El último julio, el periodista y crítico musical Diego Fisherman publicó Hoy desperté cantando esta canción. Canciones populares de una historia argentina (Penguin Random House), un libro/ensayo playlist integrado por 78 temas musicales y cuatro discos de distintos géneros que comprenden un arco de tiempo que va del inicial “Mi noche triste” (1916), de Samuel Castriota y Pascual Contursi, hasta “La pelícana y el androide” (1986/2024), de Luis Alberto Spinetta y Charly García.
Si bien el libro respeta un orden cronológico, y es casi un siglo, los 79 capítulos –sin contar “Obertura” y “Final”–, no responden al patrón “de una canción por año” como así tampoco al de “una canción por capítulo”.
Un arreglo, el “valor” de una composición en un contexto histórico determinado, una letra, la historia que empujó esa pieza o una ruptura artística en un género musical, entre otros disparadores, hacen que la prosa de Fisherman organice una estructura personal, a la par que se ubica al “gusto propio” por detrás de la premisa “canciones populares de una historia argentina”.
En esa línea, los capítulos también parten de una o más versiones de un mismo tema. Pasa que el denominador común en todos los apartados es la interpretación, esa “condición” que caracteriza a la música de tradición popular que, a diferencia de la académica, “no está completa".
El libro es «una» historia argentina, como dice el subtítulo, que se forma como un mosaico a través de variaciones sobre canciones populares y miradas”
“Es una lista posible. Lo ideal sería que lleve a quien lea este libro a discutirla, a hacer otras y preguntarse por qué esta canción sí y esta otra, no. No busqué hacer un libro sobre «las canciones que fueron importantes para la sociedad», aunque algunas lo hayan sido, sino «una» historia argentina, como dice el subtítulo, que se forma como un mosaico a través de variaciones sobre canciones populares y miradas”, explicó Diego Fisherman en la charla telefónica con Rosario3.
El también autor de Efecto Beethoven. Complejidad y valor en la música de tradición popular, Escrito sobre música, Después de la música. El siglo XX y más allá y El sonido de los sueños sostuvo que la formación musical ocurre “en determinado momento” y lo que sigue es “un trabajo profesional” alejado del oído del fan.
A veces, lo que nos que llama la atención es el texto, en otras, la relación del texto con la música o lo que pasó alrededor de la canción.”
En el diálogo, el ganador del Premio Konex de Platino 2017 avanzó sobre los cambios que plataformas y tecnologías han introducido en el proceso de producción, distribución y consumo de un bien cultural: “La música no ocupa el lugar identitario que tuvo en los 50 y los 80. Socialmente, no está la misma libido. (…) Hoy, la cultura no da prestigio”.
Sin embargo, respecto del futuro de la canción popular y este nuevo escenario, el crítico advirtió que pese a que “las tecnologías se salen con la suya, el ser siempre encuentra maneras de expresarse a partir de allí”.
Escribir sobre canciones
“El libro surgió de muchas maneras distintas que confluyeron en algún momento. Me parece que toda persona que escucha música tiene sus listas en la cabeza, y aquellos que escribimos siempre pensamos en hacer algo con eso. A eso se sumó la «invitación a escribir» de Juan Ignacio Boido, director editorial de Penguin Random House", detalló Fisherman sobre el origen de Hoy desperté cantando esta canción.
El punto de partida “era hacer una canción por año y cubrir un siglo”, pero el impulso empezó a fracasar a medida que el autor se topaba con años en los que “pasaba demasiado" y otros que no merecían la misma atención. "En 1968, 1969, 1979, 1980 o 1982 hubo una explosión creativa impresionante. Liberarme de eso fue lo que me permitió seguir con el libro. Por otra parte, cada canción requería un abordaje propio. A veces, lo que nos que llama la atención es el texto, en otras, la relación del texto con la música o lo que pasó alrededor de la canción. No busqué hacer un libro sobre «las canciones que fueron más importantes para la sociedad», aunque algunas lo hayan sido. Tampoco busqué hacer un libro con canciones que reflejaran un momento particular de la Historia. Las canciones golpeaban a la puerta. Algunas entraban por un motivo y otras, por otro”.
A veces, los amigos te dicen: «Escuchaste mal, prestale atención a tal cosa». Esa es la ventaja de los amigos sobre los algoritmos que te recomiendan sobre tus propias elecciones.”
—En algún momento, el criterio de selección multívoco te debe haber desbordado: ¿qué sostuvo a las canciones que se quedaron?
—Insisto, según cada caso. En algunas, no hubo duda. Por ejemplo, “El rancho e' la Cambicha” es la canción que permite hablar de la migración interna en Buenos Aires, como también ocurre con “Cachito campeón de Corrientes” y la industrialización durante el primer gobierno peronista. Mujeres argentinas (Mercedes Sosa) o Del '63 (Fito Páez) son discos que podrían haber estado completos…. ¿Es “Cachito” la canción más famosa de León Gieco? No, pero “Sólo le pido a Dios” no me permitía hablar de un “Cachito” y su contexto. Tampoco es que todo fue una elucubración tan diseñada. A veces, me aparecía algo mientras investigaba o reescuchaba un disco.
—Mencionaste Del 63. En el libro, hay un capítulo dedicado Tiempos difíciles, el primer disco de Juan Carlos Baglietto y deslizás la idea de “cierto redescubrimiento posterior a la salida”. ¿Te pasó con algún otro artista o álbum?
