Dos tipos de supervivencia (Baltasara Editora) ya desde el título nos propone un sentido expandido. Efectivamente hay dos historias, cada una con sus protagonistas —Miguel Torres en el sur de la provincia de Santa Fe y Tadeo Dziubek en la Polonia arrasada por la Segunda Guerra Mundial—, y a su vez se trata de dos modalidades de supervivencia en contextos extremos: estos hombres jóvenes se enfrentan a situaciones donde se juega no solo la vida, sino la condición humana.
Aunque las épocas y los escenarios difieren, ambos relatos tienen un vibrante denominador común, cuyo mérito principal es la capacidad de conmover al lector en sus reverberaciones justo cuando lo que prima es contemplar pasivamente —a través de plataformas, redes sociales y hasta videojuegos— historias fragmentadas, tuneadas, sin anclaje predeterminado, que llegan en formatos estandarizados como sagas a deglutir, a maratonear, entre la autoficción, la ciencia ficción y lo distópico.
En cambio, el libro de Manuel López de Tejada irrumpe con noticias que, si bien ocurrieron en los siglos XIX y XX, generan un vívido efecto de inmediatez. De hecho, están encarnadas por héroes reales que lucharon contra toda clase de adversidades, y éstas no son precisamente producto de la imaginación ni de la inteligencia artificial.
El andamiaje paratextual de agradecimientos, dedicatorias y notas deja entrever que el autor está relacionado con los personajes-protagonistas por cercanía familiar. El quid de la cuestión es que también terminaremos implicados en la lectura de esta obra que, de la biografía a la autobiografía y de la crónica al testimonio, se constituye en un necesario y universal ejercicio de memoria. Estamos en el territorio de la no ficción: lo terrible y lo arduo, lo salvaje y lo inhumano, todo lo que Miguel y Tadeo debieron hacer para no morir, son increíblemente ciertos. Las fotos, las imágenes y otras evidencias gráficas contribuyen a sostener el rasgo documental.
Carolina Lieber advierte en el prólogo que López de Tejada escribe La lanza “con respeto por los hechos, pero no como lo haría un historiador, sino con el pulso de un escritor de oficio. Toma lo real y lo transforma en literatura”.
Lo real es la experiencia de su bisabuelo en el puesto El Bagual, cercano al Fortín Melincué, en la década de 1870 una zona de frontera entre “la civilización y la barbarie” (donde sobre todo los pueblos originarios representan la segunda categoría, según el discurso que articula el poder para ejecutar un genocidio).
Allí Miguel Torres, oriundo de la provincia de Buenos Aires, va a redimensionar los términos de la antinomia mientras intenta por voluntad propia “inventarse un destino” en la intemperie de la ruralidad, aun contra los consejos familiares. Cada día es una aventura y cada aventura se cuenta con intriga, con humor (muchas veces negro), y un léxico capaz de crear un paisaje, un mundo.
En el caso de Tadeo Dziubek, el muchacho que tras ser liberado de un campo de concentración se exilia y termina afincándose en Rosario, el relato es más breve y se circunscribe mayormente a la terrible etapa en la que fue prisionero de los nazis en Polonia. Escrito en primera persona, el texto resulta tan espeluznante como magnético en el sentido del aura que irradia toda autobiografía.
Aquí el autor toma la voz de la víctima, que es al mismo tiempo héroe, en cuanto siempre caminó al borde del abismo y sin embargo logró vencer el trágico destino que le imponía el régimen hitleriano. También en esta narración cada día se transforma en una aventura, que le pone al lector los pelos de punta por sus componentes de espanto y de inusitada resiliencia, mientras que la (e)lección de Tadeo pasa por mantener la firme convicción de vivir. Nuevamente se acusa la sensación de que la prosa fluye, ágil, y urdida con las palabras justas.
Si el planteo inicial fue que las épocas y los escenarios de estos dos tipos de supervivencia eran diversos, pero algo los unía, el factor común podría sintetizarse en una imagen aparentemente secundaria de cada historia. Por un lado, la del joven indígena que tras robar ganado es perseguido por los criollos. Lo tumban del caballo y Torres ordena que no lo maten, pero un paisano, a pesar de que el pampa yace indefenso, lo degüella con su facón al grito de: “¡Bicho dañino!”. Por otra parte, cuando Dziubek es trasladado en tren al campo de concentración Gross Rosen, un soldado nazi se molesta porque un marinero golpea a un joven que sin querer le había apoyado la bota en la cara. El oficial ultima al agresor con su bayoneta y se retira del vagón “como si hubiera aplastado una mosca”.
Tanto Miguel como Tadeo son testigos de estos luctuosos incidentes, donde la clave de la barbarie es la deshumanización, la pérdida de la condición humana de quienes se sienten dueños de la vida y de la muerte al reducir al otro al estatuto de animal, de insecto, cuando en rigor se están animalizando en nombre de una supuesta superioridad, de la mayor de las bajezas. También los lectores debemos elegir cómo sobrevivir a recuerdos que afectaron a poblaciones enteras y se pueden volver, por su crueldad, insoportables; a realidades cuya crueldad hoy también lastima y reclaman no permanecer indiferentes. Si acaso la poesía nos auxilia, resuenan especialmente aquellos versos de Juarroz: “Tal vez sea por esto/ que pensar en un hombre/ se parece a salvarlo”.



