Las cuadras previas a Plaza de Mayo parecían las cuadras previas a cualquiera de los predios donde alguna vez tocó el Indio.
Había vendedores de remeras, pines, gorros y banderas. Carritos de comida improvisados sobre las veredas. Parlantes reproduciendo clásicos de Los Redondos. Una marea de gente avanzando entre cantos, saltos, abrazos y algunas lágrimas.
Todos caminaban hacia el mismo lugar.
O, mejor dicho, hacia ningún lugar.
Porque, como suele ocurrir en las manifestaciones espontáneas, no había un escenario, una entrada ni una hora de inicio. Plaza de Mayo y las calles que la rodean eran simplemente un mar de gente.
Por momentos, la escena parecía la previa de cualquier misa ricotera de las últimas décadas.
Había una sola diferencia.
El recital nunca iba a empezar.
Menos de 12 horas después de conocerse la noticia de la muerte de Carlos "Indio" Solari, miles de fanáticos se convocaron en el centro porteño para despedir al músico que marcó a varias generaciones de argentinos. Hubo encuentros similares en distintos puntos del país, incluido Rosario, donde los seguidores se reunieron frente al Monumento a la Bandera. Pero la concentración más multitudinaria tuvo lugar en Plaza de Mayo y se extendió hasta entrada la noche.
Desde varias cuadras antes de llegar ya se percibía el clima. Los bares del microcentro comenzaban a cerrar mientras los mozos limpiaban con canciones del Indio sonando a todo volumen. Los autos circulaban alrededor de la plaza con las ventanillas bajas y Los Redondos como banda sonora. La música parecía salir de todos lados al mismo tiempo.
En la plaza, mientras tanto, seguía llegando gente.
Había fanáticos históricos que habían visto a Los Redondos en los años noventa, pero también adolescentes que nunca habían asistido a una misa ricotera y que conocieron al Indio por sus padres o hermanos mayores. Nadie parecía sorprendido por esa mezcla. Después de todo, el Indio hace tiempo dejó de pertenecer a una sola generación.
Un hombre de más de 70 años observaba la multitud acompañado por su hijo y su nieto. Había visto a Los Redondos en 1994 y recordó cómo esa pasión fue pasando de una generación a otra dentro de su familia.
"Cuando cumplí 70 años no vino ninguno de mis hijos porque tocaba el Indio con Los Fundamentalistas. Estaban todos allá", contó entre risas.
A pocos metros, otro hombre recordó el primer recital al que asistió cuando era chico. Lo había llevado su mamá. "Me acuerdo que cuando empezó el primer tema me abrazó fuerte", contó. Hoy ya es padre y su madre murió hace algunos años. Cuando se enteró de la muerte del Indio, lo primero que volvió a su memoria fue aquel abrazo. "No hay que estar triste, hay que celebrarlo", dijo.
La transmisión de ese legado aparecía una y otra vez en las historias que circulaban por la plaza. Franchesca, de apenas 8 años, contó que escucha al Indio con su papá. "A mí me gusta el Indio por mi papá. No lo vi nunca, pero lo escucho con él y me gusta cómo baila en el escenario", explicó.
Otro hombre había llevado a su hijo para que pudiera vivir una misa ricotera. Quizás la última.
Una mujer caminaba junto a sus tres hijos. Les transmitió el fanatismo por el Indio a todos. Incluso recordó que el más chico nació mientras sonaba "Había una vez" en la sala de parto.
Las historias parecían infinitas.
Cada persona tenía un recuerdo, un recital, una canción o una etapa de su vida asociada a la música del Indio.
"Si estás mal, escuchás una canción del Indio. Si estás bien, también escuchás una canción del Indio. Siempre hay una canción del Indio ahí para ayudarte. Es la banda sonora de mi adolescencia", resumió un hombre de unos 35 años con un vaso de vino en la mano.
Otro intentó explicar lo que para muchos resulta difícil: "El Indio puso palabras a una generación que no las tenía. Fue el único que logró traducir en arte lo que a muchos jóvenes nos pasaba a principios de los 90. Eso es por lo que más agradecido estoy".
A medida que avanzaba la noche, los cantos crecían. También los abrazos. Había lágrimas, claro. Pero el clima estaba lejos de parecerse al de un velorio. La sensación era otra. La de una comunidad que se reunía para encontrarse una vez más alrededor de una obra que acompañó distintas etapas de sus vidas.
Como ocurrió durante décadas en cada convocatoria ricotera o de Los Fundamentalistas, no importaban demasiado la edad, el barrio o la condición social. "El Indio nos une a todos. Acá no hay diferencia de clase social ni de edad. Mirás alrededor y ves chicos, grandes, gente de todos lados", resumió uno de los asistentes.
Sobre la calle, un grupo de hinchas de Huracán armó uno de los tantos pogos espontáneos de la jornada. Cerca de ellos se sumaron dos chicas de 18 años que nunca habían estado en una misa ricotera. Escuchan al Indio por herencia familiar, pero sintieron que tenían que estar ahí.
Y quizás esa fue una de las escenas que mejor explicó lo que estaba ocurriendo.
Porque en Plaza de Mayo no sólo se despidió a un músico. También se hizo visible una herencia cultural que atraviesa generaciones y que sigue transmitiéndose mucho después de que el Indio abandonara los escenarios.
A medida que pasaban las horas, la sensación de despedida parecía diluirse. Había tristeza, sí. Pero también brindis, abrazos, cantos y recuerdos.
Como si la multitud hubiera llegado a Plaza de Mayo no sólo para despedir al Indio, sino también para celebrar todo lo que había dejado detrás suyo. En cada padre que llevó a su hijo. En cada abuelo que compartió una canción con su nieto. En cada adolescente que llegó por una historia escuchada en casa. En cada pogo improvisado sobre el asfalto.
Más que una despedida, lo que ocurrió durante toda la jornada pareció la celebración de un legado que los fanáticos sentían propio desde hacía años.
Entrada la noche, mientras la plaza seguía cantando, los autos continuaban rodeando el centro porteño con canciones de Los Redondos sonando a todo volumen. Sobre uno de ellos, un hombre de unos 40 años escuchaba en silencio con el vidrio bajo. Cada tanto levantaba la mano para secarse las lágrimas.
A pocas cuadras, miles de personas seguían cantando.
Quizás por eso la escena no terminaba de parecerse a una despedida.
El recital que nunca empezó todavía no había terminado.