—Cuando era más joven, hacía música en un grupo y tenía una posición mucho más militante por cierto tipo de canciones o de música. Eso hacía que me perdiera otras cosas. Con Tiempos difíciles me pasó que esa cosa tan teatral de Baglietto me parecía exagerada. A la admirabilidad de su disco y su atipicidad respecto a la canción argentina de ese momento, la fui descubriendo de a poco. A veces, los amigos te dicen: «Escuchaste mal, prestale atención a tal cosa». Esa es la ventaja de los amigos sobre los algoritmos, que te recomiendan sobre tus propias elecciones. Un amigo lo hace a partir de las suyas. Me pasó con Los Redondos. A partir de la valoración de mi hija, particularmente, empecé a escuchar, las letras, las originalidades en la música y los detalles.
Uno se forma en determinado momento. Después, es un trabajo profesional. Me sigo obligando a escuchar cosas nuevas que no conozco, pero no es lo mismo que cuando preguntaba todos los días si había salido un disco.”
—¿Cómo juega lo generacional en gusto?
—No se puede ocultar. Uno se forma en determinado momento. Después, es un trabajo profesional. Me sigo obligando a escuchar cosas nuevas que no conozco, pero no es lo mismo que cuando preguntaba todos los días si había salido un disco. La relación es distinta con los objetos artísticos. Hay muchas personas que saben más de tango, de rock, o de folklore que yo, pero esa distancia me permitió escribir desde un lugar cariñoso sin ser el fan. En ese punto, mi desventaja podría ser una ventaja: escuchar desde un lugar no digo desapasionado, pero sí menos prendado, más atento. Cuando sos fan, te podés enojar muchísimo con el artista. Eso, por suerte, no me pasa más.
—¿Por qué en algunos capítulos hay más de una versión de una misma canción o dos canciones?
—La música de tradición popular cumple funciones ligadas a lo que consideramos arte. Es decir, cierta acción desinteresada en la obra. Hegel decía que el arte aparecía cuando moría el ritual. Hoy diría que las funciones se van superponiendo. Cuando las canciones cumplen una función más inmediata, se escuchan de una manera, y con el tiempo, de otra. Si bien la canción es la misma, cambia el foco. Hay expresiones artísticas que, en un momento, no funcionan como arte y un tiempo después, sí. Por ejemplo, las canciones de la Guerra Civil Española. Más allá de las discusiones sobre si «la única música profunda es la clásica» o si «la popular» es la «verdaderamente expresiva», la línea divisoria está en la interpretación.
Cuando las canciones cumplen una función más inmediata, se escuchan de una manera, y con el tiempo, de otra. Si bien la canción es la misma, cambia el foco.”
—¿Por qué?
—En la música académica, la obra ya está completa en la partitura antes de ser ejecutada. En cambio, si tomás “La cumparsita“, de Firpo, de Troilo, de D'Arienzo o de Piazzolla, son obras totalmente diferentes. Ocurre también en el jazz. En el caso de “My Funny Valentine”, pensás en la versión de Miles Davis, Chet Baker o Keith Jarrett y no parecen la misma obra no porque cambien las notas, sino porque en la música popular, la interpretación es parte de la obra.
—¿Qué encierra el adjetivo «popular» en esta selección?
—En realidad, uno tendría que decir «canciones de tradición popular» porque no necesariamente tienen el mismo grado de elaboración ni el mismo tipo de funcionalidad. Hay letras muy directas y letras muy elaboradas, como “Zamba del pañuelo”, que parece un poema del Siglo de Oro español. También pasa con las músicas y la elaboración instrumental. Además, el término «popular» es conflictivo. No estamos hablando de popularidad. “Anastasia querida”, de Nacha Guevara, no es popular. Tampoco lo es “A estos hombres tristes”, de Almendra. La palabra «popular» define al tipo de canción que parte de géneros populares. Pero los niveles de elaboración y autoconciencia cambian. Claro que también entran el gusto y la ideología estética.
¿Qué va a ser la canción dentro de diez años? No lo sé. Hoy tiendo a pensar que el momento de oro pasó, pero porque se consume de otra manera.”
—¿Cómo ves el futuro de esta música de tradición popular? ¿Crees que los algoritmos se van a salir con la suya?
—No puedo hacer futurología. Mi experiencia con la creación humana es que las tecnologías se salen con la suya. Después, el ser siempre encuentra maneras de expresarse a partir de allí. ¿Qué va a ser la canción dentro de diez años? No lo sé. Probablemente, algo muy distinto a lo que es ahora, del mismo modo en que cambió con la imprenta o con la posibilidad de escribir duraciones relativas que garanticen la combinación de ritmos. La aparición de instrumentos eléctricos o del micrófono permitió la posibilidad de susurrar para multitudes. Eso, en los años 50, no era natural. Entonces, la tecnología se sale con la suya y el ser humano aprende. Donde veo un cambio importante hoy, es en que la música no ocupa el lugar identitario de los 50 y los 80. Socialmente, no está la misma libido. Eso tiene, entre otras consecuencias, que haya menos canciones geniales, por razones estadísticas. Las condiciones de existencia han cambiado, pero el ser humano sigue inventando cosas. Cambian los formatos, los lugares y las tecnologías. Hoy tiendo a pensar que el momento de oro pasó, pero porque se consume de otra manera.
—El mercado modela el gusto...
—Spotify y etcétera no generan un mercado en el cual pueda sobrevivir el 98 por ciento de los artistas. Taylor Swift sobrevive porque tiene 56 millones de entradas por día, pero un músico rosarino, que a mí me encanta, que es Carlos Casazza, no va a llegar a esa marca. Esa es una dificultad objetiva. Antes, los sellos (discográficos), aunque ganaran poco con cierto repertorio, tenían prestigio. Hoy, la cultura no da prestigio. Ese es un cambio en el ascenso social también. Antes, las maestras decían: «Tenés que aprender a hablar porque si no no vas a llegar a nada». Hoy, está visto que podés llegar fácilmente.



