Frente a la isla deshabitada de Kekova, en la costa de Antalya, al sur de Turquía, a solo 30 metros de profundidad sobre una pendiente rocosa, arqueólogos encontraron lo que hoy se considera el pecio más antiguo conocido del mundo. No queda nada de la madera, devorada por el mar en cinco milenios, pero su carga sobrevivió intacta: más de 30 enormes vasijas de cerámica y tres anclas de piedra esparcidas por el lecho.

El hallazgo, liderado por el profesor Hakan Öniz de la Universidad Akdeniz, fue anunciado por el Ministerio de Cultura y Turismo de Turquía el 14 de octubre y documentado en un estudio publicado en julio en el Journal of Maritime Archaeology. El equipo lo dató entre 4.400 y 4.700 años atrás, entre el 2700 y el 2400 a.C., en plena Edad del Bronce Temprana. Es decir, este barco ya navegaba el Mediterráneo cuando en Egipto se levantaba la Gran Pirámide de Giza.

Hasta ahora, el título lo tenía el pecio de Dokos, en Grecia, de unos 4.200 años. Este lo supera por al menos dos siglos.

¿Cómo se fecha un barco sin barco?, la respuesta es por su cerámica. Las ánforas recuperadas son ovoides, de base plana, con dos asas laterales y un característico cinturón de arcilla en relieve en el centro. Comparando las técnicas de decoración con piezas halladas en Egipto y Medio Oriente, Öniz fue tajante ante la BBC: "Podemos afirmar sin lugar a dudas que nuestro pecio data de la Edad del Bronce Temprana. Esto es 100% seguro". Para el arqueólogo, "el naufragio es una cápsula del tiempo en el fondo del mar".

Eran ánforas de estilo levantino, originarias de lo que hoy es Siria, Líbano, Israel y Palestina, y según los análisis preliminares, algunas podrían venir específicamente del valle central del Jordán. La información actual sugiere que el pecio pertenece a una pequeña embarcación mercante que se hundió mientras navegaba de este a oeste.

Lo más asombroso vino después, en el laboratorio. La arqueóloga Karin Sowada, de la Universidad Macquarie de Australia, encargada de examinar las piezas, abrió una y casi se desmaya: "Miré dentro y casi me desmayo. No podía creer la cantidad de residuo visible. No eran solo manchas... aún quedaba mucho material". Un residuo viscoso y brillante que llevaba 4.700 años sellado.

Los expertos creen que transportaban vino, aceite de oliva o resinas de árboles, productos de lujo que el estado egipcio importaba por el puerto de Biblos porque no los tenía. Se cree que la nave, de unos 10 metros de largo y a vela, hacía parte de una red marítima internacional que conectaba el Levante con Troya o con la civilización minoica de Creta. Incluso se especula que sus marineros producían queso o mantequilla a bordo durante las travesías largas.

Es posible, dice Sowada, que ese residuo sea también la huella de su reutilización. "Estas vasijas son enormes; no son cosas que simplemente se envían y luego desaparecen. La gente las habría vaciado al recibirlas y, potencialmente, las habría usado durante muchísimos años".

Imaginan la escena final: un navío costero levantino buscando refugio del temporal entre dos islas, estrellándose contra las rocas de Kekova. Hoy, 4.700 años después, somos los primeros humanos en volver a tocar esos objetos.