Eduardo Saigó no es quien él creyó ser. Creció en un hogar difícil, con un padre de origen japonés que lo abandonó a sus 9 años y una madre descendiente de árabes que sufrió durante toda su vida sucesivas crisis de nervios producto de un trastorno psiquiátrico. Pero el golpe más duro lo sufriría a sus 35 años, cuando su madre de crianza le haría una confesión que lo desestabilizaría por completo: que él no había llegado a sus vidas producto de una adopción legal, sino que había sido comprado.

“Fue un shock tremendo para mí. Te sentís una mercancía: es como si hubieran querido una pizza y la habrían pedido. Me sonó a locura: de repente sentís que sos nada, que no te parecés a nadie, que tu vida fue un engaño durante 35 años. Se desmoronó todo. Imaginate que ya que te digan que fuiste adoptado es algo fuerte, que te pega. Pero que te digan que te fueron a comprar, es espantoso”, comenta con una calma triste Eduardo, uno de los denunciantes del atroz accionar de las hermanas Dolly y Silvia Viale, quienes están siendo investigadas por la justicia federal por la sistemática apropiación y venta de bebés durante las décadas de 1970, 80 y 90, y que serán llevadas a declaración indagatoria en las semanas venideras.

Eduardo decidió presentarse ante la fiscal Soledad García luego de enterarse a través de los medios del vendaval de denuncias que recibieron las hermanas Viale, y que expuso un accionar demencial de apropiación y venta de recién nacidos de parte de estas dos mujeres que trabajaban en el Hospital Roque Sáenz Peña y que paralelamente tenían una clínica en su casa, donde despojaban de sus bebés a mujeres en condiciones de vulnerabilidad. La sospecha de la justicia es que podría haber cientos de casos similares.

Una vida difícil y una charla que lo cambiaría todo

“Soy denunciante de Silvia Viale, hermana de Dolly, que es la partera que figura como firmante de mi certificado de nacido vivo. Nací el 29 de mayo de 1970, pero fui inscripto el 3 de junio. Hace unos 20 años me enteré de que era adoptado, pero todo viró cuando mi madre me confesó que en verdad me habían comprado a la persona que figuraba como firmante de la partida de nacimiento. Fue una patada en el pecho. Ella me dijo: ‘Si necesitás que te acompañe, te acompaño, pero ella es con quien arreglé toda la parte de dinero y te entregó a mí. Te fuimos a buscar a una clínica privada que tenían’, fue lo único que me dijo mi madre, quien se llevó el resto de la historia a la tumba”.

Así comenzó el repaso de su historia Eduardo en diálogo con el programa Punto Medio (Radio 2). Una vida con heridas difíciles de cicatrizar, que se fueron superponiendo unas a otras.  

“Mi papá me abandonó cuando yo tenía 9 años. Y la verdad que no lo justifico, pero hoy veo que al menos fue coherente: jamás me quiso, y cuando pudo, me dejó. Y yo me crié con mi mamá, una mujer que sufría unas crisis de nervios tremendas porque ella también tenía problemas psiquiátricos. Lamentablemente, cuando era chica mi mamá fue violada en reiteradas ocasiones por su padrastro. Es realmente una maraña de cosas feas las que pasé, y a eso se le sumó enterarme de que me habían comprado como si fuera una mercancía”, narró con el dolor palpable en su tono.

“Hice terapia durante mucho tiempo y arrastré y sigo arrastrando, a mis 56 años, esa doble pérdida. Primero me sacaron de la panza de mi mamá y me entregaron a la que fue mi familia; a los 9 años, mi viejo me vuelve a abandonar. Y después me entero de la compra. Lo único que me sostuvo en pie fue la familia que pude formar: Miriam, mi esposa, con quien estoy casado desde hace 34 años, y mis dos hijos. Esa es mi contención. Tengo dos hijos preciosos y pude formar una familia sana, con chicos sanos desde el alma y la mente. Ahí me apoyé, porque sentí que mi mundo se había destruido”.

