Mientras sonaba Tarea Fina, una pareja de jóvenes bailaba su último rock para el Indio.

Él intentaba sostener la sonrisa mientras marcaba algunos pasos suaves sobre el asfalto. Ella, envuelta en una bandera con la cara del Indio, lo seguía casi sin despegar la vista del suelo. Alrededor, cientos de personas esperaban avanzar los últimos metros de una fila interminable para ingresar al microestadio Gatica de Villa Domínico.

La canción seguía sonando.

"Un auto guapo va a venir por vos..."

Entonces ella levantó la mirada hacia el cielo y empezó a llorar. El baile se transformó en un abrazo largo, de esos de los que nadie quiere salir.

Último adiós al Indio. (Rosario3)

A pocos metros, miles de personas atravesaban exactamente el mismo proceso.

Porque llegar hasta el Indio no era solamente avanzar en una fila.

Era atravesar una despedida.


Desde temprano, acercarse al microestadio Gatica era internarse de a poco en el universo ricotero.

En las inmediaciones aparecían autos con banderas colgando de las ventanillas, remeras negras con la cara del Indio, familias enteras caminando juntas y canciones de Los Redondos sonando desde parlantes improvisados.

A medida que uno se acercaba al predio, el operativo de seguridad se volvía más visible.

Policías, vallados, retenes y decenas de jóvenes identificados con pecheras que colaboraban con la organización intentaban ordenar una convocatoria que ya desbordaba cualquier cálculo inicial.

La fila superaba ampliamente los seis kilómetros. Parecía una peregrinación. Y, en cierto modo, lo era.

Los últimos 400 metros antes del ingreso al microestadio estaban divididos por distintos controles. Cada uno funcionaba como una etapa diferente del adiós.

El primero estaba frente a la pizzería Pizza Redonditos, convertida desde hacía días en uno de los puntos de encuentro de los fanáticos. Desde la vereda, un parlante reproducía clásicos ricoteros a todo volumen mientras los grupos avanzaban por tandas.

La escena se parecía más al ingreso de un recital que a un funeral.

El ingreso al predio. (El Tres)

Cuando los organizadores habilitaban el paso, unas cien o ciento cincuenta personas avanzaban juntas entre aplausos, cantos y puños en alto. Algunos saltaban. Otros se abrazaban. Muchos cantaban.

Como si todavía existiera la posibilidad de que el Indio apareciera sobre un escenario.

Más adelante, una pantalla gigante mostraba imágenes de quienes ya habían ingresado al microestadio.

Los parlantes seguían sonando fuerte. La música todavía funcionaba como refugio. Algunos cantaban para descargar la angustia. Otros empezaban a quebrarse. Las lágrimas aparecían de golpe. Los abrazos se volvían más largos. La realidad comenzaba a imponerse sobre la liturgia.

En medio de la euforia, aparecían lágrimas imposible de contener. (El Tres)

En los metros finales, el clima cambiaba por completo. La música seguía presente, pero más baja. Las conversaciones desaparecían. Las canciones se apagaban. La ansiedad daba paso al silencio.

Parecía que todos estuvieran utilizando esos últimos pasos para prepararse emocionalmente. Para despedir a quien había acompañado distintas etapas de sus vidas.

Al que escucharon en la adolescencia.

Al que heredaron de sus padres.

Al que conocieron gracias a un hermano mayor.

Al que estuvo presente en una separación, una amistad, una pérdida o una celebración.

Las respiraciones profundas empezaban a reemplazar a los cantos.

Los llantos contenidos ya no podían esconderse.

El ingreso al microestadio era ordenado.

La capilla ardiente para despedir al Indio. (El Tres)

Adentro, el recorrido desembocaba en la capilla ardiente donde descansaban los restos de Carlos Solari.

Si la convocatoria espontánea del viernes en Plaza de Mayo había sido la previa eterna de un recital que nunca empezó, lo que ocurría en el Gatica parecía otra cosa.

Parecía el encuentro que los fanáticos necesitaban tener por última vez.

Durante décadas, el Indio había estado arriba del escenario cantándole a su gente, hablándole cuando creía que tenía algo importante para decir y construyendo una comunidad que trascendió a los recitales.

Esta vez era al revés.

Miles de personas pasaban frente a él para agradecerle. Para aplaudirlo. Para llorarlo. Para dejar flores, cartas, banderas y recuerdos. Para despedirse.

El descanso final del Indio. (Rosario3)

Y también para mostrarle qué habían hecho con todo aquello que les dejó.

Los abrazos. La contención. El "nos cuidamos entre todos" que durante años sobrevoló cada misa ricotera.

Todo eso estaba ahí.

Afuera, sobre una pared de fenólicos instalada para el operativo, muchos se detenían después de salir. Era una especie de zona de descompresión emocional.

Ahí volvió a aparecer la pareja que había bailado Tarea Fina. Sentados en el piso, permanecían abrazados mirando hacia ningún lado.

Ya no había canciones. Ya no había baile. Solo lágrimas.

A unos metros, otro hombre se secó los ojos con la manga de la campera, respiró hondo y volvió a caminar.

Antes de perderse entre la multitud, levantó el brazo y gritó: “¡Vamos los Redó!”. La respuesta llegó desde distintos rincones de la fila. Primero fueron unos pocos. Después decenas. Luego cientos. Y una vez más aparecieron los cantos.

La parejita conteniéndose después de despedir al Indio. (El Tres)

Porque el dolor estaba ahí. Era imposible ocultarlo. Pero en Avellaneda ocurrió algo que se repitió durante toda la despedida. Las lágrimas terminaban encontrándose con otras lágrimas. Los abrazos con otros abrazos. Y el duelo con una canción.

Por eso, aunque miles de personas llegaron al Gatica para despedir al Indio, la sensación que quedó flotando en las calles de Villa Domínico fue otra.

La de una multitud que emprendió un último viaje para agradecerle a quien la acompañó durante buena parte de su vida.

Y que, incluso después del adiós, siguió cantando.

Porque para muchos, el último viaje hacia el Indio terminó exactamente igual que empezó: abrazados a una canción.