen con precaución “porque pasan muchas cosas”.
La misma preocupación atraviesa a un grupo de amigas de entre 18 y 20 años. Para ellas, avisar cuando llegan a sus casas ya es una rutina. También compartir la ubicación en tiempo real entre todas. No lo consideran una exageración sino una medida básica de cuidado.
Además, están cansadas de explicarle a muchos adultos - incluso con quienes conviven - que las mujeres no son responsables de sus muertes. Y dicen que tras el femicidio de Agostina Vega, ese discurso volvió a tener protagonismo en la escena pública. Tal vez por ese mismo motivo, si sufren alguna situación de “relación tóxica”, “abuso” o “violencia psicológica” se lo cuentan entre ellas primero y después a profesores o padres.
Y más allá de la crueldad que manifiestan sufrir en redes sociales, coinciden que el acoso está en el podio de la violencia. La respuesta se repite entre distintos grupos de adolescentes dispersos por la plaza. Cambian los barrios, las edades, las historias familiares y las ideologías, pero la percepción es compartida.
Mientras tanto, la Plaza 25 de Mayo se transforma. Llegan organizaciones sociales, sindicatos, agrupaciones feministas, familias enteras. Los bombos comienzan a sonar. Las pancartas se multiplican. Los rostros de las más de tres mil mujeres asesinadas por la violencia machista en estos años vuelven a ocupar el espacio público y a recordar que detrás de cada nombre existe una historia interrumpida.
En medio de esa multitud, las infancias y adolescencias empiezan a hacerse más visibles. Están en grupos de amigas, con compañeros de escuela, con sus madres, sus papás o por cuenta propia. Sacan fotos, bailan, conversan, cantan. Y cuando hablan del movimiento, no lo hacen como algo ajeno. Lo sienten propio porque todos conocen a al menos una mujer que atravesó una situación violenta pero que pudo contarlo y ahí radica para ellos la diferencia principal entre aquel 2015 y este miércoles, el silencio no los identifica.
Ellos crecieron en una sociedad donde todavía persisten muchas violencias, pero también en una donde existen más herramientas para identificarlas, denunciarlas y discutirlas. No separan la lucha de género de otros debates sociales. Hablan de participación ciudadana, de derechos, de la necesidad de que los adultos escuchen más y estén dispuestos a revisar certezas para comprender el presente que habitan las nuevas generaciones.
Cuando la movilización avanza por calle Santa Fe, entre las columnas están ellos, con pelos teñidos, remeras grandes, aritos, cámaras analógicas. Se abrazan, sacan una selfie, y ellas cantan. “Somos las nietas de todas las brujas que nunca pudieron quemar”.
A su alrededor, muchas de esas mujeres que empujaron los debates durante años observan la escena con lágrimas en los ojos. Tal vez porque entienden algo que resulta imposible ignorar. Las niñas y adolescentes que hoy marchan nacieron cuando Ni Una Menos ya existía. No recuerdan el femicidio de Chiara Páez ni la conmoción de aquella primera convocatoria. No conocieron un mundo sin estos debates. Pero heredaron una lucha. Una lucha construida por madres, abuelas, docentes, periodistas, amigas y vecinas que se negaron a aceptar el miedo como destino. Y once años después, esa herencia camina sola.
La defienden, la discuten, la actualizan y la hacen crecer porque saben que todavía falta y que a más de una década del primer grito colectivo, el reclamo sigue siendo el mismo: vivir sin miedo a morir.



