Falta demasiado para que la marcha despliegue todos sus brazos, gritos y colores. A las tres de la tarde, este 24 de marzo de 2026, 50 años después del golpe de Estado de la dictadura más criminal que tuvo Argentina, el martes parece una siesta cálida de domingo. Alrededor de la plaza San Martín ya hay columnas de militantes, familias y amigos que se acercan. En la esquina del Museo de la Memoria, en Córdoba y Moreno, una pregunta se presenta como respuesta: “¿Dónde están?”.
Es una instalación de la nueva muestra que armaron los organizadores bajo el título de “50 veinticuatros”. El museo abrió en la previa y el "Proyecto Pregunta" (del colectivo chileno Mil M2) irrumpió con una consigna: “¿Qué pregunta es urgente hacer hoy?”. La primera elegida se exhibe en la terraza y mira a la plaza, pero recibieron 70 propuestas en la jornada, cuenta Alejandra Cavacini, psicóloga del equipo.
No es casual. El hueco que representa aún hoy la incógnita sobre el destino de los cuerpos de los desaparecidos o qué pasó con los cientos de hijos y nietos apropiados resurge como bandera. Ese no saber, frente a un gobierno que parece demandar una “memoria completa” a las víctimas del genocidio, aparece como la consigna principal que la propia marcha ofrece al planteo oficial.
Cada vez que alguien grite “¡qué digan dónde están!”, a lo largo de las cuatro o cinco horas que seguirán este martes, habrá un aplauso denso como reacción. Una reafirmación. Pero ahora, adentro del Museo, decenas de personas van de sala en sala. Una pareja mira el loop espiralado de León Ferrari hecho de tanques militares en “Blindados” (parte de “Destellos”). Un pibe joven toma mate y lleva a su hija de la mano ante la foto de Alfredo Astiz en el sector de la “Ronda”. La foto colgada del represor con uniforme mira hacia la plaza que se llena de gente de a poco.
Una de las novedades del espacio está en la planta alta. La exposición que da nombre a toda la puesta. Es un recorrido hecho de fotos, datos y recortes de diarios sobre los 50 años de marchas. En rigor, el inicio es en 1984, a 8 años del golpe (por motivos obvios no se podía manifestar en libertad durante la dictadura, aunque quizás no sea tan obvio en estos tiempos libertarios). Fue una “marcha de silencio” por la peatonal Córdoba y convocada por la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos.
En 1985, da un salto a “6.000 manifestantes”, según los archivos. La prensa la presentó como la “marcha de las Madres de Plaza de Mayo de Rosario”. Al año siguiente, para el 10° aniversario, ya se habla de una “masiva marcha de repudio al golpe militar de 1976” y la volanta del artículo define la “unánime defensa de la democracia”. Cuarenta años después, hasta ese “unánime” está bajo asedio (o siempre lo estuvo).
En 2006, las crónicas calculan “12 cuadras” de marcha, con el recorrido similar al actual desde la plaza San Martín al Monumento, y “25.000 manifestantes”. En la década siguiente, hay picos de 90.000 y 100.000 personas.
La muestra de “50 veinticuatros”, que se completará con los datos y fotos de la marcha de este martes que está naciendo, no quiere ser un puñado de objetos para mirar. Propone herramientas para “interpelar y narrar” porque “la memoria es terreno compartido y en disputa, un campo donde se mide la vitalidad de la democracia”. Algo similar desarrollaron investigadores la semana pasada en el Congreso sobre la Historia de la Dictadura.
Las fotos contra la pared
El dispositivo colgante que hoy se pregunta “¿Dónde están?” desde la terraza del Museo mira a la marcha y por la ochava del ex Segundo Cuerpo del Ejército, donde se diseñó el plan sistemático de represión, tortura, desaparición de personas y robo de bebés, pasa la columna de Newell’s.
