Cuando la estatua de Mirtha Legrand fue inaugurada en Villa Cañás, el pueblo santafesino donde nació la histórica conductora, nadie imaginaba que aquel homenaje terminaría repercutiendo en el país entero. Lo que había sido pensado como un reconocimiento a una de las figuras más emblemáticas de la televisión argentina se transformó en tema de debate nacional, motivo de memes y críticas en redes sociales. El fin de semana pasado, la propia diva se sumó a las críticas al sostener: "Yo soy hermosa y eso es horrible".
Detrás de la obra está Daniel Melero. Un escultor nacido en Laboulaye, Córdoba, que lleva décadas dedicado al arte y que, hasta la escultura de la Chiqui, desarrollaba gran parte de su trabajo lejos de la exposición mediática.
Su historia con la escultura comenzó mucho antes de que la televisión pusiera su nombre en boca de todos. Según cuenta, descubrió su vocación siendo apenas un niño. A los 6 años ya modelaba figuras y llegó a tallar una versión de El Pensador de Rodin para regalársela a su abuela. Con el paso de los años, construyó una carrera con obras en distintas provincias argentinas y homenajes a figuras populares como Soledad Pastorutti y Pablo Aimar.
Nada de eso, sin embargo, lo preparó para lo que ocurriría después de la inauguración de la estatua de Mirtha.
Durante meses había trabajado en una pieza concebida como un homenaje. Una obra realizada desde la admiración y el respeto hacia una figura que forma parte de la historia cultural argentina. Pero la repercusión terminó convirtiéndola en una de las esculturas más comentadas de los últimos años.
A la distancia, Melero todavía recuerda el impacto de aquellos días.
"Soy muy autocrítico con mi trabajo", explicó durante la charla con Rosario3. “Siempre siento que podría haber dado más. A veces termino una obra y me queda la sensación de que le falta algo. Nunca me quedo completamente conforme”, aseguró.
Esa exigencia personal fue justamente la que lo llevó a aceptar modificaciones posteriores en la escultura. "Le levanté un poco más el pelo para darle más volumen, modifiqué algunos detalles de la sonrisa, los dientes para que no estuvieran tan remarcados y alguna pequeña parte del pómulo. Cuando uno toca algo en una escultura, cambia muchísimo, aunque parezca un detalle mínimo", indicó.
Sin embargo, lo que más lo marcó no tuvo que ver con cuestiones técnicas. Lo que le dolió fue sentir que la discusión pública se concentró únicamente en el parecido físico y dejó de lado la intención con la que había sido realizada la obra.
“Al principio me molestó bastante porque pensaba en todo el esfuerzo que había hecho el municipio de Villa Cañás para concretar el proyecto. Había mucho trabajo detrás de eso. Nosotros tratamos de hacer lo mejor posible desde nuestra visión. Después puede gustar o no gustar, pero sentíamos que no se estaba valorando el cariño con el que se había hecho”, observó.
Esa sensación sigue siendo, todavía hoy, uno de los recuerdos más fuertes que conserva de aquella experiencia: "Sentimos que Mirtha nunca valoró el amor con el que la hicimos. Más allá de si le gustaba o no, nos pareció que hubo poco interés en reconocer el afecto que había detrás de la obra. Eso fue lo que más nos sorprendió".
La situación se volvió todavía más desconcertante por un dato que, según afirma, nunca tuvo demasiada repercusión pública. "Según nos transmitió el intendente, ella había visto la escultura antes de que se colocara y la había aceptado. Después vino toda la reacción pública y para nosotros fue muy extraño porque teníamos entendido que la había visto previamente".
Durante aquellos días, la repercusión fue tan intensa que la historia llegó a programas de televisión, portales nacionales y redes sociales de todo el país.
Lo que para cualquier artista hubiera significado un golpe difícil de asimilar terminó convirtiéndose en una experiencia transformadora: "Fue un momento complicado. Bastante difícil. Pero también aparecieron personas que me ayudaron muchísimo, como es el caso de Osvaldo Laport, y mucha gente que yo no conocía se acercó a apoyarme. Personas vinculadas al arte que me hicieron entender cosas que antes no tenía claras".
Con el paso del tiempo, aquella historia comenzó a adquirir otro significado. La distancia emocional le permitió observar lo ocurrido desde una perspectiva diferente y encontrar aprendizajes donde inicialmente solo había visto frustración.
"Hoy puedo decir que fue una de las mejores cosas que me pasaron. En ese momento era imposible verlo así, pero después entendí muchas cosas sobre el arte y sobre la relación que tiene la gente con las obras. Aprendí que una obra jamás va a ser totalmente aceptada y jamás va a ser totalmente rechazada. Siempre va a haber personas que la valoren y personas que la cuestionen". La reflexión aparece lejos del resentimiento; por el contrario, Melero asegura que aquella exposición inesperada terminó abriéndole puertas que antes no existían.
Hasta ese momento era un artista reconocido principalmente dentro de los circuitos culturales. Después de la polémica, millones de argentinos supieron quién era.
"Mi carrera cambió. Conocí gente, aparecieron oportunidades y entendí muchas cosas que antes no tenía claras. Fue una cachetada y una caricia al mismo tiempo. Para entenderlo necesité tiempo, porque no es algo simple de procesar, pero hoy realmente agradezco que haya sucedido".
Quizás allí esté la paradoja más interesante de toda esta historia. Mientras millones de personas discutían si una estatua se parecía o no a una celebridad, el hombre que la había creado atravesaba un proceso mucho más profundo.
Descubría que detrás de cada obra existe algo que rara vez se vuelve viral: horas de trabajo, dudas, obsesiones, esfuerzo y una enorme carga emocional. Porque las esculturas pueden estar hechas de piedra, metal o bronce, pero para quienes las crean también están armadas de expectativas.