Un equipo de Space Initiatives Inc. y la Universidad de Luxemburgo propone usar el efecto Oberth, un encendido de motores rozando la corona del Sol, para acelerar una sonda hasta 61 km/s y alcanzar al tercer visitante interestelar conocido, en un viaje de 30 a 50 años.
El cometa 3I/ATLAS es apenas el tercer objeto interestelar detectado cruzando nuestro vecindario —después de 1I/‘Oumuamua (2017) y 2I/Borisov (2019)— y ya se aleja a unos 61 kilómetros por segundo. Con motores químicos convencionales, darle alcance es imposible. Por eso Adam Hibberd (Space Initiatives Inc.) y colegas describen en el repositorio digital de libre acceso, gestionado por la Universidad de Cornell, arXiv, una solución extrema: lanzar la sonda en 2035 hacia el Sol, volar a través de su corona y, en el perihelio, ejecutar una maniobra Oberth.
El efecto Oberth establece que un motor es más eficaz cuando se enciende a velocidad máxima, en la periapsis de la órbita. En la práctica, la nave pasaría a solo 3,2 radios solares del núcleo, donde la gravedad solar le imprime velocidad y, con un quemado decisivo, obtendría alrededor de 10,36 km/s. Eso la convertiría en el artefacto más rápido construido por humanos y le permitiría enfilar hacia 3I/ATLAS; Júpiter se usaría después para frenar la trayectoria y facilitar un encuentro controlado.
Sobrevivir al paso implica un escudo térmico al estilo Parker, pero reforzado: carbono compuesto más capas de aerogel para resistir temperaturas cercanas a 1.400 °C. T. Marshall Eubanks, científico principal, dijo al sitio especializado Space.com que “casi todos los lanzamientos utilizan el efecto Oberth”, aunque nunca con un encendido tan radical en plena aproximación solar.
El precio es el tiempo. Según la potencia final lograda, el sobrevuelo ocurriría entre 30 y 50 años después del lanzamiento, a una distancia de unas 732 unidades astronómicas —732 veces la separación Tierra-Sol—, en una zona que ninguna sonda exploró. El encuentro sería breve, a alta velocidad, pero el valor científico es enorme: analizar la composición química de un cuerpo nacido en otro sistema planetario ayudaría a responder cómo se forman los planetas allende el nuestro.
El proyecto también es un banco de pruebas para metas aún más lejanas. Dominar esta técnica abriría la puerta a misiones al hipotético Planeta Nueve o a la zona de lente gravitacional solar (550 UA), donde un telescopio podría obtener imágenes de exoplanetas con resolución sin precedentes. Como señalan los autores, la inversión es alta, pero la recompensa —tocar por primera vez material interestelar— justifica la apuesta.