 Eduardo Saigó tiene 56 años y una historia, todavía, por descubrir.

Un pacto de silencio criminal

Una vez que Eduardo recibió el impacto de su compra, y mientras intentaba asimilarlo, decidió confrontar a lo mujer que firmó su partida de nacimiento y quien lo entregó a sus padres apropiadores. “Yo llegué a tomar un café con Silvia Viale. La busqué por Internet, que recién estaba arrancando; habrá sido allá por el año 2006. Ella les enseñaba a las madres a amamantar en una entidad denominada El Club de la Leche. Me atendió el teléfono y nos encontramos a tomar un café en el bar de San Martín y Urquiza. Fui con la partida de nacimiento, le conté mi historia y, por supuesto, me negó todo. ‘Yo no me acuerdo de nada: era jefa de obstetricia y firmaba partidas de cuyos partos no participaba’, me respondió. Me desmintió todo en la cara”.  

“Yo le dije: ‘Pero Silvia, no puede ser que no te acuerdes de mis padres: mi papá era un japonés que no medía más de un metro setenta; y mi mamá era una mujer alta y grandota’. Pero aún así me lo negó. Yo pensé que estaba hablando con una mujer coherente y sincera, y entonces decidí no buscar más. Como una especie de autodefensa, decidí dejar todo ese dolor guardado en un cajón y olvidarme, para centrarme en la hermosa vida que tengo con mi familia. Hasta que se destapó todo esto por los medios y decidí presentarme ante la fiscalía para hacer la denuncia”.

Dos anhelos: que se haga justicia y encontrar a su verdadera mamá

Dolly y Silvia Viale deberán sentarse ante la justicia federal a dar explicaciones, luego de que se desestimara la prescripción por la gravedad de los delitos cometidos y se las citara a brindar declaración indagatoria. Eduardo aspira a que se las juzgue por sus atrocidades, a pesar de que hoy tengan el aspecto de ancianas inofensivas.

“Hasta el viernes pasado había más de 40 denuncias. Pero por el rango de tiempo que duró su accionar, se sospecha que podrían ser más de cien. Y si bien no entramos en la categoría técnica de lesa humanidad, sí entramos en el espíritu de ese tipo de crímenes. A nosotros nos han robado todo: nuestra historia. Por eso quiero que la justicia haga justicia, que se las juzgue como se las debe juzgar. Que no se las mire como dos abuelitas tiernas a las que les darías la mano para cruzar la calle, porque cuando hicieron este daño, eran dos mujeres jóvenes, sanas, fuertes y absolutamente conscientes de lo que estaban haciendo”, rogó con la bronca anudada en la garganta.

Su otro deseo es mucho más profundo y está relacionado con hallar, al fin, su verdadera identidad: “Dentro mío, hay un pibe que está gritando y diciendo: ‘Mamá, estoy acá. Buscame, por favor. Estoy acá’. Vos me ves y soy un morocho grandote y de barba, pero dentro mío está ese pibito que está diciendo ‘Vení, abrazame, contame la verdad’. Necesito ese abrazo. Tengo una familia hermosa, tengo una contención hermosa. Pero necesito el abrazo de mi mamá”.

Eduardo cree que la chica de la foto, esa jovencita morena flanqueada por sus padres compradores, puede ser quien verdaderamente lo dio a luz: “A esa chica no la conoce nadie, nunca la vio nadie, no existe para nadie. Y que esté acostada en la cama con mi mamá y mi papá, en un lugar que no es mi casa, con ambos sonrientes y ella en el medio con cara de sufrimiento, me hace sentir que puedo estar en la pista de la persona que me llevó a mí en el vientre”. Si está viva o si salió muerta de la clínica en aquel 29 de mayo de 1970, sólo Dolly y Silvia lo saben. Eduardo espera, algún día, al menos, sentir el abrazo de la verdad.