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Otra entrega de la saga sobre el maestro taoísta leninista Vladimir Ilich Tao Tse Tung, que se hace cargo de posibilidades e imposibilidades

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“La libertad es lo que hacés con lo que te hicieron"

Jean Paul Sartre

 

¿Hacemos lo que queremos o lo que podemos? ¿Hacemos lo que deseamos o lo que nos dejan hacer? ¿Somos los arquitectos de nuestro destino? ¿O dejamos nuestro edificio en manos de fuerzas más o menos ocultas que no somos nosotros? 

La libertad, otra vez la libertad. Y el poder sobre nuestras vidas. Hacerse cargo de las decisiones de uno. Y de las imposibilidades. Para, si da, transformarlas. O tratar de transformar el mundo, si es eso lo que nos oprime. No ser siempre el mismo puede ser una muy buena estrategia para el viaje. 

Vladimir Ilich Tao Tse Tung, el maestro que inspira esta columna y a miles de personas en todo el mundo, entendió durante sus años en París que tenía algo por cambiar, algo por descubrir, algo por experimentar. Que siempre tenía que tener eso. 

Estaba activo, en movimiento, con energía. De la Universidad a Le Cairó. De los grandes libros, a las historias de Ernesto Meningway y los chistes del humorista Rob Fontaine Rose en la Mesa de les Galans. Y la belleza, el arte, la pasión, la inspiración, los misterios, el amor. Todo allí, en el paisaje de ese lugar y ese momento, en el que el resto del mundo era una hoguera. 

Pero en medio de esa especie de estado de gracia, de aprendizaje permanente, de vez en cuando algo muy interno, y a la vez intenso, atacaba a Vladimir: sentía que no iba a poder. ¿Qué cosa? Nada. Ni atender como corresponde a los clientes de Le Cairó, ni rendir determinada materia. Mucho menos convertirse en filósofo o conquistar a una mujer como Cocó. 

Man Flay, el hombre que fotografiaba las almas de París, lo escuchó con todas las letras una tarde de julio, cuando le llevó unos retratos que le había hecho en el colectivo Le Montique, mientras iban al suburbio de Les Funes a comer un pollo al disco en una casa de fin de semana que le habían prestado a Ernesto Meningway. 

En la foto se veía a Vladimir solo y serio en el medio de la fila de cinco asientos del fondo del colectivo. Man Flay le pidió a Tao Tse Tung que se mirara con atención en la foto y le dijera qué era lo que veía en su propia alma a través de la imagen: "La idea de que no voy a poder, Man". 

De golpe, el silencioso Vladimir se desnudaba débil ante su amigo. Que enseguida se propuso cambiar la escena. "Vamos; nos vamos, viejo", lo apuró Man Flay, y a los pocos minutos salían de la pensión del barrio Le Pichinch, frente al cabaret La Rose. 

Era una linda noche para caminar. Tomaron la rue Le Callao hasta Saint Lorenz. Y de ahí a Entre Rieus. Man Flay, que tenía plata porque lo habían contratado de fotógrafo para una campaña para el desembarco en París del supermercado de capitales latinoamericanos Carrefrut, invitó una ronda de Menditeguis en la sandwichería de la esquina (Montreaux) y luego cruzaron hasta el Bar Le Sed. 

Había una velada del ciclo Poesía en los Bares y Man Flay creyó que a Tao Tse Tung le iba a venir bien escuchar las penas de otros, esos seres desdichados que escriben lágrimas de tinta y luego van y leen para ver si generan algo de compasión entre el público. Es que el programa incluía al Poeta Más Triste del Mundo, todo un personaje de aquella París de entre guerras, habitada por artistas talentosos, malditos, viciosos, innovadores, volados, y también deprimentes.

 
Leyó el Poeta: 
"Ahogo ya mis penas en vino
golpeado por el invierno parisino
Soy poeta, sé sufrir 
no sólo se trata de vivir 
Los dulces ojos de una nena 
reflejan la tristeza del río Sena 
Por culpa de decir siempre que sí
soy esto que han hecho de mí". 

Vladimir sintió una corriente fría en la espalda y le pidió a su amigo que por favor salieran. Era su noche de franco, pero prefirió ir a unas cuadras de allí, a Le Cairó. En la mesa de Les Galans estaban Fito Gerald, que escribía algo en un cuaderno, y Rob Fontaine Rose, que dibujaba en una servilleta una extraña figura humana con unos pantalones anchos, barba, bigote y pelo desprolijos y vincha, acompañado por un perro flaco al que el humorista bautizó como Mendiet. 

Se sentaron. Vladimir tomó en silencio dos cointreaus. Man Flay le sacaba fotos, Fontaine Rose dibujaba, y Fito Gerald escribía como si nada. Hasta que Tao Tse Tung sacó los ojos del vaso, los fijó en la cámara, y dijo desafiante, a todo volumen, la conclusión que su cabeza había sacado luego de esa guerra de pensamientos que se había desatado en su interior: "Tráiganme al poeta ese que le quiero decir algo. Que quede claro: no soy otra cosa que lo que yo mismo he hecho de mí". 

Man Flay disparó la última foto de la noche, Fito Gerald dejó de escribir, y el humorista Rob Fontaine Rose dijo tres palabras: "Que lo parió". 

La frase de Fontaine Rose le puso el moño exacto a lo que Vladimir sentía: ya sabía qué era lo que quería transmitir. Y no sólo descubrió que iba a poder: pudo. 

Unos minutos después entró a Le Cairó el Poeta Más triste del Mundo. Vladimir pidió champaigne para todos.

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