Un pibe leproso sostiene una pancarta con la foto y datos de Marisol Pérez, detenida por la patota policial de Agustín Feced en diciembre de 1976. Afirma que es uno de los 13 socios del club del Parque que fueron asesinados en el régimen de facto.
Más adelante, por calle Santa Fe, está el grupo de Central. En los últimos años, creció la presencia de las dos instituciones en esta fecha. Una canalla también sostiene la foto de Marisol Pérez. Dice que no sabía que era de Newell’s, eligió portar ese cartel porque era de una mujer.
A unos metros, en la esquina de Dorrego, quedan varios carteles de detenidos-desaparecidos. Algunos son viejos, vienen de las primeras marchas y ya tienen 40 años, otros son más nuevos, cuenta Claudia Ponce de León de la organización Familiares.
Claudia acomoda los carteles que están dispuestos para que voluntarios los agarren y lleven hasta el Monumento por las calles rosarinas. Algunos quedaron parados contra el muro de la ex Jefatura policial (hoy Sede de Gobierno) y otros siguen sobre la vereda de Dorrego, por donde no se podía ni caminar en los años del Proceso de Reorganización Nacional.
Sobre San Lorenzo, funcionaba el centro clandestino de detención Servicio de Informaciones (SI). Ahí estuvo secuestrada Marisol Pérez –según declararon sobrevivientes como Stella Hernández (integrante del Sindicato de Prensa de Rosario)–, quien ahora produce un milagro involuntario: marcha con los colores de Newell’s y de Central al mismo tiempo.
Las flores, las bicicletas y los timbres que suenan
A las 16.15 la marea humana se mueve. Hay, como siempre, movimientos de derechos humanos, sociales, políticos y sindicales. Se suman clubes, centros de estudiantes o grupos de profesionales (los psicólogos quedaron en medio de leprosos y canallas; sale sesión ahí). Y aparecen, acá y allá, muchas expresiones artísticas.
“La memoria florece en cada lucha” dice el cartel móvil rodeado de flores blancas que fueron hechas por chicos en los talleres de la organización Movimiento Federal Belgrano. Juan Carlos Luna lo sostiene y cuenta que se sumó hace pocos años a militar porque “es una muy buena causa”. Las flores, dice, son botellas de plástico abiertas y pintadas.
Al lado pasa rápido un grupo muy particular de 40 personas: tienen remeras negras con la inscripción de “30.000”, al frente llevan un estandarte con una bicicleta pintada sobre tela y tres “madres” con enormes flores blancas. Lo más disruptivo no es eso sino el sonido: tocan timbres de bicicleta y parecen una orquesta mínima de campanitas. El sonido entre suave y agudo se desmarca de los bombos, batucadas y megáfonos.
La idea fue de Marta Oliva Dómina, que en 2001 escribió un poema inspirado en las bicicletas del artista plástico Fernando Traverso (que son un símbolo de los desaparecidos rosarinos). Marta dice que lo llamó a Fernando y él trazó la silueta de la bicicleta que va al frente del grupo. Representa a todos los que dejaron algo pendiente y no pudieron volver a buscarlo porque fueron chupados por los represores. Fueron 350 en la ciudad; hoy se habla de más de 400.
El número exacto no importa tanto como ese sonido que se abre paso: los 40 timbres de bicicletas que hacen de la intervención un espacio singular de la marcha.
Campeones del mundo
El Mono Saavedra se apura y termina de pintar el pañuelo blanco gigante sobre el asfalto en la esquina de Entre Ríos y San Lorenzo. Son las 16.30 y la cabecera de la movilización le pisa los talones. El grupo de avanzada de Arte x Libertad dibuja las consignas sobre la calle, un segundo equipo las pinta y más atrás viene el Mono que las refuerza para dejarlas listas. Pero todo ocurre en tiempo real. Mueve el rodillo rápido mientras llegan las consignas: “Madres de la Plaza, el pueblo las abraza”.
