El pasado 8 de marzo se corrió la vigésima edición de la Maratón de Islas Malvinas 2026. Ganó la argentina Candela Cerrone, una profe de educación física de Pinamar, que enterada de las restricciones que les impusieron a los atletas argentinos (que no llevaran consignas, colores o emblemas que develen su nacionalidad) se entrenó con una idea fija: ganar la carrera.
Cuando Candela llego a la meta exclamo: “¡Por los caídos, por los veteranos, por todos los que estuvieron acá!”. Muy cerca de ella Ariel Stechina, rosarino de 55 años la abrazó al cruzar la meta y entre todos los deportistas argentinos lloraron las lágrimas que el cuerpo aún conservaba después de tanta emoción. Ariel puso sus piernas, sus pulmones, su físico y su compromiso emocional a un recorrido de 42 kilómetros para homenajear también a los héroes de Malvinas. Llegó 12 de 51 corredores, entre argentinos e inclusos soldados británicos que se entrenaban militarmente en la isla.
“Fue una experiencia maravillosa, por momentos costándome hasta un esfuerzo extra, que ya no era físico mientras estaba corriendo, porque tenía que mantener la entereza”, dice mientras se emociona en el relato. “Se me hace difícil pronunciarlo, porque lo recuerdo, lo tengo muy vivo en la piel todavía. El paisaje de Malvinas es realmente fantástico, es realmente muy pero muy bello. Esa entremezcla entre la tierra, lo agreste, lo virgen, el mar, a uno se le viene a la mente todo esto de lo lejano, lo distante, lo solitario, todo eso es cautivante, sí”.
–¿Se llora en Malvinas?
–Sí, totalmente. A mí por momentos me costó mucho la carrera, porque mientras iba corriendo también me rodaban las lágrimas, imaginándome todo lo vivido ahí por nuestros soldados. Pienso mucho en lo que es dar la vida, si consideramos que tiene sentido el para qué de dar la vida, entonces el cómo y el para qué dieron la vida aquellos soldados es muy movilizante. Si, sí, sí, se llora mucho en Malvinas.
–Cuando llegaron a la meta, ¿podían desplegar banderas argentinas?
–Claramente no. Hay mucha sensibilidad en la población con respecto a eso. Cualquier argentino puede ir y transitar las islas, pero no desplegar una bandera argentina como cuando vamos a cualquier otro país y nos tomamos una foto. Con la salvedad del cementerio de Darwin, y así lo hicimos cuando fuimos hacia allá. Fue el único momento, la única situación en la cual desplegamos una bandera argentina y nos tomamos una fotografía.
–¿Cuándo corrías, imaginabas que esos caminos solitarios, como describís, eran los mismos donde habría otra corrida, la de los combatientes?
–Absolutamente. Incluso después, como grupo, conformamos una comitiva donde hicimos caminatas entre los montes, a distintos lugares icónicos de la guerra. Así que imaginate cómo no sentirlo. Por eso digo que tengo muy vivo todo esto. Fuimos a los lugares emblemáticos de la guerra, donde nuestros soldados pelearon con bayoneta cuerpo a cuerpo con los soldados británicos. Fue muy fuerte.
–¿Cómo es para los argentinos la hostilidad kelper?
–Gracias a Dios, no vi muchos carteles donde avisan que el argentino no es bienvenido. Mas allá de eso, el trato, con toda la sensibilidad en la piel entre lo británico o el kelper y el argentino, fue muy bueno. Durante el desarrollo de la carrera, en los puestos de hidratación, había chicos de 10, 12, 14 años, junto a sus padres, con mucha alegría, con mucha algarabía y con muchísimo respeto. Cada vez que pasábamos por ellos les agradecía en inglés, y cruzábamos algunas palabras, mientras nos aplaudían. El clima era ameno y afectuoso, de mucho respeto. Hacer prevalecer la unidad y el acercamiento, de acortar distancias, aunque más no fuese de pronunciar palabra alguna. No alimentar heridas, ni grietas, ni divisiones o contiendas. Eso para mí fue muy, muy, muy fuerte.
La carrera se desarrolló en la localidad propia de Puerto Argentino, siempre sobre asfalto, jamás corriendo pisaron montes o zonas agrestes. Nunca se bajaron del asfalto, del pavimento, del duro hormigón de esas calles. Pendientes, ascendentes y descendentes. El viento frío, el sol secando esas lagrimas que caían entre las imágenes de soldados como fantasmas que abrazaban el corazón de esos corredores. La bandera no flameaba en los mástiles de Puerto Argentino sino en dentro del mismo cuerpo. El combustible para llegar a la meta.
“Se levantó viento al final y empezó a notarse el cansancio. Eso hizo que la carrera, obviamente, fuese bastante más exigente”, grafica Ariel. “El día fue totalmente diáfano. Cielo celeste, sol radiante, ninguna nube, una temperatura más o menos aproximada de 6 grados. Fuimos bendecidos con eso, sinceramente. La pasamos muy, muy, muy bien, porque en ocasiones anteriores ha habido viento muy fuerte, ha habido lluvia persistente”, explicó.
–¿Qué es lo más argentino que te encontraste allí?
–Qué buena pregunta. Bueno, yo no los vi esos carteles anti argentinos ahora. Lo más fuerte fueron las caminatas a los lugares donde estuvieron nuestros soldados combatiendo, haciéndole frente al ejército británico. Ellos lo dieron todo. Allí te podés encontrar proyectiles, cañones, los ponchos, mantas, cantimploras, cinturones. Vimos rastros de papeles, de nylon, de plástico, de pan lactal argentino del tiempo de la guerra. Eso fue muy movilizante. A pesar del esfuerzo británico, no puedo decir que no hay rastros de argentinidad en Malvinas, sino más bien con todo lo contrario.
–¿Qué sería todo lo contrario a la nada argentina?
–Caminando por las calles de Puerto Argentino uno no va a encontrar ni banderas argentinas, ni carteles o letreros haciendo alusión a lo argentino o a la argentinidad. Invisibilizaron nuestro país, nuestros soldados en sus recuerdos de guerra y eso puede ofender. Me impactaron dos situaciones; una, estar frente al memorial o la placa recordatoria del destructor Glamorgan, mejor dicho, y debajo de tal placa conmemorativa, en inglés, hacía referencia a que fue impactado por un misil Exocet. En ningún lado dice, “misil Exocet lanzado por argentinos”, por un “caza argentino”. Es decir: en ningún momento se escribe la palabra argentino. También cuando visitamos el museo de Malvinas donde “lo argentino es muy poco nombrado”. Es como que hubo ganadores que ganaron contra no se sabe quiénes.
Transitando las palabras de Ariel, este maratonista rosarino orgulloso de la entrega de los soldados en Malvinas, hay momentos en los que su cuerpo corría enredándose con la memoria. Y en esa pausa, aparece la pregunta más incómoda: qué significa dar la vida. Y para qué. Encontrarse con los restos de los soldados de esa guerra no como reliquias sino como pruebas. Pruebas de que ahí hubo pibes. De que hubo miedo. De que hubo coraje. Que hubo argentinos. Correr la maratón no para competirla sino para revitalizar la memoria, un acto íntimo que se vuelve colectivo. Una manera silenciosa —y profundamente poderosa— de volver a nombrar a quienes pelearon. Sin banderas al viento. Pero con algo quizás más difícil: con el cuerpo, con el esfuerzo, con la emoción a flor de piel.