La que aplaude, adelante de la barrenadora clásica con los 30.000 presentes y en silla de ruedas, es Olga Barrera de Suárez, mamá de Daniel Suárez. En Rosario, ya no quedan vivas Madres de la Plaza 25 de Mayo. Olga es de Santa Fe pero como vive en Casilda se suma a esta convocatoria.
“Sí, participo como puedo”, dice Olga mientras repite las consignas que otros gritan. A sus 90 años, canta, aplaude y marcha. Al lado avanza Liliana Leyes, una de las organizadoras históricas del 24 de marzo en Rosario (Espacio Juicio y Castigo), calcula que detrás de ellos hay por lo menos otras 15 o 20 cuadras más.
Las esquinas nutren la movilización. Algunos se suman con mensajes (como Estefanía e Inés con el reclamo “La ley de Glaciares no se toca”) y otros hacen el aguante o de espectadores, al igual que vecinos desde los balcones.
A las 17.10, muchas personas ya esperan en el Monumento. El cielo diáfano y la brisa ayudan. La batucada y la danza terminan por transformar aquella siesta dominguera en una fiesta que desborda en la proa del barco de la bandera. Detrás de la cabecera, llegan Hijos y Nietes. “¡Que digan dónde están!” ya es grito y no pregunta. La consigna abre una primera ovación en la multitud que avanza hacia el escenario.
Santiago Garat, hijo de Eduardo, secuestrado en 1978, dice que no vio el video que difundió Casa Rosada más temprano y que volvió al relato de “memoria completa”. Tampoco sabe con precisión cuántas personas hay. Pero sí mira a su alrededor y le sale una comparación futbolera precisa, que pinta algo de lo que se respira en el Parque del Monumento: “Hoy somos campeones del mundo”.
150 mil para transformar y convocar
Las columnas se acomodan frente al escenario que se montó de espaldas al río. El feriado por el Día de la Memoria, Verdad y Justicia invita a ser parte. El Cenotafio de los Caídos de Malvinas luce como una asamblea cívica. Sobre el parque desbordan picnics de mates, churros y gaseosas que se fusionan, quizás sin quererlo, con los que llegan. ¿Cuál es el límite del acto, dónde empieza y dónde termina la conciencia de una sociedad?
“Es la marcha más multitudinaria que tiene la ciudad”, dicen los conductores mientras no paran de bajar manifestantes por Córdoba. La panorámica es de un tapiz de gente pero hay pulmones, por ejemplo sobre avenida Belgrano.
A las siete, el horizonte se pone naranja, la luna asoma arriba y empieza a atardecer. Baja Central y atrás Newell’s, que llama la atención con un humo negro, luces y pirotecnia. El despliegue se les va de las manos, lesionan a una chica, interviene un patrullero que tiene la mala idea de prender las sirenas y se produce un momento de tensión que al rato pasa.
“Contra el genocidio de ayer. Contra la entrega de hoy”, es el resumen de las consignas de esta marcha por el 50° aniversario del golpe. Se suma el tramo final del cuarto bloque de la marcha: los partidos políticos. Están los clásicos, los numerosos, los ruidosos, los que aún –a esta hora– despliegan una energía inverosímil. Pero uno llama la atención por su debut: el Movimiento Derecho al Futuro (MDF) que creó Axel Kicillof. “Empezamos a reunirnos en septiembre de 2025”, dice Matías, referente local del armado del gobernador de Buenos Aires, y se anima a soltar un “Axel presidente”.
Anochece y los organizadores calculan a unas 150 mil personas (por encima de los picos históricos mencionados). Algunos se basan en imágenes de drone para decir que son más. Otros prefieren hablar de cuatro horas de marcha o de la extensión: más de 20 cuadras.
Son, en cualquier caso, muchas almas que le dan continuidad a aquel reclamo iniciado en 1984, como recuerda la muestra del Museo de la Memoria. Se trata de 50 años desde el golpe que, dice el texto de esa presentación, enseñan: “La memoria no es un monumento inmóvil: es una marcha que se repite, se transforma y convoca”.